CAPÍTULO 38: El acceso total
El reloj de pared en el despacho de Mateo marcaba las tres de la mañana con un tictac rítmico que recordaba a un martillo sobre un clavo. El aire acondicionado zumbaba con una eficiencia glacial, pero Mateo sentía que la habitación estaba saturada de un calor invisible, el calor de las verdades que se descomponen. Frente a él, los diarios de Natalia estaban abiertos, pero ya no los leía con la reverencia de un hijo que busca guía; ahora los escudriñaba con la sospecha de un auditor que ha encontrado un desfalco millonario.
La confesión de Liam en la habitación de Julián seguía resonando como un eco distorsionado. Natalia de la Torre, la mujer que él había canonizado, la científica que supuestamente había entregado su vida por un bien superior, había construido su imperio sobre el robo y el silencio. Si Isabella tenía razón, si ella era la dueña de la mitad de la propiedad intelectual del "Oxígeno de Oro", la Fundación no era un legado: era una deuda pendiente de cobro.
La puerta se abrió con un chirrido que cortó el silencio. Santiago entró con dos tazas de café y una carpeta bajo el brazo. Sus ojos estaban rojos, inyectados de sangre por las horas de monitoreo digital.
—He rastreado el origen de los servidores desde los que Isabella extrajo los datos para amenazarte —dijo Santiago, dejando el café sobre la mesa de roble—. No vienen de Houston, Mateo. Vienen de una red espejo configurada aquí mismo, en el pais. Ella no está trabajando sola desde el extranjero. Está conectada directamente con los activos locales de Global-Med.
Mateo tomó la taza, pero sus manos no dejaban de temblar.
—Ella salvó a Julián, Santiago. Lo que le inyectó... funcionó. Mi protocolo no podía estabilizarlo y ella lo hizo en segundos. ¿Cómo puede ser un arma de Vallenilla si posee la cura que yo llevo años buscando?
—Esa es la jugada maestra, Mateo —respondió Santiago, sentándose frente a él—. Vallenilla no quiere matarte. Quiere que lo necesites. Quiere que la Fundación dependa de la tecnología que Isabella posee para que, al final, la absorción de Global-Med sea vista como un acto de salvación y no como un robo. Isabella es el "caballo de Troya" con el ADN de tu padre.
Mateo se levantó y caminó hacia el ventanal. Abajo, en la penumbra del jardín, vio una luz encendida en la casa de huéspedes. Isabella estaba allí, despierta, probablemente moviendo los hilos de su próxima auditoría emocional.
—¿Y mi padre? —preguntó Mateo sin girarse.
—Liam está destrozado. Está en la biblioteca, intentando encontrar los viejos recibos de las transferencias que le hizo a la madre de Isabella. Dice que quiere demostrarte que nunca dejó de hacerse cargo, pero lo que realmente está haciendo es intentar cuadrar un balance que ya dio pérdida hace treinta años.
Mientras los hombres discutían logística en el estudio, en la planta alta de la mansión, el drama respiraba en cada rincón. Amelia estaba sentada junto a la cama de Julián, observando el pecho del niño subir y bajar con una regularidad que le resultaba aterradora. La presencia de Isabella en la casa era como un veneno que se filtraba por los ductos de ventilación.
Amelia se puso de pie y salió al pasillo. Necesitaba respuestas que Mateo no le daría. Se dirigió a la habitación de huéspedes con un paso decidido, ignorando el miedo que le oprimía el pecho. No llamó a la puerta; simplemente entró.
Isabella estaba sentada frente a una computadora portátil, con la luz de la pantalla reflejándose en sus ojos fríos. No pareció sorprendida por la intrusión.
—Es tarde para una visita de cortesía, Amelia —dijo Isabella sin apartar la vista de la pantalla.
—No vengo por cortesía —respondió Amelia, cerrando la puerta tras de sí—. Vengo a saber qué le pusiste a mi hijo. Mateo es un ciego cuando se trata de ciencia, pero yo soy la que tiene que vivir con el miedo de que esa "cura" tenga un precio oculto.
Isabella cerró la computadora y se giró. Por primera vez, mostró una sonrisa que parecía humana, aunque cargada de una condescendencia afilada.
—Le puse la verdad, Amelia. El suero de Natalia siempre fue incompleto porque ella se negaba a aceptar que la regeneración celular requiere un catalizador que ella no pudo sintetizar. Mi madre sí lo hizo. Lo que Julián tiene ahora en su torrente sanguíneo es la culminación de dos vidas de trabajo. Pero tienes razón, tiene un precio. Necesita dosis de mantenimiento.
Amelia sintió que el suelo desaparecía.
—¿Lo hiciste dependiente? ¿Lo encadenaste a ti para controlar a Mateo?
—Lo encadené a la vida —corrigió Isabella, levantándose—. Mateo ha pasado años tratando de cuadrar cuentas, pero se olvidó de que en la vida real, los pasivos no siempre se pueden cancelar con dinero. Liam me abandonó por una mentira de perfección. Ahora, yo vengo a reclamar mi lugar en el inventario. Y si para eso tengo que ser la única que mantenga a Julián respirando, que así sea.
