El paisaje comenzó a cambiar lentamente detrás de la ventanilla.
Durante horas había observado cómo Buenos Aires desaparecía poco a poco, reemplazada por campos interminables, pequeñas estaciones y pueblos que parecían existir únicamente para que el tren recordara que todavía avanzaba.
No había dormido.
Ni siquiera lo había intentado.
La carta de Tomás descansaba dentro del bolsillo interior de mi abrigo.
Cada tanto la tocaba con la punta de los dedos para asegurarme de que seguía allí.
Era absurdo.
Lo sabía.
Había viajado cientos de kilómetros impulsada por unas pocas líneas escritas en una hoja de papel.
Pero no sentía que estuviera persiguiendo a un hombre.
Sentía que estaba persiguiendo una respuesta.
Quizá por eso, cuando finalmente llegué a Bariloche, no sentí la emoción que había imaginado.
Sentí miedo.
Un miedo tranquilo.
De esos que no te hacen querer escapar, sino avanzar con cuidado.
La estación estaba llena de gente.
Familias con valijas.
Parejas abrazadas.
Turistas cargando mochilas.
Niños corriendo de un lado a otro.
Yo permanecí unos segundos quieta, con mi bolso en la mano, observando todo aquello como si hubiera llegado a una ciudad donde todos conocían una historia que yo todavía no entendía.
Afuera, el aire era diferente.
Más frío.
Más limpio.
Más intenso.
Respiré profundamente.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que mis pulmones se llenaban por completo.
Tomé un taxi.
—¿A dónde? —preguntó el conductor.
Miré la dirección que Tomás había escrito en una pequeña esquina de la carta.
—A la calle Mitre, por favor.
El hombre asintió.
Mientras avanzábamos por el centro de San Carlos de Bariloche, apoyé la frente contra el vidrio.
Había algo hermoso en aquella ciudad.
No era solamente el lago.
Ni las montañas.
Ni la arquitectura.
Era la sensación de estar en un lugar donde el tiempo parecía moverse de otra manera.
Más despacio.
Como si la ciudad obligara a las personas a mirar alrededor antes de continuar.
Pasamos frente al Centro Cívico.
Vi el lago Nahuel Huapi a la distancia.
El cielo estaba cubierto de nubes y las montañas parecían suspendidas detrás de una cortina gris.
—¿Primera vez en Bariloche? —preguntó el taxista.
—Sí.
—¿De vacaciones?
Miré la carta.
—No exactamente.
El hombre sonrió por el espejo retrovisor.
—Entonces viene por alguien.
Me sorprendió.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque nadie mira la ciudad como usted la está mirando cuando viene de vacaciones.
Solté una pequeña risa.
—¿Y cómo la estoy mirando?
—Como si esperara encontrar una respuesta.
No contesté.
El taxista tampoco insistió.
Pero aquella frase me acompañó hasta que llegamos.
La dirección correspondía a una casa antigua ubicada en una calle tranquila, lejos del movimiento turístico.
Era pequeña, de madera oscura, con un jardín descuidado y una ventana iluminada.
Pagué.
Antes de bajar, el taxista me miró.
—Suerte.
—Gracias.
—A veces hace falta.
Cerré la puerta.
La casa parecía vacía.
Me acerqué al portón.
Había un pequeño buzón.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
La dirección era correcta.
Tomás había estado allí.
O alguien quería que yo creyera que había estado allí.
Toqué el timbre.
Nada.
Volví a tocar.
Esta vez escuché pasos.
La puerta se abrió.
Y apareció una mujer de unos sesenta años.
Tenía el cabello completamente blanco, recogido detrás de la cabeza, y una expresión serena.
Me observó durante unos segundos.
Después miró el papel que yo sostenía.
—¿Clara?
Sentí un escalofrío.
—Sí.
La mujer abrió un poco más la puerta.
—Pasa.
No pregunté cómo sabía mi nombre.
Entré.
La casa olía a madera, café y lavanda.
Había libros por todas partes.
Sobre los estantes.
