Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 1 EL DÍA EN QUE TODO CAMBIÓ

A las seis y cuarenta y tres de la tarde comprendí que estaba a punto de perder al hombre que, sin saberlo, había conseguido devolverme una parte de mí que creía muerta.
Lo supe antes de que él dijera una sola palabra.
Lo supe por la manera en que dejó las llaves sobre la mesa del pequeño café de la calle Defensa, en San Telmo, como si aquel gesto insignificante fuera una despedida definitiva.
Lo supe por sus ojos.
Y, sobre todo, lo supe porque durante los últimos tres meses había aprendido a reconocer sus silencios.
—Entonces te vas —dije.
Tomás levantó la mirada.
Afuera, Buenos Aires comenzaba a encender sus luces. Los turistas caminaban por las veredas de adoquines, los vendedores ambulantes ofrecían recuerdos, una pareja discutía suavemente junto a una vidriera y, desde alguna esquina, llegaba el sonido de un bandoneón.
Todo continuaba exactamente igual.
Excepto nosotros.
—Sí —respondió.
Una sola palabra.
Tan pequeña.
Tan definitiva.
Yo apreté las manos debajo de la mesa para evitar que temblaran.
No quería llorar.
No allí.
No frente a él.
Había pasado treinta años aprendiendo a controlar mis emociones, a no depender de nadie, a no esperar demasiado de las personas.
Y entonces apareció Tomás.
No con promesas.
No con flores.
No con discursos.
Apareció un martes lluvioso, cargando una caja de libros que casi se le cayó encima cuando intentó abrir la puerta de la biblioteca del barrio.
Y ahora se marchaba de mi vida con la misma sencillez con la que había entrado.
—¿Por cuánto tiempo?
Tomás respiró profundamente.
—No lo sé.
Aquella respuesta dolió más que cualquier otra.
—Eso significa que puede ser para siempre.
—Puede ser.
Bajé la mirada.
Sobre la mesa había dos tazas de café que ya estaban frías.
Durante unos segundos escuché solamente el ruido de los cubiertos, las conversaciones ajenas y la música que sonaba demasiado baja para entenderse.
—¿Y cuándo te vas?
—Esta noche.
Levanté los ojos.
—¿Esta noche?
Asintió.
—Tengo el pasaje.
—¿A dónde?
—A Bariloche.
Sentí algo extraño en el pecho.
No era exactamente tristeza.
Era esa sensación que aparece cuando una puerta se cierra y uno todavía no sabe qué había detrás.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Tomás miró hacia la ventana.
—Porque tenía miedo.
Aquella confesión consiguió desarmarme.
Tomás nunca hablaba de miedo.
Era de esas personas que parecían tener respuestas incluso cuando nadie se las pedía. Trabajaba como arquitecto, corría por las mañanas, arreglaba cosas que no sabía arreglar y tenía una paciencia casi absurda para escuchar los problemas de los demás.
Pero aquella tarde estaba asustado.
—¿De qué?
Tardó en contestar.
—De quedarme.
No entendí.
O quizá entendí demasiado bien.
—No puedes irte porque tienes miedo de quedarte.
—Precisamente por eso.
Lo miré en silencio.
Había conocido muchas formas de perder a alguien.
La más común era que dejara de quererte.
Otra era que encontrara a otra persona.
También existía la distancia.
El orgullo.
Las mentiras.
Los errores.
Pero nunca había pensado que alguien pudiera alejarse precisamente porque algo le importaba demasiado.
—¿Y yo qué tengo que ver con todo esto?
Tomás sonrió apenas.
Fue una sonrisa triste.
—Todo.
Aquella palabra quedó suspendida entre nosotros.
Todo.
Me pareció injusta.
Demasiado grande.
Demasiado peligrosa.
—Tomás…
—No quiero que pienses que me voy por ti.
—¿Entonces?
—Me voy porque necesito aprender quién soy cuando no estoy intentando ser lo que todos esperan de mí.
Lo observé.
Por primera vez comprendí que aquel hombre que yo había visto siempre seguro de sí mismo también llevaba heridas.
Quizá todos las llevábamos.
Solo que algunos aprendían a esconderlas mejor.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—Nada.
—¿Nada?
—Vivir.
Solté una risa nerviosa.
—Eso es bastante difícil.
—Lo sé.
—Y bastante injusto.
—También.
Tomás tomó las llaves.
Yo miré su mano.
Quise detenerlo.
No lo hice.
Había imaginado muchas veces cómo sería enamorarme.
Nunca había imaginado que el amor pudiera parecerse tanto a dejar libre a alguien.
—Antes de irme —dijo— quiero darte algo.
Sacó un sobre del bolsillo de su campera.
Lo dejó frente a mí.
No tenía nombre.
No tenía dirección.
Solo una fecha escrita a mano.
La fecha del día en que nos conocimos.
—¿Qué es?
—No lo abras ahora.
—¿Por qué?
—Porque si lo haces aquí, probablemente voy a quedarme.
Mi corazón dio un golpe.
—¿Y eso sería tan malo?
Tomás me miró.
Esta vez no apartó los ojos.
—Para mí no.
Entonces entendí.
No se trataba de que no quisiera quedarse.
Se trataba de que, si se quedaba, tendría que enfrentarse a todo aquello de lo que llevaba años huyendo.
Y yo no podía pedirle que me eligiera si todavía no sabía elegirse a sí mismo.
