Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 3 LA VERDAD QUE NO ME HABÍA DICHO

—Clara.

Escuchar mi nombre en su voz produjo algo que no esperaba.

No fue alivio.

No fue alegría.

Fue una especie de silencio interior.

Como si todo lo que había pensado durante el viaje hubiera dejado de importar durante unos segundos.

Tomás estaba frente a mí.

Llevaba una campera oscura, una bufanda gris y el cabello ligeramente despeinado por el viento. Tenía las manos dentro de los bolsillos y una expresión que jamás había visto en él.

No parecía sorprendido de verme.

Parecía asustado.

—Hola —dije.

Fue lo único que conseguí pronunciar.

Tomás bajó la mirada.

—No deberías haber venido.

Aquellas palabras fueron como una bofetada.

Había imaginado tantas veces nuestro encuentro que jamás había imaginado que comenzaría así.

—Eso fue exactamente lo primero que pensé cuando compré el pasaje.

Él levantó la mirada.

—Entonces, ¿por qué viniste?

Respiré profundamente.

—Porque necesitaba saber si lo que sentíamos era real.

Tomás permaneció inmóvil.

—¿Y ahora?

Miré alrededor.

El sendero estaba casi vacío. A lo lejos se escuchaba el viento moviendo las ramas de los árboles. El cielo comenzaba a oscurecerse y una fina llovizna había empezado a caer.

—Ahora no sé nada.

Tomás sonrió apenas.

—Eso es bueno.

—¿Otra vez con eso?

—Sí.

—Empiezo a pensar que tienes una obsesión con no dar respuestas.

—Tengo una obsesión con no darte respuestas que deberías encontrar tú.

—Eso suena muy bonito cuando lo dices.

—No intento que suene bonito.

—Pues lo parece.

Tomás soltó una pequeña risa.

Y por un instante volvió a ser el hombre que conocía.

El hombre que se reía cuando yo me enojaba.

El hombre que siempre conseguía hacerme sonreír cuando menos ganas tenía.

El hombre que había desaparecido sin darme una explicación.

La sonrisa desapareció.

—Clara…

—No.

Él frunció el ceño.

—¿No qué?

—No empieces otra vez.

—¿Con qué?

—Con esa forma tuya de hablar como si estuvieras preparando otra despedida.

Tomás respiró profundamente.

—No quiero despedirme de ti.

—Entonces deja de actuar como si fueras a hacerlo.

Silencio.

—Tienes razón.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Qué?

—Tienes razón.

Tomás sacó las manos de los bolsillos.

—He pasado tanto tiempo pensando en cómo evitar hacerte daño que terminé haciéndote daño de todos modos.

No supe qué responder.

—¿Por qué?

Tomás miró hacia las montañas.

—Porque pensé que podía resolverlo solo.

—¿Resolver qué?

—Todo.

Solté una risa amarga.

—Eso sí que te queda bien.

Me miró.

—¿Qué?

—Creer que puedes arreglarlo todo.

Tomás sonrió.

—Supongo que es una mala costumbre.

—Una muy mala.

Caminamos unos metros.

Yo no sabía si quería acercarme o mantener distancia.

Finalmente seguimos uno al lado del otro.

No nos tocamos.

No hacía falta.

Había demasiadas cosas entre nosotros.

—¿Recibiste mi carta? —preguntó.

—Sí.

—¿La leíste?

—Sí.

—¿Y?

Me detuve.

—Me dolió.

Tomás cerró los ojos un instante.

—Lo siento.

—No te pregunté si lo sentías.

Abrió los ojos.

—¿Qué quieres saber?

—Quiero saber por qué.

Tomás permaneció callado.

—¿Por qué te fuiste?

No respondió.

—Tomás.

—Porque tenía miedo.

—Eso ya me lo dijiste.

—No es toda la verdad.

Esperé.

—Hace cuatro años —comenzó— mi hermano murió.

Sentí que algo cambiaba en el aire.

No dije nada.

Tomás continuó.

—Se llamaba Mateo.

Su voz había cambiado.

Era más baja.

Más frágil.

—Era menor que yo. Tenía treinta y dos años.

Miró hacia el lago.

—Fue un accidente.

Me acerqué un poco.

—Lo siento.

Él asintió.

—Durante mucho tiempo pensé que había sido culpa mía.

—¿Por qué?

—Porque esa noche me llamó.

Me quedé quieta.

—Yo estaba trabajando. No atendí.

Tomás tragó saliva.

—Después vi la llamada perdida. Pensé que podía devolverle al día siguiente.

Su mirada se perdió entre los árboles.

—No hubo día siguiente.

No supe qué decir.

A veces las palabras son demasiado pequeñas para determinadas heridas.

Así que no dije nada.

Tomás continuó.

—Durante meses pensé que, si hubiera contestado, todo habría sido diferente.

—¿Y lo habría sido?

—No lo sé.

—Entonces no puedes culparte por algo que no sabes.

—Lo sé ahora.

—¿Ahora?

—Sí.

Me miró.

—Pero tardé años en entenderlo.

Seguimos caminando.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Tomás respiró profundamente.

—Todo.

—Eso ya me lo dijiste.

—Cuando apareciste, sentí algo que no esperaba.

—¿Qué?

—Felicidad.

La palabra me dejó inmóvil.

Tomás continuó.

—Y eso me asustó.

—¿Porque te hacía feliz?

—Porque después de Mateo había decidido que no volvería a querer a nadie de esa manera.

—¿De qué manera?

—Con la posibilidad de perderlo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces no te alejaste porque no me quisieras.

Tomás negó con la cabeza.

—Me alejé porque empezaba a quererte demasiado.

No pude evitar que una lágrima recorriera mi mejilla.

—Eso no es justo.

—Lo sé.

—No puedes decidir por mí qué riesgos estoy dispuesta a correr.

—Lo sé.

—No puedes desaparecer para protegerme.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

Tomás bajó la cabeza.

—Porque todavía estaba aprendiendo a perdonarme.

Lo miré.

Y por primera vez comprendí que aquella historia no era simplemente sobre dos personas que se habían enamorado.




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