En las mesas.
Incluso en el suelo.
La mujer cerró la puerta.
—Soy Elena.
—¿Usted conoce a Tomás?
La pregunta salió demasiado rápido.
Elena sonrió.
—Lo conozco.
—¿Está aquí?
La sonrisa desapareció.
—No.
Sentí una pequeña decepción.
Intenté ocultarla.
—¿Sabe dónde está?
—Sí.
—¿Puedo hablar con él?
Elena se acercó a una mesa.
Tomó una taza.
—Todavía no.
La miré desconcertada.
—No entiendo.
—Lo sé.
Señaló una silla.
—Siéntate.
Obedecí.
Elena se sentó frente a mí.
Durante unos segundos permanecimos en silencio.
Finalmente preguntó:
—¿Por qué viniste?
—Porque él me dejó una carta.
—Eso no responde mi pregunta.
Bajé la mirada.
—Porque lo quiero.
Decirlo en voz alta produjo una sensación extraña.
Como si aquellas palabras hubieran estado esperando meses para salir de mí.
Elena asintió.
—¿Y él te quiere?
Levanté la mirada.
—No lo sé.
—Entonces todavía no sabes por qué estás aquí.
Aquello me molestó.
—¿Usted sabe algo que yo no?
—Mucho.
—¿Por qué no me lo dice?
—Porque si te lo cuento, quizá tomes una decisión que no sea realmente tuya.
Me quedé callada.
Elena se levantó.
Caminó hasta una biblioteca.
Sacó una caja de madera.
La colocó sobre la mesa.
—Tomás me pidió que te entregara esto.
Mi corazón se detuvo durante un instante.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas.
—¿Sabía que yo iba a venir?
—Esperaba que vinieras.
—¿Y si no venía?
—La caja habría permanecido aquí.
—¿Hasta cuándo?
Elena sonrió.
—Hasta que entendieras que no necesitabas venir.
Aquello me confundió todavía más.
—No entiendo absolutamente nada.
—Eso es bueno.
—¿Bueno?
—Significa que todavía estás dispuesta a descubrir.
Abrió la caja.
Dentro había fotografías.
Decenas.
Algunas antiguas.
Otras recientes.
Tomás aparecía en varias.
Pero no estaba solo.
Había personas que no reconocía.
Un hombre mayor.
Una niña.
Una mujer joven.
Un perro.
Un grupo de personas reunidas alrededor de una mesa.
Tomé una fotografía.
Tomás estaba sentado junto a un anciano frente al lago.
En la parte posterior había una fecha.
Tres años antes.
—¿Quién es?
Elena tardó en responder.
—Mi esposo.
La miré.
—¿Su esposo?
—Se llamaba Julián.
—¿Y Tomás?
—Lo conoció poco después de que Julián enfermara.
Me quedé observando la fotografía.
—¿Qué relación tenían?
Elena sonrió con tristeza.
—Ninguna al principio.
—¿Y después?
—Una de esas relaciones que no necesitan explicarse.
Pasó otra fotografía.
En ella, Tomás estaba arreglando una bicicleta junto a un niño.
—Tomás llegó a Bariloche buscando trabajo.
—¿Hace cuánto?
—Tres años.
—¿Y se quedó?
—Un tiempo.
—¿Por qué se fue?
Elena me miró.
—Eso deberías preguntárselo a él.
Sentí frustración.
—¿Entonces para qué me trajo hasta aquí?
—Yo no te traje.
—Pero usted tiene la caja.
—Porque él confiaba en mí.
—¿Por qué?
Elena se sentó nuevamente.
—Porque Tomás necesitaba a alguien que le recordara que la vida no consiste únicamente en reparar lo que está roto.
Aquella frase me golpeó.
—¿Qué le pasó?
Elena bajó los ojos.
—Perdió a alguien.
No pregunté quién.
De alguna manera supe que todavía no era el momento.
—¿Por eso se fue?
—En parte.
—¿Y volvió?
—No.
Mi corazón se encogió.
—Entonces no está aquí.
