Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 11 EL CUADRO QUE GUARDABA UN SECRETO

La frase de Lucía quedó suspendida entre nosotros.

—En Buenos Aires.

No pude apartar los ojos de ella.

—¿Dónde exactamente?

Lucía sostuvo mi mirada.

—En el lugar donde comenzó todo.

Tomás frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

—Para ustedes sí.

—¿Qué lugar?

Lucía tomó lentamente su café.

—El taller de Andrés.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi antiguo taller?

—Sí.

—Pero allí ya no queda nada mío.

Lucía negó.

—Eso es lo que crees.

Mateo se inclinó hacia adelante.

—¿Cómo sabes que la pintura está allí?

Lucía dejó la taza sobre la mesa.

—Porque Gabriel me pidió que la llevara.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Cuándo?

—La noche antes del accidente.

Tomás se quedó inmóvil.

—¿Por qué nunca nos lo dijiste?

Lucía lo miró.

—Porque Gabriel me pidió que esperara.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que Clara estuviera preparada.

La miré.

—¿Y cómo sabías cuándo estaría preparada?

Lucía sonrió.

—No lo sabía.

—Entonces, ¿por qué esperaste veinte años?

Su expresión cambió.

—Porque durante veinte años tú no buscaste.

Bajé la mirada.

No pude discutirlo.

Había pasado demasiado tiempo intentando no recordar.

—¿Qué tiene esa pintura? —preguntó Mateo.

Lucía respiró profundamente.

—No estoy segura.

—¿Cómo que no estás segura?

—Gabriel nunca me mostró todo.

—¿Entonces?

—Me dijo que había escondido algo en ella.

Tomás me miró.

—¿Qué cosa?

—Una prueba.

El silencio fue inmediato.

—¿Una prueba de qué? —pregunté.

—De algo que podía demostrar quién estaba detrás de la red que había descubierto.

Mateo cerró los ojos.

—Dios…

Tomás tomó mi mano.

—¿Y por qué una pintura?

Lucía sonrió ligeramente.

—Porque nadie busca secretos dentro de algo que parece hermoso.

Aquella frase se quedó conmigo.

La belleza como escondite.

El arte como memoria.

Una pintura que había sobrevivido veinte años esperando que yo volviera a verla.

—Quiero regresar a Buenos Aires —dije.

Tomás asintió.

—Yo también.

Mateo miró a Lucía.

—¿Vienes con nosotros?

Ella negó.

—Ya hice mi parte.

—¿Cuál?

—Esperar.

Se levantó.

Antes de marcharse, me entregó un pequeño papel.

Había una dirección.

—¿Qué es?

—La casa donde vivía Gabriel.

Miré el papel.

—¿Para qué?

—Porque antes de encontrar la pintura, necesitas recordar dónde la pintaste.

—¿Y si no recuerdo?

Lucía sonrió.

—Entonces deja que el lugar te lo recuerde.

Regresamos a Buenos Aires al día siguiente.

El viaje fue silencioso.

No por tensión.

Por todo lo contrario.

Había demasiadas cosas que pensar.

Tomás iba sentado junto a mí.

Dormitaba de vez en cuando.

Yo miraba por la ventana.

Los paisajes cambiaban.

Las montañas desaparecieron.

Luego los campos.

Finalmente comenzaron a aparecer las primeras construcciones de la ciudad.

Buenos Aires.

Mi ciudad.

Pero ahora parecía distinta.

Como si hubiera dejado una parte de mí allí veinte años atrás y estuviera regresando a buscarla.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Tomás.

—Mucho.

—Yo también.

—¿Qué crees que vamos a encontrar?

—No lo sé.

—¿Te da miedo?

—Sí.

—¿Por qué?

Tomás tardó en responder.

—Porque durante mucho tiempo pensé que ya conocía la peor parte de mi pasado.

—¿Y ahora?

—Ahora descubrí que apenas lo estaba entendiendo.

Le tomé la mano.

—No tienes que enfrentarlo solo.

Él entrelazó sus dedos con los míos.

—Tú tampoco.

La dirección que Lucía nos había dado correspondía a una vieja casa en el barrio de Almagro.

Cuando llegamos, me quedé inmóvil.

No recordaba haber estado allí.

Y, sin embargo, algo dentro de mí reaccionó.

La fachada.

Las ventanas.

La puerta verde.

Todo parecía familiar.

Tomás me observó.

—¿La reconoces?

—No.

Di un paso.

—Pero siento algo.

Mateo se acercó.

—¿Quieres entrar?

Asentí.

La puerta estaba cerrada.

Había una mujer mayor en la casa vecina.

Cuando nos vio, se acercó.

—¿Buscan a alguien?

—A Gabriel Ferraro —respondí.

La mujer abrió mucho los ojos.

—¿Gabriel?

Asentí.

—Vivió aquí hace muchos años.

La mujer me observó detenidamente.

—Tú eres Clara.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Porque él hablaba mucho de ti.

—¿Lo conoció?

—Era amigo de mi hijo.

La mujer miró la casa.

—Después del accidente nadie volvió.

—¿Sabe qué ocurrió con sus cosas?

—Algunas las llevó una mujer.

—¿Lucía?

—Sí.

—¿Y otras?

La mujer señaló la casa.

—Se quedaron aquí.

—¿Por qué?

—Porque nadie sabía qué hacer con ellas.

Miré a Tomás.

—¿Podemos entrar?

La mujer dudó.

—La casa está vacía.

—Solo queremos mirar.

—Entonces esperen.

Entró en su casa.

Regresó con una llave.

—Mi hijo la conservó todos estos años.

Me la entregó.

—¿Por qué?

—Porque decía que algún día alguien volvería.

Sentí que las lágrimas llenaban mis ojos.

—¿Quién?

La mujer sonrió.

—Tú.

La puerta se abrió con un chirrido.

El interior olía a madera vieja y polvo.

Había muebles cubiertos con telas.

Una biblioteca.

Una mesa.

Un piano.

Y fotografías.

Me acerqué a una pared.

Había una imagen de Gabriel.

Más joven.

Sonriendo.

A su lado estaba Tomás.

Y yo.

Los tres.

No recordaba aquella fotografía.




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