Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 10 LA CASA DONDE TODO COMENZÓ

La pequeña llave permaneció toda la noche sobre mi mesa de luz.

No conseguí dormir.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma imagen: una casa frente al lago, una puerta de madera y aquella llave escondida durante veinte años.

CASA DEL LAGO.

No sabía dónde estaba.

No sabía quién la había cerrado.

Y, sobre todo, no sabía por qué Gabriel había querido que nosotros encontráramos la llave.

A las seis de la mañana me levanté.

Tomás estaba dormido en el sofá.

Había insistido en quedarse en mi departamento porque yo no quería estar sola después de todo lo que habíamos descubierto.

Lo observé durante unos segundos.

Parecía tranquilo.

Por primera vez entendí que había algo profundamente hermoso en contemplar dormir a alguien que amas.

No porque fuera perfecto.

Sino porque durante unos minutos no tenía que protegerse de nada.

Me acerqué a la ventana.

Buenos Aires despertaba lentamente.

Los primeros colectivos recorrían las avenidas.

Algunas personas caminaban hacia sus trabajos.

Una cafetería de la esquina acababa de abrir.

La ciudad seguía adelante.

Como siempre.

Tomé la llave.

La giré entre mis dedos.

—¿Qué abre?

—Espero que una puerta —respondió Tomás detrás de mí.

Me sobresalté.

—Pensé que dormías.

—Pensé que tú también.

—No puedo.

—Yo tampoco.

Se acercó.

—¿La tienes?

Le mostré la llave.

—Sí.

Tomás la observó.

—¿Sabes qué pienso?

—¿Qué?

—Que deberíamos ir a Bariloche.

Lo miré.

—¿Ahora?

—No necesariamente ahora.

—¿Y si la casa está allí?

—Entonces tenemos una excusa perfecta para volver.

Sonreí.

—Siempre encuentras una forma de regresar a Bariloche.

—Quizá me gusta.

—Quizá.

Tomás tomó mi mano.

—¿Quieres ir?

Pensé unos segundos.

—Sí.

—Entonces iremos.

No hubo una gran decisión.

No hubo discursos.

Solo una respuesta.

Sí.

Y quizá eso era lo que estaba aprendiendo.

Las decisiones más importantes de la vida no siempre necesitan ruido.

A veces empiezan con una palabra pequeña.

Sí.

Dos días después regresamos a Bariloche.

Mateo viajó con nosotros.

Elena nos esperaba.

Cuando le mostré la llave, no pareció sorprendida.

—Sabía que la encontrarían.

—¿Sabías que existía?

—Sí.

—¿Dónde está la casa?

Elena sonrió.

—No muy lejos.

—¿Por qué nunca me habló de ella?

—Porque no era mi secreto.

—¿De quién era?

—De Gabriel.

Sentí un escalofrío.

—¿La casa era de él?

—No exactamente.

—Entonces, ¿qué era?

Elena miró a Tomás.

—Era un lugar que él había elegido para ustedes.

Tomás frunció el ceño.

—¿Para nosotros?

—Sí.

Mateo permaneció en silencio.

—¿Tú lo sabías? —preguntó Tomás.

Mateo negó.

—No.

Elena asintió.

—Gabriel nunca se lo contó a nadie.

—¿Ni siquiera a ti?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes?

—Porque después del accidente encontré una carta.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿Otra carta?

Elena sonrió.

—Sí.

—¿Dónde está?

—En la casa.

Llegamos después del mediodía.

La casa estaba escondida entre árboles, a pocos kilómetros de la ciudad.

Era exactamente como la había imaginado.

Pequeña.

De madera.

Con una enorme ventana mirando al lago.

Me quedé en silencio.

—Es hermosa —susurré.

Tomás se acercó.

—Sí.

Mateo observó la fachada.

—Nunca había visto este lugar.

Elena se quedó junto al vehículo.

—Porque Gabriel lo encontró después de que ustedes se separaran.

—¿Y para qué lo quería? —pregunté.

—Para convertirlo en un refugio.

—¿Para quién?

—Para personas que necesitaran comenzar otra vez.

Miré a Tomás.

Él sonrió.

—Parece que tenía esa costumbre.

Entramos.

El interior estaba casi vacío.

Había una mesa.

Una biblioteca.

Una chimenea.

Y una pared cubierta con fotografías.

Me acerqué.

Había fotografías de personas desconocidas.

Familias.

Niños.

Adultos mayores.

Parejas.

Personas solas.

Todos sonreían.

—¿Quiénes son?

Elena respondió:

—Personas que Gabriel ayudó.

—¿Cómo?

—Algunas necesitaban alojamiento. Otras trabajo. Algunas simplemente necesitaban que alguien creyera en ellas.

Sentí una emoción profunda.

Gabriel no había sido solamente mi primer amor.

Había sido alguien que había intentado convertir su propia vida en una oportunidad para otros.

—¿Por qué nunca supe esto?

—Porque estabas demasiado herida para mirar más allá de tu dolor.

No pude responder.

Tomás se acercó a una fotografía.

—Mira.

Era una imagen antigua.

Gabriel estaba frente a la casa.

A su lado había una mujer.

Y entre ellos, una niña pequeña.

—¿Quiénes son?

Elena sonrió.

—La mujer es Sofía.

—¿Y la niña?

—Su hija.

—¿Qué pasó con ellas?

—Están bien.

—¿Las conoces?

—Sí.

—¿Todavía viven aquí?

Elena negó.

—Se fueron hace años.

Tomás siguió mirando la fotografía.

—¿Por qué están aquí?

—Porque esta casa no comenzó como una propiedad.

—¿Qué era?

—Un sueño.

Me acerqué.

—¿De Gabriel?

—De todos ustedes.

Sentí un escalofrío.

—¿De nosotros?

—Sí.

Elena tomó una vieja caja de madera.

La colocó sobre la mesa.

—Gabriel quería que algún día ustedes tres terminaran este lugar.

—¿Los tres? —preguntó Mateo.

—Clara, tú, Tomás y él.

Mateo bajó la mirada.

—Nunca pudimos.

—No —dijo Elena—. Pero quizá ahora sí.




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