—No.
—¿Dónde está?
Elena me miró directamente.
—En un lugar al que tendrás que ir sola.
Sacó un papel.
Lo deslizó sobre la mesa.
Era una dirección.
La reconocí inmediatamente.
—¿Qué es?
—Una pequeña capilla cerca de Circuito Chico.
—¿Qué tengo que hacer allí?
—Nada.
—¿Nada?
—Esperar.
—¿A quién?
Elena sonrió.
—A ti.
Me quedé mirándola.
—No vine hasta Bariloche para encontrarme conmigo misma.
—Eso es exactamente lo que pensabas.
—Vine por Tomás.
—Y quizá ese sea tu primer error.
Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos.
—¿Por qué todos parecen saber más de mi vida que yo?
Elena se acercó.
Me tomó una mano.
—Porque llevas demasiado tiempo viviendo para no perder a nadie.
Me quedé inmóvil.
Aquella frase era demasiado precisa.
Demasiado íntima.
—¿Quién le contó eso?
—Nadie.
—Entonces, ¿cómo…?
—Se nota.
No pude contener las lágrimas.
No lloré de tristeza.
Lloré porque alguien, después de mucho tiempo, había dicho en voz alta algo que yo ni siquiera me había atrevido a admitir.
Elena me dejó llorar.
No intentó consolarme.
No dijo que todo estaría bien.
Simplemente permaneció allí.
Y descubrí que eso también era una forma de amor.
No solucionar.
No aconsejar.
No llenar el silencio.
Solo quedarse.
Después de unos minutos, respiré profundamente.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Sí.
—¿Tomás está enamorado de mí?
Elena sonrió.
—Esa respuesta no me corresponde.
—Pero usted lo conoce.
—Precisamente por eso.
—¿Qué significa?
—Que si te lo digo, vas a dejar de escuchar lo que él intenta decirte con sus actos.
—¿Y qué intentan decirme?
Elena miró la caja.
—Que antes de amarte, necesita perdonarse.
La frase me dejó sin palabras.
—¿Perdonarse por qué?
Elena cerró la caja.
—Eso tendrás que descubrirlo.
Me levanté.
Tomé mi bolso.
—¿Voy a volver a verla?
—Probablemente.
—¿Y Tomás?
Elena me observó durante unos segundos.
—Si el amor que existe entre ustedes es verdadero, no necesitarás perseguirlo.
Abrí la puerta.
Antes de salir, Elena dijo:
—Clara.
Me giré.
—No confundas una señal con una respuesta.
La miré.
—¿Qué quiere decir?
—Que algunas personas llegan a nuestra vida para mostrarnos una puerta. Pero atravesarla siempre es decisión nuestra.
Salí.
El frío me golpeó el rostro.
Caminé sin saber exactamente hacia dónde.
Pero por primera vez no sentía que estaba perdida.
Tenía miedo.
Sí.
Mucho.
Pero había algo diferente.
Una especie de calma.
Como si, en lugar de llevarme respuestas, aquella ciudad hubiera empezado a quitarme preguntas.
Tomé un autobús hacia el lugar indicado.
Durante el trayecto miré por la ventana.
El lago apareció entre los árboles.
Azul.
Inmenso.
Silencioso.
Pensé en Tomás.
En sus ojos.
En su manera de escuchar.
En aquella tarde en Buenos Aires en que me había dicho que no confundiera amor con miedo a perder.
Entonces comprendí que había estado haciendo exactamente eso.
No quería que Tomás se fuera porque tenía miedo de quedarme sola.
No porque supiera que él era el hombre con quien quería compartir el resto de mi vida.
Había una diferencia enorme.
Y reconocerla dolía.
Llegué a la capilla cerca del atardecer.
Era pequeña.
Casi escondida entre los árboles.
No había nadie.
Entré.
Me senté en uno de los bancos.
No sabía rezar.
O quizá había olvidado cómo hacerlo.
De niña mi abuela me había enseñado que, cuando uno no sabe qué decir, puede simplemente guardar silencio.
