latidos de cristal

CAPÍTULO 39: El Algoritmo de la Duda

CAPÍTULO 39: El Algoritmo de la Duda
​La mañana en la Fundación De la Torre no trajo la claridad esperada, sino una bruma espesa de sospechas que se filtraba por los pasillos de mármol y acero. Mateo caminaba hacia el ala de biotecnología, sintiendo que cada mirada de sus empleados era un juicio silencioso. La noticia de la llegada de una "nueva consultora técnica" de Houston se había propagado como un virus, y el parecido físico de Isabella con la difunta Natalia de la Torre no ayudaba a calmar los rumores.
​En su despacho, Mateo encontró a Santiago frente a una pared de monitores. El experto en logística no había dormido; su rostro estaba marcado por la fatiga de quien ha intentado hackear un fantasma.
​—Isabella es un muro de encriptación, Mateo —dijo Santiago sin apartar los ojos del código—. He intentado rastrear sus credenciales en la Universidad de Houston. Existen, sí, pero parecen haber sido creadas con una precisión quirúrgica. Sus publicaciones científicas sobre regeneración alveolar son brillantes, pero no tienen rastro de revisiones por pares anteriores a 2022. Es como si hubiera nacido profesionalmente hace cuatro años.
​Mateo se sentó, frotándose las sienes.
—Ella estabilizó a Julián cuando yo no pude. Eso no se inventa con un perfil falso, Santiago. Ella posee el catalizador. Lo que me preocupa es el precio que Vallenilla le puso a ese conocimiento.
​—Ese es el punto. El servidor de nivel dos ya registra sus entradas. Está buscando algo específico, algo que no tiene que ver con la medicina —Santiago pulsó una tecla y una serie de transferencias bancarias antiguas aparecieron en pantalla—. Está rastreando las cuentas personales de tu madre de 1996. No busca patentes, busca pruebas de un delito financiero que prescribió hace décadas, pero que hoy destruiría la reputación de la Fundación.
​Mientras tanto, en la residencia, Amelia intentaba mantener una normalidad que se le escapaba entre los dedos. Julián jugaba en la alfombra, ajeno a que su respiración, ahora rítmica y profunda, era el resultado de un pacto con el enemigo. La presencia de Isabella en la casa de huéspedes era una herida abierta. Amelia decidió que no se quedaría sentada esperando a que la "hermana" de su marido terminara de auditar su vida.
​Salió al jardín y caminó hacia la casa de huéspedes. Al entrar, no encontró a una científica revisando fórmulas, sino a una mujer observando una fotografía vieja de Liam que había sacado de un marco en la sala principal.
​—Es un hombre apuesto, ¿verdad? —dijo Isabella sin girarse—. Tiene esa mirada de quien cree que puede pedir perdón y borrar el pasado con un cheque.
​—Liam es un hombre que cometió errores, pero no es el monstruo que intentas pintar —respondió Amelia, cerrando la puerta—. Viniste aquí con una cura en una mano y una amenaza en la otra. Eso no es justicia, Isabella, es extorsión.
​Isabella dejó la foto sobre la mesa y se giró. Su expresión era de una calma gélida.
—La justicia es un concepto para quienes pueden pagarla, Amelia. Yo crecí viendo a mi madre morir de una insuficiencia respiratoria que la tecnología de Natalia pudo haber curado años antes. Natalia le robó el crédito, el dinero y, finalmente, el aire. Yo solo estoy reclamando el patrimonio que fue edificado sobre nuestras cenizas.
​—¿Y qué hay de Julián? —preguntó Amelia, acercándose—. ¿Es solo un peón en tu tablero? ¿Vas a dejar que muera si Mateo no te entrega las llaves del reino?
​Isabella guardó silencio por un momento. Por primera vez, su máscara de frialdad pareció agrietarse.
—Julián es sangre de mi sangre, aunque Mateo prefiera ignorarlo. No dejaré que muera. Pero si para salvarlo tengo que destruir la mentira en la que viven, lo haré. Mateo tiene que elegir: la Fundación o su familia. No puede tener ambas, porque la Fundación es la mentira.
