Latidos de un mismo corazón

1

El autobús se mueve con ese traqueteo que te obliga a pensar, aunque no quieras.

Llevo casi cinco horas mirando por la ventana, viendo cómo el paisaje cambia de tonos sin cambiar de forma. Todo parece igual: árboles, nieve, carretera. Y sin embargo, algo en el aire huele diferente. Como si el mundo supiera que estoy intentando empezar de nuevo.

Tengo La campana de cristal abierto sobre las rodillas, pero no estoy leyendo.

Hace rato me quedé atascada en una frase:

"Estaba dentro de una campana de cristal, y el aire dentro olía a muerto."

La subrayé hace años, y ahora vuelve a dolerme. A veces creo que mi campana todavía está ahí, transparente, invisible, pero igual de real.

El autobús da un salto y el libro casi se me cae. Lo cierro. No necesito más palabras ajenas por hoy.

Respiro, apoyo la frente en el vidrio y dejo que el frío me despierte un poco.

Mi reflejo me mira desde el cristal: el mismo rostro cansado, el mismo intento de parecer entera. Ojeras nuevas, esperanzas viejas.

Dicen que Jackson es tranquilo, un lugar donde nadie pregunta demasiado.

Eso me parece perfecto.

No quiero explicar de dónde vengo ni por qué me fui. Solo quiero llegar a un sitio donde el pasado no pese tanto, donde pueda caminar sin sentir que todos los caminos me devuelven al mismo lugar.

El sol se filtra entre las montañas, y por primera vez en mucho tiempo, me permito una idea absurda:

¿Y si esta vez sí?

¿Y si, después de todo, puedo aprender a respirar fuera de la campana?

Cuando el autobús frena en seco, los poco cuerpos que quedan se balancean hacia adelante como si despertaran del mismo sueño. El conductor anuncia la última parada con una voz cansada y amable. Jackson.

Guardo La campana de cristal en la mochila, como si cerrarla fuera también una forma de dejar algo atrás.

El aire frío entra apenas bajo la puerta, trayendo olor a nieve y a pino.

Bajo con cuidado, y el silencio del lugar me sorprende. No es un silencio vacío, sino uno que parece estar escuchando.

Mi maleta aparece entre un par de bolsas y botas ajenas. La tomo, algo torpe, y avanzo hacia la pequeña estación. Afuera, el mundo se abre en tonos grises y dorados: montañas gigantes, un cielo limpio, casas de madera con humo saliendo de las chimeneas.

Los minutos pasan, y nadie se detiene. Un perro cruza la calle, un niño ríe desde una ventana, pero el resto del pueblo parece dormido.

Por fin, logro detener un taxi viejo, amarillo descolorido, con una radio que suena más estática que música.

El conductor baja la ventanilla y me mira, curioso.

—¿A dónde vas? —pregunta.

Abro la boca, pero tardo en responder.

Buena pregunta, pienso.

Le doy la dirección del que será mi nuevo "hogar" y subo al asiento trasero donde dejo la frente contra el vidrio.

Mientras el taxi avanza, las montañas parecen seguirme, vigilantes.

Y por primera vez en mucho tiempo, siento una punzada pequeña, casi imperceptible.

No esperanza exactamente... pero algo que podría convertirse en ella.

Cuando el taxi se detiene frente a la cabaña, el motor queda zumbando un par de segundos, como si tampoco quisiera quedarse.

Le pago al conductor, agradezco en voz baja y bajo con mi maleta, que rueda torpe sobre la grava helada.

El aire aquí es distinto: más limpio, más crudo.

Levanto la vista y lo primero que veo es la fachada. Es una casa vieja, de madera gastada y pintura que alguna vez fue verde. Las contraventanas cuelgan torcidas, y el porche cruje cuando apoyo el pie.

Tiene ese tipo de belleza que solo lo imperfecto conserva.

Hay macetas vacías en la entrada y un columpio oxidado que se balancea apenas con el viento.

Por un instante, me pregunto si de verdad tomé la decisión correcta, si esta casa perdida entre montañas puede ser el lugar donde empiece a respirar otra vez.

Abro la puerta.

El aire de adentro huele a polvo y a leña vieja, pero también a promesa.

El silencio me recibe como un abrazo incómodo, y me quedo de pie, sin moverme, escuchando el crujido de la madera bajo mis botas.

Dejo la maleta junto a la pared y respiro hondo.

No es mucho. No es perfecto.

Pero, por alguna razón, siento que este podría ser el punto cero.




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