latidos de cristal

CAPÍTULO 42:La caída de la mascara

CAPÍTULO 42:La caída de la mascara
La onda expansiva de la explosión en el Sector 4 reverberó en los pulmones de Mateo mientras se arrastraba por el estrecho conducto de ventilación, cargando el peso de Julián contra su pecho. El metal vibraba bajo sus manos, y el aire, cargado de polvo y residuos químicos, se volvía un enemigo denso. A sus espaldas, el estruendo del colapso del búnker marcó el final de una era; sabía que Liam e Isabella habían quedado atrás, en el epicentro de un sacrificio que no figuraba en ningún manual de contabilidad, pero que era la única forma de saldar la deuda histórica de los De la Torre.
​—Respira, Julián... solo un poco más —susurró Mateo, sintiendo el calor de la frente de su hijo contra su cuello. El niño estaba inusualmente quieto, una señal de que el sistema inmunológico estaba entrando en una fase de ahorro energético extremo.
​Al final del túnel, la rejilla de salida cedió bajo la presión de un golpe seco de Amelia, quien los esperaba en el exterior con una determinación que había borrado cualquier rastro de la mujer frágil que Mateo creía conocer. Salieron a un callejón oscuro, flanqueado por contenedores industriales y el zumbido constante de los generadores de la zona. El cielo de la ciudad estaba teñido de un naranja artificial, el reflejo de las llamas que devoraban el galpón.
​—Santiago está a dos calles de aquí con la unidad móvil —dijo Amelia, ayudando a Mateo a ponerse en pie. Su voz era firme, pero sus manos temblaban mientras acomodaba la manta de Julián—. El Protocolo Fénix ya está en la red. Lo vi en mi teléfono antes de que la señal cayera. La fórmula es pública, Mateo. Ya no hay vuelta atrás.
​Mateo asintió, aunque su mente estaba auditando el costo. Habían liberado el aire, pero habían perdido su escudo. Sin el secreto, la Fundación no era más que un edificio, y ellos eran ahora objetivos móviles para un Vallenilla que no tendría piedad tras ver su imperio de exclusividad convertido en un bien común.
​Caminaron entre las sombras hasta que una furgoneta negra, sin luces y con los vidrios blindados, frenó en seco frente a ellos. La puerta lateral se deslizó y la luz de las pantallas internas iluminó el rostro desencajado de Santiago.
​—¡Suban! ¡Ahora! —gritó Santiago. En cuanto la puerta se selló, la furgoneta arrancó con un chirrido de neumáticos—. El sistema de Global-Med está intentando bloquear la descarga masiva, pero el código de Isabella era un virus autorreplicante. Está en todos los servidores de salud del continente. Mateo... lo logramos. El oxígeno ya no es una divisa.
​Mateo no celebró. Se arrodilló junto a la camilla improvisada en el fondo de la furgoneta donde Amelia ya conectaba a Julián a los sistemas de soporte vital.
—No lo logramos del todo, Santiago. Julián necesita el catalizador puro. El protocolo Fénix ayuda a la población general, pero para él, esto es una carrera de resistencia biológica. ¿Dónde está el resto de la muestra que Isabella mencionó?
​Santiago tecleó furiosamente, abriendo un mapa de coordenadas que parpadeaba en rojo.
—Según los datos que Isabella me transfirió antes del ataque, Natalia no guardó el catalizador en un laboratorio. Lo guardó en el único lugar donde Vallenilla nunca pensó en auditar: la antigua casa de campo. Decía que el aire de las montañas era el único filtro natural capaz de mantener la estabilidad de la muestra original sin necesidad de refrigeración eléctrica.
​Mientras la unidad móvil se adentraba en la carretera hacia las montañas de la cuidad, huyendo de las sirenas que patrullaban la zona industrial, Mateo observaba a su esposa. Amelia estaba revisando los viales de suero de mantenimiento que Isabella le había entregado en el búnker. Había una complicidad nueva entre ellos, una forjada no en el romance, sino en la supervivencia mutua.
​—Perdóname, Amelia —dijo Mateo de repente, rompiendo el silencio del motor—. Audité cada parte de mi vida excepto lo que realmente importaba. Creí que el control era la solución, pero el control fue lo que nos asfixió.
