CAPÍTULO 40:El socio en la sombra
La parálisis que invadió a Mateo ante la imagen de la cuna vacía fue un fenómeno físico, una hipoxia del alma que detuvo el tiempo mientras el mundo exterior seguía girando con una crueldad mecánica. Amelia, a su lado, emitió un sonido que no fue un grito, sino un gemido sordo, una pérdida de presión emocional que la hizo desplomarse contra el escritorio. El monitor de seguridad mostraba apenas el rastro de una manta desplazada y la puerta de cristal que daba al jardín oscilando levemente, como un péndulo marcando el inicio de una cuenta regresiva.
—No... no puede ser —susurró Mateo, sus dedos crispados sobre el teclado, intentando rebobinar la grabación con una torpeza que jamás habría permitido en un laboratorio—. Santiago, dime que el GPS de la camioneta sigue activo. ¡Dime algo!
Santiago, cuyo rostro se había tornado de un color cenicizo, golpeaba las teclas con una furia desesperada. El sistema de la Fundación, usualmente infalible, parecía estar sufriendo una embolia digital.
—Ella conocía los puntos ciegos, Mateo. Isabella no solo entró en el servidor de nivel dos; inyectó un comando de "limpieza de rastro" en el software de las cámaras. Se llevó a Julián hace exactamente siete minutos. El GPS fue desactivado apenas cruzaron el perímetro de la avenida principal.
Liam, que se encontraba al fondo de la sala, se cubrió el rostro con las manos. Los pecados de su juventud en Houston habían dejado de ser una deuda moral para convertirse en un secuestro físico. Su silencio era la confesión de un hombre que sabía que su sangre, la misma que le daba la vida, era ahora el veneno que mataba a su nieto.
—Vallenilla —dijo Mateo, y el nombre sonó como un disparo—. Ella no se lo llevó por despecho fraternal. Se lo llevó para entregárselo a él. Julián no es su sobrino para ella; es la muestra biológica que le falta para que el consorcio sea el dueño absoluto del aire.
Mientras tanto, en la penumbra de una camioneta que se alejaba hacia las zonas industriales del oeste de la ciudad, Isabella conducía con una mano mientras la otra descansaba sobre la pequeña mano de Julián. El niño dormía un sueño profundo, inducido no por el cansancio, sino por una variante sedante del suero de mantenimiento. Isabella no lloraba, pero sus mandíbulas estaban tan apretadas que sus rasgos parecían tallados en piedra volcánica.
Su teléfono vibró en el tablero. No era Mateo. No era Liam. Era una videollamada de la Penitenciaría de Fénix.
—¿Lo tienes? —la voz de Víctor Vallenilla era un susurro de victoria que parecía llenar la cabina del vehículo.
—Lo tengo, Víctor. Pero el trato ha cambiado —respondió Isabella, su voz sin un rastro de duda—. Mateo tiene la patente de reserva de Natalia. Si no conseguimos ese código genético, el ADN del niño solo servirá para investigación, no para producción masiva.
—Mateo entregará hasta sus propios pulmones por ese niño —rio Vallenilla—. Dirígete al galpón del sector 4. Mis hombres te están esperando. Una vez que el niño esté en la cápsula de estabilización, Mateo recibirá la citación para su última auditoría.
Isabella colgó y miró de reojo al niño. Por un segundo, la imagen de su propia madre, agonizando en una cama de hospital en Texas mientras imploraba por un soplo de aire que Natalia de la Torre le negaba, cruzó su mente. "Justicia", se dijo a sí misma. Pero al ver la pequeña cicatriz en el brazo de Julián, donde ella misma le había inyectado la vida horas antes, sintió una punzada de algo que no podía permitirse: piedad.
En la mansión, el ambiente era de una morgue antes de la autopsia. Mateo había recuperado una frialdad aterradora, esa claridad mental que surge cuando el sistema está al borde del colapso total y solo queda la ejecución de protocolos de emergencia. Estaba frente al mapa digital de la ciudad, trazando rutas basadas en el consumo de oxígeno de los depósitos clandestinos de Global-Med.
—Santiago, necesito que sobrecargues la red del sector 4 —ordenó Mateo, su voz era un bisturí—. Si Vallenilla quiere a Julián para su proyecto biológico, necesita un ambiente de atmósfera controlada. No pueden tenerlo en cualquier sótano. Busca los picos de energía que indiquen el funcionamiento de una cámara hiperbárica.