​Al mediodía, Mateo convocó a una reunión de emergencia en la sala de juntas de la clínica. Liam estaba presente, sentado al extremo de la mesa, luciendo como una sombra de sí mismo. Santiago e Isabella completaban el grupo. El ambiente era de una auditoría forense antes de una quiebra.
​—He revisado los términos de Global-Med —comenzó Mateo, proyectando el contrato de absorción—. Vallenilla propone una "fusión estratégica". Dice que si aceptamos, los cargos por malversación contra mí desaparecerán y el suero de Isabella será distribuido gratuitamente en todo el estado.
​—Es una trampa, Mateo —intervino Liam, su voz temblando ligeramente—. Si firmas eso, pierdes el control sobre la pureza del oxígeno. Vallenilla empezará a cobrar por el aire de alta calidad y dejará el oxígeno básico para los pobres. Es exactamente lo que tu madre luchó por evitar.
​—Mi madre robó la base de esta tecnología, papá —le espetó Mateo, y el silencio que siguió fue absoluto—. No podemos hablar de ética cuando la piedra angular de este edificio es un fraude. Isabella tiene los derechos.
​—No los tiene todos —dijo Santiago, interviniendo con una seguridad que sorprendió a todos—. He encontrado una cláusula en los estatutos originales de 1998. Natalia registró una "patente de reserva" a nombre de un fideicomiso ciego. Esa patente contiene el código genético del catalizador puro, pero solo puede activarse con una muestra de ADN de un descendiente directo que no haya sido alterado por el suero sintético.
​Isabella se tensó. Sus ojos brillaron con una mezcla de sorpresa y furia.
—Eso es imposible. Natalia no era tan previsora.
​—Te subestimó, Isabella, igual que tú nos subestimaste a nosotros —dijo Santiago—. Esa patente bloquea cualquier intento de Global-Med de comercializar el "Oxígeno de Oro" sin el consentimiento de Mateo. Eres la dueña de la mitad de la historia, pero Mateo tiene la llave del futuro.
​El juego había cambiado. Isabella ya no tenía el control total. Ahora, ambos hermanos estaban encadenados: ella poseía la medicina inmediata que Julián necesitaba, pero Mateo poseía la propiedad legal que Vallenilla ansiaba.
​Al finalizar la reunión, Isabella interceptó a Mateo en el pasillo. Su rostro estaba a centímetros del suyo, y su aliento olía a una determinación peligrosa.
​—Crees que has ganado un asalto, Mateo. Pero recuerda esto: cada día que pasa sin que Julián reciba la dosis de mantenimiento, su cuerpo se vuelve más dependiente. Tienes la patente, sí. Pero yo tengo el reloj.
​Mateo la vio alejarse, sintiendo que el aire se volvía más pesado con cada segundo. Regresó a su oficina y encontró a Amelia esperándolo. Ella no dijo nada, simplemente le entregó un sobre que había encontrado en la casa de huéspedes mientras Isabella estaba en la reunión.
​Dentro había un contrato privado, firmado por Isabella y Víctor Vallenilla. El documento no hablaba de patentes ni de medicina. Hablaba de un "trasplante de activos". Vallenilla no quería la clínica; quería usar a Isabella para obtener el ADN de Julián. El niño no era un paciente para ellos, era la fuente biológica para una nueva generación de productos médicos privados.
​Mateo cayó de rodillas, con el papel arrugado en su mano. La auditoría había revelado la verdad más oscura de todas: la guerra no era por el dinero, ni por la venganza, ni por el aire. Era por el cuerpo de su hijo.
​—Tenemos que irnos, Amelia —susurró Mateo, con los ojos llenos de un terror que nunca había sentido—. Tenemos que sacar a Julián de aquí antes de que se den cuenta de que sabemos la verdad.
​Pero al mirar hacia el monitor de seguridad de la habitación del niño, Mateo vio que la cuna estaba vacía. La puerta trasera del jardín estaba abierta y la camioneta de Isabella ya no estaba en la entrada. El balance de la vida de Mateo de la Torre acababa de entrar en una pérdida total. El secuestro del heredero no había sido con armas, sino con la misma medicina que le había devuelto la vida.




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