​Amelia levantó la vista. Sus ojos reflejaban las luces verdes de los monitores.
—No es momento de auditorías morales, Mateo. Natalia nos dejó un mapa de sombras, pero Isabella nos dio la luz para recorrerlo. Si llegamos a la antigua casa de campo y Julián se recupera, entonces podremos hablar de lo que queda de nosotros. Por ahora, solo somos los guardianes de ese niño.
​De pronto, un impacto sacudió la furgoneta. Por el retrovisor, Santiago vio dos vehículos todoterreno con luces de alta intensidad acercándose a gran velocidad. No eran patrullas policiales; eran los operativos de Global-Med, los "auditores de campo" de Vallenilla.
​—¡Nos encontraron! —exclamó Santiago, maniobrando violentamente por las curvas cerradas que subían hacia las montañas—. Tienen rastreadores térmicos. No podemos ocultar el calor de los generadores de oxígeno de Julián.
​—Apágalos —ordenó Mateo.
​—¿Qué? Si apago el soporte, Julián entrará en crisis en menos de cinco minutos —replicó Santiago.
​—Apaga los generadores externos —corrigió Mateo, levantándose y buscando en el equipo médico—. Usaremos el oxígeno manual de emergencia. Reduciremos nuestra firma térmica al mínimo. Amelia, necesito que ventiles a Julián manualmente con la bolsa ambú. Yo iré a la parte trasera.
​Mateo se desplazó hacia la puerta posterior. En el inventario de la furgoneta encontró lo que buscaba: granadas de humo saturadas con partículas de nitrógeno líquido, diseñadas para sofocar incendios en laboratorios químicos.
​—Santiago, cuando cuente tres, frena en seco en la próxima curva cerrada —dijo Mateo, con una frialdad que asustó incluso a Santiago—. Vamos a congelar el rastro.
​La maniobra fue suicida. En una curva donde el abismo se abría a pocos metros, la furgoneta derrapó. Mateo abrió la puerta trasera y lanzó los viales de nitrógeno. Una nube de frío extremo se expandió instantáneamente, creando una pared de niebla blanca y opaca que confundió los sensores térmicos de los perseguidores. El vehículo líder de Global-Med, cegado por el cambio brusco de temperatura y la visibilidad nula, perdió el control y se precipitó por el barranco con un estruendo metálico que se perdió en la profundidad del valle.
​El segundo vehículo frenó, incapaz de atravesar la cortina de nitrógeno sin riesgo de congelar sus propios sistemas. Santiago aceleró, aprovechando los segundos de ventaja para desviarse por un camino de tierra oculto por la vegetación.
​Una hora después, el silencio de la montaña los rodeó. La vieja casa , una estructura de piedra y madera que parecía fundirse con la niebla, apareció frente a ellos. Era un lugar que Mateo no visitaba desde su infancia, un refugio que Natalia siempre llamó su "reserva de aire puro".
​Bajaron a Julián con cuidado. El aire allí arriba era fresco, cargado de la humedad de los helechos y el aroma de los pinos. Al entrar en la casa, Mateo se dirigió directamente a la chimenea de piedra. Según las instrucciones de Isabella, el compartimento no estaba bajo tierra, sino en el tiro de la chimenea, donde la corriente de aire constante mantenía la temperatura exacta.
​Accionó un mecanismo oculto y una pequeña caja de plomo emergió de entre las piedras. Dentro, un único vial de color ámbar brillaba bajo la luz de la linterna. Era el catalizador original. El balance final de Natalia de la Torre.
​—Es hermoso —susurró Amelia, acercándose con una jeringa estéril.
​Pero antes de que pudiera extraer la muestra, una sombra se proyectó en la puerta de madera. Mateo se giró, esperando ver a los hombres de Vallenilla, pero lo que vio fue mucho más inquietante.
​Era Elena. Llevaba un arma en la mano, pero su rostro no mostraba la ambición del consorcio, sino la desesperación de quien se sabe acorralado.
​—Mateo, dame el vial —dijo Elena, con la voz temblorosa—. Global-Med tiene a mi familia en Houston. Si no les entrego el catalizador antes del amanecer, no los volveré a ver. Vallenilla sabía que vendrías aquí. Me usaron como su auditora de último recurso.
​Mateo miró a Elena, luego al vial que era la única esperanza de su hijo, y finalmente a Amelia.




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