latidos de cristal

CAPÍTULO 41:El error de la impostora

CAPÍTULO 41:El error de la impostora
El estruendo del asalto inicial de Global-Med convirtió el galpón del Sector 4 en una caja de resonancia mortal. El olor a ozono y a pólvora saturó el aire en segundos, rompiendo la atmósfera estéril que Isabella había intentado mantener para proteger a Julián. Mateo, impulsado por un instinto que no figuraba en sus manuales de gestión, se lanzó sobre Isabella, derribándola justo cuando una ráfaga de balas destrozaba la consola de control que segundos antes ella manipulaba.
​—¡Al suelo! —rugió Mateo, sintiendo el calor del metal rozando su espalda.
​Amelia ya estaba en el suelo, protegiendo el cuerpo de Julián con su propio torso, usando la estructura reforzada de la camilla como un escudo improvisado. Santiago, desde una posición elevada en las vigas de ventilación, activó el protocolo de emergencia de la Fundación: una cortina de vapor denso, saturado con partículas de carbono, que anulaba la visión infrarroja de las gafas tácticas del equipo de asalto.
​—¡Mateo, no podemos resistir aquí! —gritó Liam desde la puerta lateral, disparando una vieja pistola de seguridad para cubrir el flanco izquierdo—. ¡Vallenilla no quiere negociar, quiere la liquidación total!
​Isabella, con la respiración entrecortada y el cabello pegado a la frente por el sudor, miró a Mateo a los ojos. Ya no había rastro de la mujer gélida que había entrado en la mansión con un colgante de plata. Ahora, bajo la luz parpadeante de las alarmas rojas, solo era una pieza más en un engranaje de traición que la había superado.
​—Tienen un extractor biológico en el equipo de asalto —susurró ella, agarrando la solapa de la chaqueta de Mateo—. No vienen por la patente, Mateo. Vienen por la médula de Julián. Creen que el catalizador está fijado en su tejido óseo. Si se lo llevan, lo desmantelarán como a una máquina.
​Mateo sintió un frío que no tenía nada que ver con el sistema de refrigeración del galpón. Miró hacia la camilla. Julián estaba despierto, sus ojos grandes y aterrorizados fijos en el techo, pero su respiración seguía siendo rítmica. La "cura" de Isabella lo mantenía estable en medio del caos, pero esa misma cura lo había convertido en el activo más valioso y peligroso del mundo.
​—Tenemos que sacarlo de aquí —dijo Mateo, recuperando esa voz de mando que usaba en las crisis de la Fundación—. Santiago, activa la sobrecarga del transformador externo. ¡Ahora!
​—Si lo hago, el edificio se quedará sin soporte vital en treinta segundos —advirtió Santiago por el comunicador.
​—Hazlo. Es nuestra única cortina de humo.
​Un zumbido eléctrico ascendente llenó el galpón, un sonido de energía pura que hacía vibrar los dientes. De repente, una explosión de chispas azules iluminó el recinto y todo se sumió en una oscuridad absoluta, rota solo por los fogonazos de los disparos de los mercenarios. En ese vacío de luz, Mateo se movió con la precisión de un auditor que conoce cada rincón de su almacén.
​—¡Amelia, toma al niño! —ordenó Mateo mientras ayudaba a Isabella a levantarse—. Liam, cúbrenos hacia el túnel de servicio.
​El grupo se movió en la oscuridad, guiados por el conocimiento táctico de Liam sobre las infraestructuras que él mismo había ayudado a cimentar décadas atrás. Corrieron por pasillos de concreto húmedo, mientras detrás de ellos se escuchaban los gritos de los hombres de Vallenilla perdiendo el rastro en el humo negro.
​Llegaron a una pequeña cámara acorazada, un antiguo depósito de seguridad que Natalia había usado en los años noventa para esconder los primeros prototipos del "Oxígeno de Oro". Mateo cerró la puerta de acero, sellándolos en un silencio sepulcral que contrastaba violentamente con la batalla exterior.
​Amelia depositó a Julián en una mesa de metal, revisando febrilmente sus signos vitales con la luz de una linterna pequeña.
—Está entrando en taquicardia, Mateo. El suero de mantenimiento está perdiendo eficacia debido al estrés del entorno.
​Mateo se giró hacia Isabella, quien estaba apoyada contra la pared, presionándose el costado. Una mancha roja empezaba a crecer en su camisa blanca.
—Estás herida —dijo Mateo, acercándose.
​—No es nada —mintió ella, aunque su voz flaqueaba—. Escúchame, Mateo... la patente de reserva que encontró Santiago... no es solo un documento legal. Es un mapa genético. Natalia sabía que yo existía. Sabía que algún día vendría a cobrar la deuda. El catalizador que Julián necesita no está en mi sangre por casualidad. Natalia lo diseñó para que solo funcionara si se combinaba con la muestra original que ella me entregó a través de mi madre en Houston.
​—¿Me estás diciendo que Natalia planificó este conflicto? —preguntó Mateo, sintiendo que el legado de su madre se volvía cada vez más oscuro.
​—Ella planificó la supervivencia —corrigió Isabella con una mueca de dolor—. Sabía que Global-Med eventualmente corrompería la Fundación. Creó dos mitades de una misma llave. Yo soy una mitad. Julián es la otra. Tú eres el único que puede girar la cerradura.
​De repente, un golpe seco resonó en la puerta acorazada. Alguien afuera estaba usando una cortadora de plasma. El círculo de luz naranja empezó a devorar el acero.
​—Vallenilla está aquí —dijo Liam, recargando su arma con manos temblorosas—. Mateo, tienes que llevarte al niño por el conducto de ventilación. Yo me quedaré a cubrir la retirada.
​—No te voy a dejar aquí, papá —respondió Mateo, pero Liam le puso una mano firme en el hombro.
​—Esta deuda es mía, hijo. Yo permití que Natalia construyera esta mentira porque tenía miedo de perder mi estatus. Fui el primer auditor que maquilló las cuentas de esta familia. Es hora de cerrar mi balance.
​Amelia miró a Mateo. En sus ojos ya no había reproches, solo una resolución compartida. Tomó a Julián y se dirigió hacia la abertura del conducto. Isabella, debilitada por la pérdida de sangre, le entregó a Mateo un pequeño dispositivo de memoria que llevaba oculto en su colgante.
​—Este es el protocolo de síntesis final —susurró Isabella—. Si no salgo de aquí, asegúrate de que el mundo reciba el oxígeno gratis, Mateo. No dejes que Vallenilla lo convierta en un dividendo.
​Mateo miró a su hermana impostora, a su padre redimido y a su esposa valiente. En ese búnker olvidado, rodeado por los fantasmas de las mentiras de su madre, Mateo de la Torre dejó de ser el administrador del legado para convertirse en su ejecutor.
​—Santiago, activa el protocolo Fénix en la red global —ordenó Mateo por el micrófono—. Si vamos a caer, lo haremos liberando el aire para todos. Que Vallenilla herede una empresa sin secretos.
​La puerta acorazada cedió con un estruendo metálico. Mateo se lanzó por el conducto justo cuando los primeros hombres de negro irrumpían en la sala. El último balance del Sector 4 se estaba cerrando, y mientras Mateo se arrastraba por la oscuridad con su hijo a la espalda, comprendió que el verdadero "Oxígeno de Oro" no era una fórmula química, sino la verdad cruda que finalmente le permitía respirar, aunque fuera en medio de la guerra.




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