Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 4 EL HOMBRE QUE HABÍA DESAPARECIDO

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

Tomás seguía abrazando al hombre que acababa de aparecer frente a nosotros.

Yo no podía apartar los ojos de ellos.

Había algo en aquel abrazo que no podía fingirse.

La desesperación.

El alivio.

La culpa.

El miedo.

Todo estaba allí.

El hombre que yo había visto en las fotografías existía.

Estaba vivo.

Y, sin embargo, algo no encajaba.

Porque Tomás había pasado años creyendo que su hermano había muerto.

Lo había dicho con una convicción que no podía ser fingida.

Había llorado al hablar de él.

Había construido su vida alrededor de aquella pérdida.

Entonces, ¿quién era realmente aquel hombre?

Elena permanecía junto a la puerta.

No parecía sorprendida.

Como si hubiera esperado exactamente aquel momento.

—Necesitamos hablar —dijo finalmente.

Tomás se separó de su hermano.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Dónde estuviste?

Mateo bajó la mirada.

—Tomás…

—¿Dónde estuviste?

Su voz se quebró.

No era una pregunta.

Era una herida.

Mateo dio un paso hacia él.

—No podía volver.

—¿No podías?

Tomás soltó una risa amarga.

—¿Sabes cuántos años pensé que estabas muerto?

Mateo cerró los ojos.

—Lo sé.

—No.

Tomás negó con la cabeza.

—No lo sabes.

Su hermano permaneció en silencio.

—No sabes lo que fue recibir aquella llamada.

Mateo tragó saliva.

—Sí lo sé.

—No sabes lo que fue llegar al hospital.

—Sí lo sé.

—No sabes lo que fue ver una camilla cubierta.

Mateo bajó la cabeza.

—Sí lo sé.

Tomás se quedó inmóvil.

—¿Qué estás diciendo?

Elena intervino.

—Tomás, siéntate.

—No.

—Por favor.

—Quiero saber la verdad.

Mateo miró a Elena.

Ella asintió.

Finalmente, Tomás se sentó.

Yo permanecí de pie.

No sabía si debía irme.

Pero Tomás me miró.

—Quédate.

Aquella palabra fue suficiente.

Me senté a su lado.

Mateo ocupó la silla frente a nosotros.

Elena cerró la puerta.

La lluvia había comenzado nuevamente.

Golpeaba los cristales con suavidad.

—Hace cuatro años —comenzó Mateo— yo tuve un accidente.

Tomás apretó las manos.

—Eso lo sé.

—No sabes todo.

—Entonces cuéntamelo.

Mateo respiró profundamente.

—El accidente fue grave. Muy grave.

—¿Y por qué nadie me dijo que estabas vivo?

Mateo miró a Elena.

—Porque yo pedí que no lo hicieran.

Tomás se levantó.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Mateo tardó en contestar.

—Porque pensé que era mejor que todos creyeran que había muerto.

La habitación quedó en silencio.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—¡No tiene ningún sentido!

Mateo se levantó también.

—Estaba endeudado, Tomás.

Su hermano se quedó quieto.

—¿Qué?

—Había cometido errores.

—¿Qué clase de errores?

—Errores que podían ponerte en peligro.

Tomás lo miró sin comprender.

—¿Estabas metido en algo?

—No exactamente.

—¿Entonces?

Mateo pasó una mano por su rostro.

—Había personas que me estaban buscando.

Elena se acercó.

—Mateo tuvo que desaparecer.

—¿Y yo qué?

—Precisamente por eso.

Tomás negó lentamente.

—No entiendo.

—Si sabías que estaba vivo, podían utilizarte para encontrarme.

—¿Y decidiste que era mejor dejarme pensar que estabas muerto?

Mateo no respondió.

Tomás se acercó.

—¿Sabes qué hice después de tu supuesta muerte?

Mateo levantó la mirada.

—Sí.

—¿Cómo?

—Elena me contó.

Tomás miró a Elena.

—¿Tú lo sabías?

Ella asintió.

—Sí.

La decepción apareció en el rostro de Tomás.

—Todos lo sabían.

—No todos.

Tomás me miró.

—Tú no.

Negué con la cabeza.

—No.

Mateo intervino.

—Clara tampoco sabía quién era yo hasta hoy.

Tomás volvió a sentarse.

Parecía agotado.

—Entonces todo este tiempo…

—No todo fue mentira —dijo Mateo.

—¿Qué parte fue verdad?

—Que tuve un accidente.

—¿Y que moriste?

Mateo bajó la mirada.

—No.

Tomás soltó el aire lentamente.

—Eso sí que no lo entiendo.

Mateo se acercó a la ventana.

—A veces sobrevivir también tiene un precio.

Yo escuchaba en silencio.

No quería interrumpir.

Había algo profundamente triste en aquella conversación.

Dos hermanos separados no por falta de amor, sino por decisiones tomadas desde el miedo.

Me resultaba familiar.

Demasiado familiar.

Tomás había hecho exactamente lo mismo conmigo.

Había decidido alejarse para protegerme.

Mateo había decidido desaparecer para proteger a su hermano.

Dos hombres intentando amar de la única manera que conocían.

Y ambos habían terminado causando dolor.

—¿Qué ocurrió realmente aquella noche? —preguntó Tomás.

Mateo tardó unos segundos.

—Yo iba manejando hacia Villa La Angostura.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Y después?

—El auto perdió el control.

—¿Quién llamó al hospital?

—Un camionero.

—¿Y cómo sobreviviste?

Mateo sonrió con tristeza.

—Supongo que alguien allá arriba decidió que todavía no era mi momento.

La frase me hizo pensar.

No en milagros espectaculares.

No en señales sobrenaturales.

Simplemente en la fragilidad de la vida.

En cómo una decisión tomada en segundos podía cambiar décadas.

—Desperté semanas después —continuó Mateo—. Tenía varias fracturas y una lesión complicada en la cabeza.

Tomás escuchaba atentamente.

—No recordaba quién era.

—¿Nada?

—Nada.

Mateo hizo una pausa.

—Cuando recuperé la memoria, ya había pasado demasiado tiempo.




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