A las cinco y cincuenta y dos de la tarde estábamos frente al río.
Puerto Madero parecía suspendido entre dos mundos.
De un lado, los edificios modernos reflejaban el sol que comenzaba a caer. Del otro, el agua avanzaba lentamente, indiferente a las personas que caminaban por la costanera.
Yo tenía las manos frías.
No sabía si era por el viento o por los nervios.
Tomás estaba a mi lado.
—Todavía podemos irnos —dijo.
Lo miré.
—¿Quieres hacerlo?
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces nos quedamos.
—Sí.
Tomás miró alrededor.
—¿Estás segura de que no quieres que llamemos a alguien?
—Mateo está a dos cuadras.
—¿Y Andrés?
—Esperando nuestro mensaje.
—Bien.
—No estamos solos.
Tomás sonrió.
—Mejor.
Miré el reloj.
17:58.
Dos minutos.
—¿Qué crees que quiere? —pregunté.
—No lo sé.
—¿Crees que tiene que ver con Gabriel?
—Sí.
—¿Y si sabe algo que nosotros no?
—Entonces escucharemos.
—¿Y si es peligroso?
Tomás tomó mi mano.
—Nos vamos.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—¿Aunque no sepamos la verdad?
—Clara, aprendí algo estos días.
—¿Qué?
—La verdad no vale la pena si para encontrarla tienes que perderte.
Sentí una emoción profunda.
—Eso es exactamente lo que necesitaba escuchar.
17:59.
Una mujer apareció al otro lado de la calle.
Caminaba lentamente.
Llevaba un abrigo claro.
Cabello oscuro.
Una carpeta bajo el brazo.
Se detuvo.
Miró hacia nosotros.
Tomás se tensó.
—¿Es ella?
—No sé.
La mujer cruzó.
Cuando estuvo a pocos metros, sonrió.
—Clara.
Reconocí aquella voz.
No inmediatamente.
Pero algo en ella me resultaba familiar.
—¿Quién eres?
La mujer se detuvo.
—Mi nombre es Sofía.
Sentí un escalofrío.
—¿Sofía?
—Sí.
Miré a Tomás.
Era el mismo nombre que había aparecido en una de las fotografías de la casa del lago.
—¿Tú eras la mujer de la fotografía?
Sofía asintió.
—Sí.
—¿La que estuvo con Gabriel?
—Sí.
Tomás dio un paso adelante.
—¿Qué quieres?
Sofía lo miró.
—Entregarles algo.
—¿Qué?
Abrió la carpeta.
Sacó un sobre.
—Esto.
Lo tomó Tomás.
Había una fecha.
Veinte años atrás.
—¿Qué es?
—Una carta.
—¿De Gabriel?
Sofía negó.
—De tu padre.
Tomás quedó inmóvil.
—¿Mi padre?
—Sí.
—Mi padre murió hace dieciocho años.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo…?
Sofía respiró profundamente.
—La escribió antes de morir.
Tomás tomó el sobre con ambas manos.
—¿Por qué la tienes tú?
—Porque me la entregó Gabriel.
—¿Cuándo?
—El día del accidente.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
—¿Qué decía?
Sofía negó.
—No la leí.
—¿Nunca?
—Nunca.
—Entonces, ¿por qué esperaste veinte años?
—Porque Gabriel me pidió que no la entregara hasta que ustedes estuvieran juntos.
Tomás me miró.
—¿Juntos?
Sofía asintió.
—Dijo que si algún día Clara y tú se reencontraban, significaría que ya podían leerla.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué tiene que ver mi padre con Gabriel?
Sofía bajó la mirada.
—Mucho más de lo que imaginan.
Tomás abrió el sobre.
Sacó una hoja.
La letra era firme.
Antigua.
Comenzó a leer.
Su rostro cambió.
—¿Qué dice? —pregunté.
Tomás tragó saliva.
—Dice que sabía que Gabriel estaba investigando algo.
—¿Qué más?
—Dice que intentó protegerlo.
Sofía miró el río.
—Tu padre descubrió la misma red que Gabriel.
Tomás levantó la mirada.
—¿Y por qué nunca me dijo nada?
—Porque quería mantenerte alejado.
—¿Otra vez?
Su voz se quebró.
—¿Por qué todos decidían por mí?
Sofía lo miró con tristeza.
—Porque eras joven.
Tomás negó.
—Ya no.
—Lo sé.
—Entonces dime la verdad.
Sofía respiró profundamente.
—Tu padre no murió de la manera que te contaron.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
—Su muerte fue presentada como un accidente.
Tomás palideció.
—¿Estás diciendo que…?
—No puedo asegurarlo.
—¿Entonces?
—Pero hay documentos que indican que su automóvil fue manipulado.
Tomás cerró los ojos.
Yo tomé su brazo.
—Estoy aquí.
Él asintió.
—Continúa.
Sofía sacó otra fotografía.
Era un automóvil.
Un vehículo destruido.
—Este fue el auto de tu padre.
Tomás lo observó.
—Lo recuerdo.
—Gabriel encontró esta fotografía años después.
—¿Y qué descubrió?
—Que el accidente y el de ustedes tenían algo en común.
Mateo apareció detrás de nosotros.
—¿Qué tienen en común?
Sofía lo miró.
—El mismo sistema de manipulación.
Mateo se quedó inmóvil.
—Entonces no fue una coincidencia.
—No.
Tomás apretó los dientes.
—¿Quién estaba detrás?
Sofía negó.
—No lo sabemos.
—¡Pero alguien tiene que saberlo!
—Gabriel creía que sí.
—¿Quién?
Sofía sacó una última hoja.
—El nombre aparece aquí.
Tomás la tomó.
La leyó.
Su rostro quedó completamente blanco.
—No.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Tomás no respondió.
—Tomás.
Me entregó el papel.
Leí el nombre.
No lo reconocí.
Mateo sí.
Se acercó.
—No puede ser.
—¿Quién es? —pregunté.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—Un hombre que conocíamos.
—¿Quién?
Mateo dijo el nombre.
Y entonces todo cambió.
Porque aquel hombre no era un desconocido.
Era alguien que había estado cerca de nuestras familias durante años.