—¿Cuándo quieres que lo abra?
—Cuando estés preparada para aceptar cualquier respuesta.
Me entregó el sobre.
Sus dedos rozaron los míos.
Un contacto mínimo.
Pero suficiente para que todo mi cuerpo recordara aquella primera tarde de lluvia.
La biblioteca.
Los libros.
Su torpeza al intentar abrir la puerta.
Su risa.
La mía.
Y aquel instante extraño en que dos desconocidos se miraron por primera vez sin saber que acababan de convertirse en una parte importante de la vida del otro.
Tomás se levantó.
Yo también.
Nos quedamos frente a frente.
No nos abrazamos inmediatamente.
Tal vez porque ambos sabíamos que un abrazo podía convertirse en una promesa.
Y todavía no estábamos preparados para prometer nada.
—Cuídate —dije.
—Tú también.
—No desaparezcas.
Tomás sonrió.
—Nunca desaparecí.
—Te estás yendo.
—Irme no significa desaparecer.
Quise creerle.
Entonces me abrazó.
Fue un abrazo largo.
Sereno.
Sin desesperación.
Sin esa necesidad de aferrarse que suele acompañar las despedidas.
Apoyé la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos.
Por unos segundos imaginé que estábamos en otro lugar.
Que no existía ningún pasaje de avión.
Ninguna distancia.
Ninguna razón para separarnos.
Solo nosotros.
Dos personas que habían llegado tarde a su propia historia y que, sin embargo, todavía podían decidir cómo continuarla.
Cuando nos soltamos, Tomás me acarició suavemente el cabello.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por haberme recordado que todavía podía sentir algo sin tener miedo.
No pude responder.
Lo vi caminar hacia la puerta.
Antes de salir, se giró.
—Clara.
—¿Sí?
—No confundas amor con miedo a perder.
Sentí que aquella frase se quedaba dentro de mí.
Después se fue.
Y yo permanecí de pie junto a la mesa, sosteniendo un sobre que pesaba menos de diez gramos y que, sin embargo, parecía contener todo mi futuro.
Aquella noche no abrí la carta.
La guardé en el cajón de mi mesa de luz.
Intenté dormir.
No pude.
A las dos de la mañana me levanté y fui hasta la cocina.
Preparé café.
Me senté junto a la ventana.
Buenos Aires estaba extrañamente tranquila.
Pensé en Tomás viajando hacia el sur.
Pensé en nosotros.
En todo lo que no habíamos dicho.
En todos los momentos en los que estuvimos a punto de besarnos y ninguno se atrevió.
Pensé en aquella vez que caminamos por los Bosques de Palermo durante casi tres horas sin darnos cuenta de que había comenzado a llover.
En la tarde en que me acompañó al hospital cuando mi madre tuvo un accidente doméstico.
En el día que yo encontré a Tomás sentado solo en la escalera de la biblioteca y comprendí que estaba llorando.
Nunca le pregunté por qué.
Solo me senté a su lado.
Él tampoco preguntó por qué yo tenía los ojos llenos de lágrimas.
Quizá eso había sido nuestro amor.
No preguntar.
No invadir.
No exigir.
Simplemente permanecer.
Y entonces comprendí algo que me hizo llorar.
Tal vez Tomás no había sido mi primer amor.
Pero era el primer hombre al que había querido sin intentar convertirlo en alguien distinto.
Y quizá eso era mucho más importante.
A las cuatro y diecisiete de la madrugada abrí el cajón.
Saqué el sobre.
Lo coloqué frente a mí.
Lo miré durante varios minutos.
Finalmente lo abrí.
Había una sola hoja.
Solo una.
Y unas pocas líneas.
Leí la primera.
Después la segunda.
Y cuando llegué a la última, sentí que el mundo se detenía.
Porque Tomás no me había escrito una despedida.
Me había escrito una elección.
Una elección que podía cambiar nuestras vidas para siempre.
Y entonces comprendí que, algunas veces, el amor no llega para quedarse inmediatamente.
A veces llega para enseñarte a abrir una puerta que llevabas años manteniendo cerrada.
Y yo acababa de descubrir que la mía nunca había estado cerrada por falta de amor.
Había estado cerrada por miedo.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, hice algo que no había hecho jamás.
Compré un pasaje.
No para perseguir a Tomás.
No para convencerlo.
No para pedirle que regresara.
Lo compré para mí.
Porque por primera vez entendí que amar a alguien no significaba abandonarme a mí misma.
Y mientras el tren comenzaba a avanzar hacia el sur de Buenos Aires, llevé una mano al bolsillo de mi abrigo.
Allí estaba la carta.
La última frase todavía estaba grabada en mi memoria:
“Si alguna vez decides venir, no vengas a buscarme. Ven a encontrarte.”
Sonreí.
Y por primera vez en muchos años no tuve miedo de lo que pudiera suceder después.
Porque quizá el verdadero comienzo de una historia de amor no ocurre cuando dos personas se encuentran.
Ocurre cuando, después de encontrarse, cada una decide convertirse en una versión más verdadera de sí misma.
Y yo estaba a punto de descubrir quién era Clara cuando dejara de vivir para sobrevivir.
Sin saber que, al llegar a mi destino, alguien completamente desconocido iba a pronunciar mi nombre y entregarme una noticia que cambiaría para siempre la historia de Tomás y la mía.




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