Así que hice eso.
Cerré los ojos.
No pedí que Tomás volviera.
No pedí que me amara.
No pedí que todo saliera como yo quería.
Solo dije:
—Si esto tiene que suceder, dame valor para aceptarlo. Y si no tiene que suceder, dame valor para dejarlo ir.
Abrí los ojos.
Y me sentí extrañamente ligera.
Cuando salí de la capilla, el cielo estaba teñido de naranja.
Me quedé contemplando las montañas.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—¿Clara?
Me giré.
Un hombre de unos cincuenta años estaba parado a unos metros.
No era Tomás.
Lo supe inmediatamente.
Pero llevaba algo en las manos.
Un sobre.
El mismo tipo de sobre que Tomás me había entregado en Buenos Aires.
—¿Sí?
El hombre se acercó.
—Me llamo Julián.
Sentí un escalofrío.
—¿Julián?
—Sí.
Miré el sobre.
—¿Qué es eso?
Julián me lo entregó.
—Una carta.
—¿De quién?
No respondió.
Simplemente dijo:
—De Tomás.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Dónde está?
Julián negó lentamente con la cabeza.
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque él me pidió que no lo hiciera.
—Entonces, ¿por qué me da esto?
Julián me miró con una expresión que nunca olvidaré.
—Porque también me pidió que te dijera algo.
—¿Qué?
Respiró profundamente.
—Que si después de leer la carta todavía quieres encontrarlo, entonces él dejará de esconderse.
Abrí el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una sola hoja.
Esta vez la carta era más larga.
Leí las primeras palabras.
Y sentí que algo dentro de mí se rompía.
No porque Tomás se estuviera alejando.
Sino porque finalmente estaba entendiendo por qué lo había hecho.
Leí hasta el final.
Después levanté la mirada.
—¿Dónde está?
Julián señaló hacia las montañas.
—No está lejos.
—¿Puedo verlo?
—No todavía.
—¿Por qué?
Julián sonrió.
—Porque ahora la decisión es tuya.
—¿Qué decisión?
—Puedes volver a Buenos Aires y fingir que nunca ocurrió nada.
—¿Y la otra opción?
—Puedes seguir adelante.
—¿Hacia dónde?
Julián señaló un sendero.
—Por ahí.
Miré el camino.
Era estrecho.
Rodeado de árboles.
No sabía a dónde conducía.
—¿Qué hay al final?
Julián respondió:
—Una persona que está esperando descubrir si tú la quieres por amor o porque tienes miedo de perderla.
Lo miré.
—¿Y si no lo sé?
—Entonces camina hasta descubrirlo.
Me quedé sola.
El viento movió las ramas sobre mi cabeza.
Guardé la carta en el bolsillo.
Miré el sendero.
Y comencé a caminar.
No sabía cuánto tendría que recorrer.
No sabía qué encontraría.
No sabía si Tomás estaría al final.
Pero sabía algo.
Por primera vez en mi vida, no estaba caminando hacia alguien para pedirle que me salvara.
Estaba caminando para descubrir si yo era capaz de salvarme a mí misma.
Y mientras avanzaba entre los árboles, escuché algo a lo lejos.
Una risa.
Una risa que reconocería entre mil.
Me detuve.
El corazón me golpeó el pecho.
Cerré los ojos.
Volví a escucharla.
Tomás.
Estaba allí.
No podía verlo todavía.
Pero estaba allí.
Y entonces entendí que aquella historia acababa de comenzar de verdad.
Porque encontrarlo ya no era el objetivo.
Ahora tenía que descubrir si ambos éramos capaces de encontrarnos sin perdernos a nosotros mismos.
Seguí caminando.
Y, detrás de la siguiente curva del sendero, alguien pronunció mi nombre.
—Clara.
Me detuve.
No necesité girarme para saber quién era.
Pero cuando lo hice, Tomás estaba allí.
Y por la expresión de sus ojos comprendí que lo que estaba a punto de decirme podía cambiar para siempre nuestra historia.