Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 7 LA PUERTA QUE HABÍA DEJADO ABIERTA

El mensaje de Andrés permaneció en mi pantalla durante varios minutos.

«Clara, mañana quiero mostrarte algo. Creo que podría cambiar tu vida.»

No sabía qué me inquietaba más: la frase o la tranquilidad con la que la había escrito.

Tomás caminaba a mi lado por una calle de Buenos Aires.

—¿Qué pasa?

Guardé el teléfono.

—Andrés quiere verme mañana.

—¿El profesor de pintura?

—Sí.

—¿Y qué quiere mostrarte?

—No lo sé.

—¿Te preocupa?

Pensé antes de responder.

—Un poco.

Tomás no insistió.

Eso era algo que había aprendido a valorar de él.

No necesitaba conocer cada pensamiento que atravesaba mi cabeza.

Podía simplemente caminar conmigo.

Seguimos avanzando.

La ciudad estaba llena de luces.

Los colectivos pasaban dejando una corriente de aire.

Los restaurantes comenzaban a llenarse.

Las parejas caminaban tomadas de la mano.

Y yo tuve una sensación extraña.

Había regresado a Buenos Aires hacía apenas unas horas, pero ya no sentía que estuviera regresando a la vida que había dejado.

Sentía que estaba entrando en una vida diferente.

Una que todavía no conocía.

—¿En qué piensas? —preguntó Tomás.

—En que todo cambió muy rápido.

—Sí.

—Hace una semana estaba convencida de que mi vida iba a seguir exactamente igual durante los próximos veinte años.

—¿Y ahora?

—Ahora no sé qué va a pasar mañana.

Tomás sonrió.

—Eso suena saludable.

—¿Saludable?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quizá por primera vez estás viviendo sin tener el final decidido.

Lo miré.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tienes decidido tu final?

Tomás soltó una pequeña risa.

—Nunca tuve ni siquiera decidido el desayuno.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Como que casi todos tus desayunos sean café y algo comprado en una estación.

—Es práctico.

—Es terrible.

—Pero sobreviví.

—Eso no significa que lo hayas hecho bien.

Tomás se rio.

Y aquella risa hizo que olvidara por unos segundos la inquietud que llevaba dentro.

A la mañana siguiente, Andrés me esperaba frente al Centro Cultural Recoleta.

Llevaba una carpeta grande bajo el brazo.

Cuando me vio, sonrió.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

—¿Y por qué viniste?

—Porque dijiste que podrías cambiarme la vida.

—No dije exactamente eso.

—Lo insinuaste.

—Quizá.

Entramos.

El edificio estaba tranquilo.

Todavía faltaban unas horas para que comenzaran las actividades.

Andrés caminó conmigo por un pasillo.

—¿Recuerdas cuando pintabas aquí?

—Sí.

—Eras muy joven.

—No tanto.

—Lo suficiente para pensar que sabías exactamente quién eras.

Sonreí.

—Ahora tengo más edad y sé menos.

—Eso es una buena señal.

—Últimamente todo el mundo me dice cosas así.

—Quizá deberías escucharlos.

Llegamos a una puerta.

Andrés sacó una llave.

La abrió.

Era una pequeña sala de depósito.

Había cuadros apoyados contra las paredes.

Algunos cubiertos con telas.

Otros envueltos en papel.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué hacemos aquí?

Andrés dejó la carpeta sobre una mesa.

—Quiero enseñarte algo que guardé durante años.

Retiró una tela.

Debajo había un cuadro.

Lo reconocí inmediatamente.

Era mío.

Pero no el que había visto el día anterior.

Era otro.

Me acerqué.

Representaba una estación de tren.

Una mujer estaba de pie sobre el andén.

Al fondo, un tren desaparecía entre la niebla.

Pero había algo diferente.

La mujer no miraba el tren.

Miraba hacia una pequeña ventana iluminada.

Me quedé inmóvil.

—No recuerdo haberlo pintado.

—Lo pintaste hace veinticinco años.

—¿Veinticinco?

—Sí.

Pasé los dedos cerca del marco sin tocarlo.

—¿Por qué lo conservaste?

—Porque nunca entendí por qué lo pintaste.

—Yo tampoco.

Andrés abrió la carpeta.

Sacó una hoja.

—Esto estaba detrás del cuadro.

Me la entregó.

Era una carta.

La letra era mía.

Pero yo no recordaba haberla escrito.

La leí.

Solo había una frase:

«Si alguna vez olvido quién soy, quiero que alguien me recuerde que todavía puedo volver.»

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Yo escribí esto?

—Sí.

—No lo recuerdo.

Andrés se acercó.

—Tenías veintiséis años.

Me senté.

—¿Qué me estaba pasando?

—Estabas atravesando una época complicada.

—Eso no responde.

—No querías hablar.

Miré nuevamente la carta.

—¿Por qué nunca me la diste?

Andrés se quedó callado.

—Porque pensé que algún día volverías a buscarla.

—¿Y si no volvía?

—Entonces habría esperado.

La emoción me ganó.

—¿Por qué hiciste eso?

Andrés sonrió.

—Porque alguien creyó en mí cuando yo no creía en mí mismo.

—¿Quién?

—Mi madre.

Me miró.

—Me enseñó que algunas personas necesitan que les prestemos un poco de fe hasta que puedan recuperar la propia.

Bajé la mirada.

Aquella frase me tocó profundamente.

Pensé en Tomás.

En Elena.

En Mateo.

En todas aquellas personas que habían aparecido en mi vida sin intentar arreglarla.

Simplemente habían permanecido cerca hasta que yo pudiera volver a encontrarme.

—¿Eso era lo que querías mostrarme? —pregunté.

Andrés negó.

—No.

—¿Hay más?

—Mucho más.

Abrió la carpeta.

Había fotografías.

Decenas.

Fotografías mías pintando.

Yo no recordaba ninguna.

Una me mostraba sentada frente a un lienzo.

Otra, caminando por una plaza.

Otra, riendo con un grupo de jóvenes.




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