latidos de cristal

CAPÍTULO 31: El Quiebre de la Alianza

CAPÍTULO 31: El Quiebre de la Alianza
​La sirenas de las patrullas afuera del galpón no eran más que el eco de un sistema que Natalia siempre intentó mantener bajo control, pero que ahora se devoraba a sus herederos. Gracias a una maniobra legal de Amelia, quien presentó una "medida de protección de archivos clínicos" en el último segundo, la policía se vio obligada a retirarse temporalmente, dejando al equipo atrapado en una tensa tregua dentro del almacén.
​Sin embargo, el aire dentro del galpón era más tóxico que el de afuera.
​Santiago estaba frente a la terminal principal, con los dedos volando sobre el teclado. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
—Mateo, acabo de recibir la alerta del servidor espejo. Vallenilla no solo bloqueó las cuentas; ha lanzado una oferta de "amnistía" para todos los proveedores logísticos que dejen de trabajar con nosotros. Si no hacemos un depósito de garantía de cien mil dólares en las próximas seis horas, perderemos la red de transporte de oxígeno. La clínica central se quedará aislada.
​Mateo miró el saldo de la cuenta de contingencia. Estaba en rojo.
—¿Cuál es la propuesta, Santiago? Sabes que no tenemos ese flujo de caja.
​Santiago se giró, su rostro era una máscara de desesperación y audacia técnica.
—Podemos "reorientar" los fondos de la reserva de trasplantes de Houston. Es una cuenta que Natalia dejó blindada para emergencias médicas extremas. Si usamos ese capital, podemos asegurar la logística nacional y ganar tres meses de aire.
​—Ese dinero es intocable, Santiago —intervino Liam, quien estaba limpiando una de las válvulas de los respiradores recuperados—. Es el fondo para los casos terminales que no tienen otra opción. Natalia lo llamó el "Activo de Última Instancia". No vamos a saquear la esperanza de esos pacientes para pagarle a transportistas.
​—¡Si no pagamos a los transportistas, no habrá pacientes vivos que necesiten trasplantes! —gritó Santiago, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Entiende la aritmética, Liam! Estamos en un escenario de quiebra técnica. O salvamos la red, o morimos con el fondo de trasplantes intacto en una cuenta que Vallenilla terminará confiscando de todos modos.
​Mateo se situó entre ambos. La fricción entre la lógica logística de Santiago y la rigidez moral de Liam estaba alcanzando el punto de ignición.
​—Amelia, ¿qué dice la auditoría ética? —preguntó Mateo, buscando un arbitraje externo.
​Amelia, que había estado revisando los contratos de Global-Med en un rincón, levantó la vista. Su mirada era gélida.
—Éticamente, es un suicidio de cualquier forma. Si tocan ese fondo, violan el estatuto fundacional de Natalia y le dan a Vallenilla la prueba de "malversación de fondos" que necesita para encarcelarlos. Si no lo tocan, la red colapsa y la negligencia será su legado. No hay una respuesta correcta, Mateo. Solo hay una pérdida aceptable.
​La discusión se prolongó durante horas. Santiago, sintiendo que su lealtad era cuestionada, comenzó a empacar sus equipos personales.
—He dedicado mi vida a la logística de esta mujer. He movido aire donde no lo había. Pero no voy a sentarme a ver cómo el sistema se apaga porque ustedes tienen miedo de ensuciarse las manos con los números.
​—No es miedo, Santiago. Es lealtad a su memoria —replicó Liam, cerrando el puño—. Si nos convertimos en lo que es Vallenilla, ella habrá muerto dos veces.
​—Ella está muerta, Liam —espetó Santiago, y el silencio que siguió fue absoluto—. Y nosotros estamos muriendo con ella. Yo voy a salvar esa red, con o sin tu aprobación.
​En un movimiento desesperado, Santiago intentó ejecutar la transferencia desde su terminal. Mateo, viendo la traición técnica en proceso, se abalanzó sobre el teclado, bloqueando el acceso con una clave maestra que solo él conocía.
​—Se acabó, Santiago —dijo Mateo con una voz que temblaba de furia y tristeza—. Estás suspendido de la red.
​Santiago miró a Mateo, luego a Liam. En su mirada no había odio, sino una profunda decepción.
—Están auditando el pasado mientras el presente se desangra. Disfruten su integridad mientras se quedan sin aliento.
​Santiago tomó su maletín y salió del galpón, dejando atrás años de amistad y una infraestructura logística que ahora quedaba descabezada. Mateo sintió que una parte vital de la clínica acababa de morir.
​Liam se sentó pesadamente en una caja.
—¿Qué hemos hecho, hijo?
​—Hemos mantenido el balance, papá —respondió Mateo, aunque su voz sonaba hueca—. Pero acabamos de perder nuestro activo operativo más importante.
​Amelia se acercó a Mateo y puso una mano en su hombro. No fue un gesto de consuelo, sino de advertencia.
—Vallenilla acaba de ganar esta ronda sin mover un dedo. Dividió el mando. Ahora, Mateo, tienes la ética de tu padre y mi asesoría, pero no tienes a nadie que sepa cómo mover el oxígeno por las venas de esta ciudad.
​Mateo mirando la pantalla bloqueada de Santiago. La alianza se había roto, y en la contabilidad del alma, el costo de la pureza acababa de dejar a la Fundación en una vulnerabilidad total. Afuera, la noche de la ciudad se sentía más oscura que nunca, y el aire empezaba a escasear de verdad.




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