Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 8 EL QUE SE QUEDÓ ESPERANDO

La carta temblaba entre mis dedos.

No porque el papel fuera frágil.

Porque yo lo era.

Había leído aquella primera frase una y otra vez, intentando encontrarle otro significado.

«Clara, si algún día vuelves a recordar todo, no busques al hombre que fuiste a buscar. Busca al hombre que se quedó esperando.»

Levanté la mirada.

Tomás seguía frente a mí.

No parecía sorprendido.

Parecía conmovido.

—¿Qué significa? —pregunté.

Él respiró profundamente.

—No lo sé.

—¿Seguro?

—No.

—Tomás…

—Clara, hay algo que necesito decirte.

Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.

—Dilo.

Se acercó.

—Creo que yo sé quién es ese hombre.

Lo miré fijamente.

—¿Quién?

Tomás bajó la mirada hacia la carta.

—Yo.

No pude responder.

El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el tic-tac del reloj de la habitación.

—¿Tú?

Asintió.

—Creo que Gabriel hablaba de mí.

Me senté lentamente.

—Pero dijiste que apenas me conocías.

—Eso creía.

—¿Y ahora?

Tomás se pasó una mano por el cabello.

—Ahora empiezo a recordar.

—¿Qué?

—A ti.

La palabra me atravesó.

—¿Qué recuerdas?

Tomás cerró los ojos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

—Un taller.

—¿Qué taller?

—El de Andrés.

—Sí.

—Tú pintabas allí.

—Eso ya lo sabemos.

—Yo iba a buscar a Mateo.

—¿Y?

—Te vi.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuántos años teníamos?

—Yo diecinueve.

—Yo veintiséis.

Tomás asintió.

—Estabas sentada en el suelo.

—¿Pintando?

—Sí.

—¿Qué pintaba?

Sonrió.

—Una ventana.

Mi respiración se detuvo.

—¿La ventana?

—Sí.

—¿Qué había afuera?

—No lo recuerdo.

—¿Qué recuerdas entonces?

Tomás me miró.

—Tu cara.

Me quedé en silencio.

—¿Y qué pasó?

—Nada.

—¿Nada?

—Te miré.

—¿Y?

—Y me enamoré de ti.

Sentí que las lágrimas llenaban mis ojos.

—Pero nunca me lo dijiste.

—No.

—¿Por qué?

Tomás sonrió con tristeza.

—Porque eras mayor que yo.

—Eso no habría impedido que fuéramos amigos.

—Lo intenté.

—¿Y?

—Cada vez que hablaba contigo me gustabas más.

Bajé la mirada.

—Yo no recuerdo eso.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Porque después apareció Gabriel.

Aquella frase cambió el aire de la habitación.

—¿Tú lo conocías?

—Sí.

—¿Cómo?

—Mateo me lo presentó.

—Entonces él sabía de mí.

—Sí.

—¿Y sabía que estabas enamorado de mí?

Tomás sonrió.

—Todo el mundo parecía saberlo menos tú.

Solté una pequeña risa entre lágrimas.

—Eso es muy injusto.

—Lo era.

—¿Y Gabriel?

—Gabriel era diferente.

—¿Lo amaba?

Tomás me sostuvo la mirada.

—Sí.

La respuesta dolió.

Pero no por celos.

Dolió porque comprendí que había existido una parte de mi vida que había olvidado completamente.

—¿Y tú?

—Yo también te amaba.

Cerré los ojos.

—¿Entonces por qué nunca pasó nada?

Tomás tardó en responder.

—Porque no era nuestro momento.

—¿Quién decidió eso?

—La vida.

—No me gusta esa respuesta.

—A mí tampoco.

Nos quedamos callados.

Después Tomás tomó la carta.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Mira la fecha.

Observé el borde inferior.

La carta había sido escrita hacía veinte años.

Pero había algo extraño.

La fecha estaba tachada.

Debajo aparecía otra.

Más reciente.

—¿Quién modificó esto?

—No lo sé.

—¿Gabriel?

Tomás negó.

—No pudo.

—Entonces alguien encontró la carta después.

Mateo, que había permanecido en silencio hasta entonces, se acercó.

—Yo sé quién la encontró.

Todos lo miramos.

—¿Quién?

Mateo miró a Elena.

Ella cerró los ojos.

—Yo.

Sentí un escalofrío.

—¿Usted?

Elena asintió.

—Encontré la carta después del accidente.

—¿Qué accidente?

—El de Gabriel.

La habitación volvió a quedar en silencio.

—¿Dónde estaba?

—En una caja que él había dejado en casa de Mateo.

Miré a Mateo.

—¿Por qué estaba allí?

—Porque Gabriel sabía que yo estaba en peligro.

—¿Y tú?

Mateo suspiró.

—No entendía hasta qué punto.

Elena continuó:

—Después de la muerte de Gabriel, encontré varias cartas.

—¿Todas eran para mí?

—No.

—¿Para quién?

—Para varias personas.

—¿Y esta?

Elena me miró.

—Esta era para ti.

—¿Por qué nunca me la entregó?

Su mirada se volvió triste.

—Porque tú me pediste que no lo hiciera.

—¿Cuándo?

—El día del funeral.

Me llevé una mano al pecho.

—¿Yo estuve allí?

—Sí.

—¿Y qué dije?

Elena tardó unos segundos.

—Dijiste que no querías volver a recordar.

—¿Por qué?

—Porque estabas destrozada.

Cerré los ojos.

Una imagen apareció.

Un cielo gris.

Gente vestida de negro.

Flores.

Un rostro cubierto de lágrimas.

Yo.

Pero no podía recordar quién sostenía mi mano.

Hasta que la imagen cambió.

Vi a un joven.

Cabello oscuro.

Ojos tristes.

Una mano sobre mi hombro.

Tomás.

Abrí los ojos de golpe.

—Eras tú.

Tomás se acercó.

—Sí.

—Estuviste conmigo.

—Sí.

—¿Ese día?

—Todo el tiempo.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque después del funeral te fuiste.

—¿Adónde?

—A Buenos Aires.

—¿Y tú?

—Me quedé en Bariloche unos meses.

—¿Esperándome?

Tomás sonrió.

—No sabía qué estaba esperando.




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