No dormí.
Me quedé sentada sobre la cama, mirando la puerta cerrada por la que Mateo acababa de desaparecer.
Una parte de mí quería levantarse y buscar a Tomás.
Otra quería fingir que aquella conversación nunca había ocurrido.
Pero había algo que ya no podía ignorar.
Mateo estaba vivo.
Tomás había creído durante cuatro años que estaba muerto.
Y ahora existía una verdad que ninguno de los dos parecía dispuesto a contarme completamente.
Me levanté.
Abrí la puerta.
El pasillo estaba oscuro.
Caminé en silencio hasta la sala.
La luz de la chimenea todavía estaba encendida.
Tomás estaba sentado frente al fuego.
No parecía sorprendido de verme.
—No puedes dormir —dijo.
—Tú tampoco.
Sonrió apenas.
—Nunca duermo bien cuando pienso demasiado.
Me senté a su lado.
Durante unos segundos no dije nada.
Él tampoco.
—Mateo vino a hablar conmigo —dije finalmente.
Tomás bajó la mirada.
—Lo imaginé.
—Me contó algunas cosas.
—¿Qué cosas?
Lo observé.
—Que el accidente no fue exactamente como tú creías.
Tomás permaneció inmóvil.
—¿Qué más?
—Que tú estabas allí.
Levantó lentamente los ojos.
—Sí.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Lo recuerdas?
—No completamente.
—¿Entonces qué recuerdas?
Tomás se quedó mirando las llamas.
—Recuerdo estar en un auto.
Hizo una pausa.
—Recuerdo a Mateo conduciendo.
—¿Y después?
—Una curva.
—¿Y?
—Un golpe.
Cerró los ojos.
—Después, nada.
Me acerqué.
—¿Te despertaste en un hospital?
—Sí.
—¿Y te dijeron que Mateo había muerto?
—Me dijeron que había ocurrido un accidente. Que había una persona fallecida.
—¿Nunca viste el cuerpo?
Tomás negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿cómo supiste que era él?
—Reconocí sus pertenencias.
—¿Y nadie te dijo que podía estar vivo?
—No.
—¿Por qué?
Tomás respiró profundamente.
—Porque cuando desperté, yo tampoco estaba completamente bien.
Lo miré.
—¿Qué significa eso?
—Tenía una lesión en la cabeza. Estuve varios días confundido.
—¿Y después?
—Después comenzaron los trámites. La policía. El hospital. Los médicos. Mi familia.
—¿Y Mateo?
—Para todos, había muerto.
Me quedé en silencio.
—Hasta que apareció Elena.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace casi un año.
—¿Y te contó que Mateo estaba vivo?
Tomás negó.
—No.
—Entonces, ¿qué te contó?
—Que había conocido a alguien que necesitaba ayuda.
—¿A Mateo?
—No lo sabía.
—¿Cuándo lo descubriste?
Tomás me miró.
—Hoy.
Sentí un nudo en el pecho.
—Entonces Mateo también te ocultó la verdad.
—Sí.
—¿Estás enojado?
Tomás sonrió con tristeza.
—Muchísimo.
—¿Lo odias?
—No.
—¿Por qué?
—Porque aprendí algo demasiado tarde.
—¿Qué?
Tomás miró las llamas.
—Que puedes estar furioso con alguien y seguir amándolo.
Aquella frase me atravesó.
Porque entendí que eso era precisamente lo que estaba ocurriendo.
Tomás estaba herido.
Pero no quería perder a su hermano otra vez.
—¿Vas a perdonarlo?
—No sé.
—¿Quieres hacerlo?
—Sí.
—Entonces ya empezaste.
Me miró.
—¿Cómo sabes?
—Porque si no quisieras perdonarlo, no estarías intentando entenderlo.
Tomás sonrió.
—A veces eres demasiado inteligente.
—Y tú demasiado complicado.
—Eso también es cierto.
Nos quedamos en silencio.
Después de unos segundos, apoyé mi cabeza sobre su hombro.
Tomás no dijo nada.
Simplemente tomó mi mano.
Y aquella vez no hubo miedo.
Solo una calma extraña.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —preguntó.
—¿Qué?
—Que durante cuatro años pensé que la última conversación con mi hermano había sido una discusión.
—¿Sobre qué?
—Sobre una tontería.
Sonrió con tristeza.
—Una bicicleta.
No pude evitar reír.
—¿Una bicicleta?
—Sí.
—¿Se pelearon por una bicicleta?
—Era una bicicleta que yo quería vender.
—¿Y él?
—Decía que era una pieza de colección.
—¿Lo era?
—Probablemente no.
—Entonces tenía razón.
Tomás me miró.
—¿De qué lado estás?
—Del lado de quien quería conservar la bicicleta.
—Traición.
Me reí.
Él también.
Y por un instante, la tragedia pareció alejarse.
Aquella noche entendí que el dolor no siempre necesita solemnidad.
A veces necesita una risa.
Una taza de café.
Una historia absurda.
Una persona que se quede.
Y quizá eso era lo que yo podía ofrecerle a Tomás.
No respuestas.
No soluciones.
Compañía.
A la mañana siguiente, cuando desperté, encontré una nota sobre la mesa.
Era de Mateo.
Solo decía:
«Hay cosas que debo contarle a Tomás antes de que pueda contártelas a ti. No porque no confíe en ti. Porque algunas heridas pertenecen a quienes las vivieron.»
Guardé la nota.
Me pareció justo.
Cuando salí de la habitación, encontré a Tomás preparando café.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Dormiste?
—Un poco.
—Yo también.
—Eso es progreso.
Sonrió.
—¿Tienes hambre?
—Muchísima.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—No sé cocinar.
—Eso sí es grave.
—Puedo hacer tostadas.
—Eso no cuenta como cocinar.
—Para mí sí.
Me acerqué.
Tomé una taza.
—Entonces hoy cocino yo.
—¿Sabes cocinar?
—Sí.
—¿Qué?
—Lo suficiente para no morir.
Tomás soltó una carcajada.
Y aquel sonido volvió a llenar la casa.
Elena apareció unos minutos después.