Amelia se acercó y, en un acto de desesperación, abofeteó a Isabella. El sonido del golpe resonó en la habitación, pero Isabella ni siquiera movió la cabeza. Se limitó a mirarla con una lástima infinita.
—Ese es el problema contigo, Amelia. Crees que el drama puede vencer a la logística. Mateo y yo somos iguales: entendemos el costo del poder. Tú solo eres una nota al pie en una historia que nos pertenece a nosotros.
El amanecer sorprendió a la familia en un estado de tregua armada. El desayuno se sirvió en el comedor principal, un banquete de plata y porcelana que se sentía como una última cena. Liam estaba en la cabecera, luciendo diez años más viejo. Mateo y Amelia se sentaban frente a frente, separados por un abismo de desconfianza. Isabella se sentó a la derecha de Liam, reclamando el lugar que, por derecho de sangre y ahora de poder, sentía suyo.
—He tomado una decisión —dijo Mateo, rompiendo el silencio—. Isabella tendrá acceso a los servidores de nivel dos bajo la supervisión de Santiago. A cambio, entregará el protocolo completo del suero de mantenimiento para Julián a la dirección de bioética.
—¿Bajo mi supervisión? —preguntó Amelia, con la voz temblorosa de rabia—. ¿Confías en ella después de lo que hizo?
—No confío en ella, Amelia. Confío en los datos —respondió Mateo, evitando su mirada—. Los datos dicen que Julián está vivo gracias a ella. No tenemos otra opción.
—Siempre hay una opción, Mateo —intervino Liam, su voz saliendo con esfuerzo—. Podríamos decir la verdad. Podríamos confesar ante la junta lo que ocurrió en Houston y enfrentar las consecuencias juntos.
Isabella soltó una risa breve.
—¿Juntos? ¿Después de treinta años de silencio? La junta te quitaría la presidencia en diez minutos, Liam. Y Mateo terminaría en la cárcel por usar fondos sociales en su hijo. No, la única forma de salvar la Fundación es integrándome. Vallenilla no atacará si yo soy parte del directorio. Él quiere el beneficio, no la destrucción total... por ahora.
El desayuno terminó con una tensión que amenazaba con hacer estallar los ventanales. Mateo se dirigió a la clínica con Santiago, mientras Isabella se instalaba en la oficina que antes pertenecía a Natalia. Era una invasión silenciosa, un cambio de mando que no necesitaba de armas, solo de información.
A media mañana, mientras Mateo revisaba los informes de distribución de oxígeno en los sectores populares de la ciudad, recibió una llamada privada. No era de la clínica, ni de su casa. Era un número encriptado que reconoció de inmediato.
—¿Mateo de la Torre? —la voz al otro lado era profunda, con un tono de victoria que lo hizo estremecer—. Soy Víctor Vallenilla. Espero que te haya gustado el regalo que te envié. Isabella es una mujer eficiente, ¿no crees?
—La sacaré de mi casa antes de que termine el día, Víctor —amenazó Mateo, apretando el teléfono con fuerza.
—No lo harás. Porque si ella sale, el aire de tu hijo se acaba. Y si ella sale, la auditoría de Global-Med revelará que tu madre no fue más que una ladrona de patentes. Estás atrapado en un flujo de caja negativo, Mateo. Y yo soy el único que puede refinanciar tu deuda moral.
Mateo colgó, sintiendo que el oxígeno en su propia oficina empezaba a escasear. Salió al pasillo y vio a Isabella caminando hacia él, rodeada de médicos que la miraban con admiración. Ella le guiñó un ojo al pasar, una señal de que el capítulo de la resistencia había terminado y el de la rendición estaba por comenzar.
Al regresar a casa esa tarde, Mateo encontró a Julián jugando en el jardín con un pequeño avión de madera. Se veía sano, radiante, como si la crisis de la noche anterior nunca hubiera ocurrido. Pero al acercarse, vio que Isabella estaba sentada en un banco cercano, observándolo con una sonrisa de propiedad.
—Es un niño hermoso, Mateo —dijo ella sin mirarlo—. Sería una pena que su balance de vida dependiera de la terquedad de su padre.
Mateo se sentó a su lado, derrotado.
—¿Qué es lo que realmente quieres, Isabella? ¿Dinero? ¿Venganza?
—Quiero lo que Natalia me quitó —respondió ella, girándose para mirarlo a los ojos—. Quiero que el mundo sepa que el "Oxígeno de Oro" tiene dos dueños. Y quiero que tú entiendas que, en esta familia, el aire nunca ha sido gratis.
El sol se ocultaba sobre la ciudad, tiñendo el cielo de un rojo sangre que parecía predecir el futuro de los De la Torre. Mateo miró a su hijo, luego a la mujer que decía ser su hermana, y comprendió que la auditoría final no se trataba de salvar la clínica, sino de decidir cuánto de su propia alma estaba dispuesto a vender para mantener a Julián respirando. El patrimonio de sombras se había expandido, y Mateo de la Torre ya no era el auditor; era el activo que estaba a punto de ser liquidado.