El teléfono comenzó a vibrar a las siete y doce de la mañana.
Abrí los ojos lentamente.
Durante unos segundos no recordé dónde estaba.
Después vi el techo de madera.
Escuché el viento golpeando suavemente los árboles.
Y recordé.
Bariloche.
Tomás.
Mateo.
La carta.
La cabaña.
Todo había ocurrido realmente.
El teléfono volvió a vibrar.
Lo busqué sobre la mesa de luz.
En la pantalla apareció un número de Buenos Aires.
Me incorporé.
Había algo extraño en aquella llamada.
No porque fuera temprano.
Sino porque hacía años que nadie me llamaba desde ese número.
Contesté.
—¿Hola?
—¿Clara?
Reconocí la voz inmediatamente.
—Sí.
—Soy Andrés.
Me quedé en silencio.
Andrés había sido mi antiguo profesor de pintura.
La última persona que había visto mis cuadros antes de que yo dejara de pintar.
—¿Cómo conseguiste este número?
—Tu madre me lo dio hace unos meses.
—¿Por qué?
—Porque llevo tiempo intentando hablar contigo.
Miré hacia la ventana.
—¿Sobre qué?
—Sobre una exposición.
Solté una pequeña risa.
—Andrés, hace años que no pinto.
—Lo sé.
—Entonces…
—Precisamente por eso te llamo.
Me levanté de la cama.
—No entiendo.
—La semana próxima inauguramos una muestra colectiva en el Centro Cultural Recoleta.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Y?
—Quiero incluir una obra tuya.
Me quedé inmóvil.
—No tengo ninguna obra.
—Sí tienes.
—No.
—Clara, conservé una de tus pinturas.
Cerré los ojos.
Recordé aquel cuadro.
Una mujer sentada frente a una ventana.
Un cielo completamente blanco.
Y una puerta abierta detrás de ella.
Lo había pintado cuando tenía veinticuatro años.
Antes de dejarlo todo.
Antes de escuchar demasiadas veces que debía ser realista.
Antes de comenzar a pensar que los sueños eran cosas que uno tenía cuando era joven y abandonaba cuando crecía.
—¿Por qué quieres exhibirla?
Andrés tardó unos segundos.
—Porque todavía me parece una de las pinturas más honestas que hiciste.
—No estoy segura de que siga siendo buena.
—No te estoy preguntando si es buena.
—¿Entonces?
—Te estoy preguntando si estás dispuesta a volver a verla.
La pregunta me dejó sin palabras.
No era una invitación a una exposición.
Era una invitación a enfrentar una parte de mí que había enterrado.
—¿Cuándo es?
—El viernes.
Miré el calendario.
Faltaban cuatro días.
—No sé si puedo.
—Sí puedes.
—Estoy en Bariloche.
—Entonces vuelve.
Aquella frase me hizo sonreír.
No porque fuera fácil.
Sino porque, por primera vez, no sentí que regresar significara volver atrás.
Quizá podía regresar siendo otra persona.
—Lo voy a pensar.
—No tardes demasiado.
—¿Por qué?
—Porque la vida no siempre espera a que estemos preparados.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el teléfono.
Tomás apareció en la puerta.
—¿Todo bien?
Lo miré.
—No lo sé.
—Eso no parece una buena respuesta.
—Me ofrecieron exhibir uno de mis cuadros.
Tomás sonrió.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y?
—No sé qué hacer.
Se acercó.
—¿Quieres hacerlo?
—No sé.
—No te pregunté si tienes miedo.
Lo miré.
—Entonces sí.
—¿Quieres hacerlo?
Pensé unos segundos.
—Sí.
Tomás sonrió.
—Entonces ya sabes qué hacer.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué no?
—Porque dejé de pintar hace muchos años.
—Eso no significa que hayas dejado de ser pintora.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y si ya no soy buena?
Tomás se sentó frente a mí.
—¿Quieres una opinión sincera?
—Sí.
—Creo que estás haciendo la pregunta equivocada.
—¿Cuál debería hacer?
—¿Quieres volver a pintar?
Lo miré.
No pude evitar sonreír.
—Sí.
—Entonces lo demás se aprende.
Me senté junto a él.
—¿Siempre tienes que decir exactamente lo que necesito escuchar?
—No.
—¿Entonces?
—A veces simplemente te escucho.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—¿De qué?
—De que vuelvas a Buenos Aires y descubras que tu vida está allí.
Me separé.
Lo miré.
—¿Eso te preocupa?
Tomás bajó la mirada.
—Un poco.
—¿Pensaste que iba a quedarme en Bariloche?
—No.
—¿Entonces?
—Pensé que quizá te gustaría.
—Me gusta.
—Lo sé.
—Pero no quiero quedarme por ti.
Tomás asintió.
—Y no quiero que te quedes por mí.
—¿Eso significa que no quieres que me quede?
—Significa que quiero que elijas.
Me acerqué.
—¿Y si elijo volver?
Tomás me sostuvo la mirada.
—Te voy a extrañar.
Aquella respuesta me dolió.
Pero también me tranquilizó.
Porque no había reproche.
No había culpa.
No había manipulación.
Solo verdad.
—¿Y si quiero que vengas conmigo?
Tomás sonrió.
—Entonces iré.
—¿Sin pensarlo?
—Pensándolo muchísimo.
Me reí.
—¿Por qué?
—Porque Buenos Aires me intimida.
—¿A ti?
—Sí.
—No parece.
—Tengo mis secretos.
—Ya descubrí uno.
—¿Cuál?
—Que sabes tener miedo.
Tomás sonrió.
—Y tú estás aprendiendo a tenerlo sin dejar que decida por ti.
Nos quedamos mirándonos.
Después me besó suavemente en la frente.
—Pinta ese cuadro.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Aunque sea malo?
—Aunque sea horrible.
—Gracias.
—De nada.
—Qué romántico.
—Estoy intentando.
Me reí.
Y entonces tomé una decisión.
Volvería a Buenos Aires.