Amelia se puso en pie, limpiándose las lágrimas con una determinación feroz. Ya no era la esposa que pedía atención; era la madre que reclamaba su derecho a la guerra.
—Yo voy contigo, Mateo. Y no intentes detenerme con tus protocolos de seguridad. Si esa mujer cree que puede usar a mi hijo como una cifra en su balance, le voy a enseñar lo que sucede cuando una cuenta entra en pérdida total.
Liam se levantó también, apoyándose en su bastón pero con la espalda erguida.
—Yo los llevaré. Conozco esos galpones mejor que nadie; yo mismo los construí para la logística de la Fundación antes de que Vallenilla los expropiara judicialmente. Hay túneles de ventilación que no aparecen en los planos digitales.
El equipo de rescate, compuesto por los restos destrozados de una familia que ya no tenía nada que perder, salió de la mansión bajo una luna que parecía observar con indiferencia el juicio final de los De la Torre.
El galpón del sector 4 era una estructura de concreto y hierro que se alzaba como un monumento a la corrupción. Dentro, el aire era frío y seco. Isabella había colocado a Julián en una camilla de alta tecnología, rodeada de monitores que brillaban con una luz azulada. Dos hombres de Vallenilla, armados y con rostros de piedra, vigilaban la entrada.
Isabella estaba conectando los sensores al pecho del niño cuando escuchó un ruido sordo en los conductos de aire. Se detuvo, con el corazón acelerado. Sabía que Mateo vendría, pero no esperaba que fuera tan rápido. Su hermano siempre había sido un maestro de la eficiencia, pero esto era algo más: era una cacería.
—¿Isabella? —la voz de Mateo resonó por el sistema de megafonía del galpón, distorsionada y fantasmal—. Estoy auditando el edificio. Sé que estás en el cuadrante C. Sé que el nivel de oxígeno de la cápsula de Julián depende de la turbina primaria que acabo de puentear.
Isabella corrió hacia la consola de control.
—¡No te atrevas, Mateo! Si cortas la energía, el filtro de partículas se detendrá y el niño entrará en shock.
—Entonces hablemos de saldos, "hermana" —la voz de Mateo se volvió más cercana, casi íntima—. Vallenilla te prometió justicia, pero solo te está usando para obtener la llave de la patente de reserva. Una vez que tenga el ADN de Julián, tú serás el siguiente activo liquidado. ¿De verdad crees que él dejará a un testigo de su robo con vida?
La duda cruzó el rostro de Isabella. Miró a los guardias de Vallenilla, quienes ya estaban apuntando sus armas hacia las sombras del techo. Se dio cuenta, con una claridad gélida, de que Mateo tenía razón. En el mundo de los grandes balances, ella no era una socia; era un gasto operativo prescindible.
De repente, una explosión de luz y gas cegador llenó el galpón. Santiago había activado el sistema de supresión de incendios, pero cargado con un compuesto paralizante derivado del suero experimental. Los guardias cayeron de rodillas, luchando por un aire que ya no podían procesar.
Mateo surgió de las sombras, con una máscara de oxígeno y los ojos encendidos por una furia divina. Amelia corrió directamente hacia la camilla de Julián, cubriéndolo con su cuerpo, mientras Liam aparecía por una puerta lateral, bloqueando la salida de Isabella.
—Se acabó la auditoría, Isabella —dijo Mateo, apuntándola no con un arma, sino con la tableta que controlaba el suministro de aire del recinto—. Entrega los códigos de estabilización de Julián y quizás, solo quizás, deje que salgas de aquí con suficiente aire para llegar a la frontera.
Isabella miró a Mateo, luego a Julián, y finalmente a Liam, el hombre que le había dado la vida pero le había negado un nombre. En un movimiento rápido, sacó un dispositivo de su bolsillo.
—La patente de reserva no sirve de nada si el niño no tiene el suero original, Mateo. Y ese suero... está en mi torrente sanguíneo. Soy el único laboratorio vivo que queda.
Un estruendo sacudió el galpón. Las puertas principales fueron derribadas y un equipo de asalto privado, con el logo de Global-Med, entró disparando. Vallenilla no iba a esperar a que la familia negociara.