Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 9 LA VOZ QUE HABÍA OLVIDADO

La noticia de Andrés me dejó inmóvil.

—¿Mi voz? —repetí.

Él asintió.

—La grabación fue encontrada esta mañana.

Tomás apretó mi mano.

—¿Dónde exactamente?

—En una antigua sala de espera de la estación de Constitución.

Sentí un escalofrío.

Constitución.

El nombre me resultaba familiar.

Demasiado familiar.

—¿Qué clase de grabación es?

—Una cinta de audio.

—¿Y cómo saben que es mi voz?

Andrés me miró.

—Porque yo estaba allí cuando la grabaste.

El mundo pareció detenerse.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace veinte años.

Miré a Tomás.

Su expresión había cambiado.

—¿Qué hacíamos nosotros allí?

Andrés respiró profundamente.

—Eso es precisamente lo que quiero que recuerdes.

—No recuerdo nada.

—Lo sé.

—Entonces dime.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si te cuento lo que ocurrió, voy a darte una memoria que quizá no sea realmente tuya. Necesitas escuchar la grabación primero.

Tomás intervino:

—¿Dónde está?

—Aquí.

Andrés sacó una pequeña caja.

Dentro había un viejo reproductor y una cinta.

La sostuvo durante unos segundos.

—La encontraron detrás de una pared falsa durante una reparación. Estaba dentro de una caja metálica.

—¿Por qué estaba allí?

—No lo sabemos.

—¿Y cómo sabían que era importante?

Andrés miró la cinta.

—Porque tenía escrito tu nombre.

Sentí un nudo en la garganta.

CLARA.

Solo cuatro letras.

Escritas con tinta azul.

Me acerqué.

—Quiero escucharla.

Andrés asintió.

Nos condujo hasta una pequeña sala.

Tomás se sentó junto a mí.

Mateo también estaba allí.

Elena había decidido quedarse afuera.

Andrés colocó la cinta.

Presionó un botón.

Se escuchó primero un ruido de estática.

Después, un tren a lo lejos.

Pasos.

Una puerta cerrándose.

Y entonces…

Mi voz.

Más joven.

Más ligera.

Más inocente.

—¿Ya está grabando?

Sentí que se me erizaba la piel.

Tomás me miró.

La grabación continuó.

—Sí —respondió una voz masculina.

Gabriel.

Lo reconocí inmediatamente.

Sentí un dolor profundo en el pecho.

Había olvidado su voz.

Y, sin embargo, al escucharla, algo dentro de mí supo exactamente quién era.

—No sé qué decir —decía mi voz.

Gabriel se rio.

—Di la verdad.

—Eso es demasiado difícil.

—Entonces empieza por algo pequeño.

Silencio.

Después escuché mi propia voz.

—Tengo miedo.

Gabriel respondió:

—¿De qué?

—De perderlos.

Mi respiración se detuvo.

Tomás cerró los ojos.

La grabación continuó.

—No puedes evitar perder a las personas, Clara.

—Lo sé.

—Entonces deja de intentar controlar lo que todavía no ocurrió.

—No quiero que nadie vuelva a irse.

Hubo unos segundos de silencio.

Después apareció una tercera voz.

La de Tomás.

Más joven.

Más tímida.

—Quizá nadie tenga que irse.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Tomás abrió los ojos.

Me miró.

La grabación continuó.

—¿Qué haces aquí? —preguntaba mi voz.

—Mateo me mandó.

—¿Dónde está?

—Afuera.

—Entonces ve a buscarlo.

—No.

—¿Por qué?

La voz joven de Tomás respondió:

—Porque quería despedirme.

Silencio.

Mi voz sonó confundida.

—¿Despedirte?

—Sí.

—¿De quién?

—De ti.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

Tomás permanecía inmóvil.

La grabación siguió.

—¿Por qué?

—Porque me voy.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—Tomás…

—No quiero que te sientas responsable.

—¿De qué?

—De lo que siento.

Se escuchó un movimiento.

Después mi voz:

—¿Qué sientes?

Silencio.

Largo.

Demasiado largo.

Y entonces Tomás dijo:

—Te quiero.

Me cubrí la boca.

El hombre sentado a mi lado no dijo nada.

Pero sus ojos estaban llenos de lágrimas.

La grabación siguió.

—No digas eso —respondía mi voz.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué hacer con eso.

—No tienes que hacer nada.

—Pero…

—Solo quería que lo supieras.

Mi respiración tembló.

Después escuché mi voz decir:

—Yo también te quiero.

Tomás bajó la cabeza.

La grabación continuó.

—Pero amo a Gabriel.

Silencio.

Nadie se movió.

Aquellas palabras dolieron.

Aunque hubieran sido pronunciadas veinte años atrás.

Aunque yo ya supiera que Gabriel había sido mi primer amor.

Escucharme decirlo era diferente.

Tomás tomó aire.

En la grabación se escuchó su voz.

—Lo sé.

—No quiero hacerte daño.

—Ya lo sé.

—No quiero perderte.

—No me vas a perder.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque algunas personas no necesitan estar juntas para seguir queriéndose.

Me llevé una mano al pecho.

La grabación continuó.

—¿Y si algún día lo pierdo? —preguntaba mi voz.

Tomás tardó en responder.

—Entonces estaré aquí.

—No me esperes.

—No te estoy esperando.

—¿Entonces?

—Estoy viviendo.

—¿Y si vuelvo?

—Entonces veremos quiénes somos cuando llegue ese día.

La cinta quedó en silencio unos segundos.

Después escuchamos pasos.

La voz de Gabriel apareció.

—Tenemos que irnos.

Mi voz respondió:

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Por qué?

Gabriel bajó la voz.

—Mateo descubrió algo.

Tomás preguntó:

—¿Qué?

Gabriel respondió:

—No aquí.

Se escuchó una puerta.

Después un ruido metálico.

Y la grabación terminó.

La sala quedó completamente silenciosa.

Andrés apagó el reproductor.




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