La persona que nos observaba desde el otro lado de la calle no se movió.
Yo tampoco.
Había algo en aquella silueta que me resultaba familiar, aunque no podía distinguir su rostro.
Tomás caminaba a mi lado.
—¿Qué pasa?
No respondí inmediatamente.
—Creo que alguien nos está observando.
Tomás giró lentamente la cabeza.
La figura desapareció detrás de un automóvil.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Quién era?
—No lo sé.
Tomás tomó mi mano.
—Vamos.
Caminamos hacia la esquina sin correr.
No queríamos demostrar miedo.
Pero tampoco queríamos quedarnos allí.
Al doblar, no había nadie.
Solo una calle llena de personas.
—Quizá me equivoqué —dije.
—Quizá.
—Pero…
—Lo sé.
Tomás miró alrededor.
—No vamos a separarnos.
—No quiero que esto se convierta en otra historia de miedo.
—Entonces no dejemos que lo sea.
Sonreí débilmente.
—¿Cómo?
—Volviendo a casa.
—¿Y después?
—Después vivimos.
La sencillez de su respuesta me conmovió.
Durante años había pensado que enfrentar el pasado significaba regresar a él.
Ahora entendía que no.
Podíamos conocer la verdad y seguir adelante.
Podíamos descubrir quién había causado tanto dolor sin permitir que esa persona definiera nuestro futuro.
Llegamos al departamento.
Mateo nos esperaba.
—¿Qué ocurrió?
Tomás cerró la puerta.
—Alguien nos estaba siguiendo.
Mateo se levantó inmediatamente.
—¿Lo reconocieron?
—No.
—¿Están seguros?
—No.
Mateo caminó hasta la ventana.
—Tenemos que tener cuidado.
—No quiero vivir escondida —dije.
Se giró hacia mí.
—No estoy diciendo eso.
—Pero todos vuelven a decirme que tenga cuidado.
—Porque nos importas.
—Lo sé.
Respiré profundamente.
—Pero durante veinte años otras personas decidieron qué debía saber, qué podía soportar y qué debía olvidar.
Mateo guardó silencio.
—No quiero volver a vivir así.
Tomás se acercó.
—No lo harás.
Lo miré.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esta vez nadie va a decidir por ti.
Mateo asintió.
—Tiene razón.
Se sentó.
—Hay algo que tenemos que hacer.
—¿Qué?
—Entregar las pruebas.
Tomás frunció el ceño.
—¿A quién?
—A alguien que pueda investigarlas.
—¿La policía?
Mateo negó.
—Primero necesitamos asesoramiento legal.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos qué documentos son auténticos, cuáles podrían haber sido manipulados y qué consecuencias puede tener entregarlos.
Asentí.
—Entonces hagámoslo bien.
Mateo me miró.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Podrías quedar involucrada.
—Ya estoy involucrada.
Tomás tomó mi mano.
—Y no porque Gabriel lo haya querido.
Lo miré.
—No.
—Porque tú elegiste saber.
Sonreí.
—Exactamente.
Esa noche apenas hablamos.
Cada uno parecía atrapado en sus propios pensamientos.
Yo revisé nuevamente las fotografías.
Había una que no conseguía quitarme de la cabeza.
Gabriel junto al automóvil.
La carpeta.
La llave.
Y aquel hombre.
Intenté recordar la noche del accidente.
La habitación.
La voz.
La bebida.
La puerta.
Pero cada vez que llegaba al momento crucial, mi memoria se volvía una pared blanca.
Me levanté.
Fui hasta el taller.
Encendí una lámpara.
El cuadro estaba allí.
La estación.
La mujer.
El hombre.
La puerta.
Me acerqué.
—¿Qué intentabas decirme? —susurré.
No esperaba respuesta.
Pero algo ocurrió.
Al mirar la pintura desde un ángulo diferente, descubrí una pequeña irregularidad en el cielo.
Tomé una lupa.
Había una serie de puntos.
Pequeños.
Casi invisibles.
No eran manchas.
Eran marcas.
—Tomás.
Él apareció en la puerta.
—¿Qué encontraste?
—Mira.
Se acercó.
—¿Qué son?
—No lo sé.
Mateo también entró.
Observó el cuadro.
—Eso no es pintura accidental.
—¿Qué significa?
Mateo buscó una fotografía de los documentos.
Comparó las marcas.
Su rostro cambió.
—Código.
—¿Código?
—Sí.
—¿Qué tipo?
—No estoy seguro.
Tomás observó los puntos.
—¿Morse?
La palabra me hizo contener la respiración.
Puntos.
Pequeñas marcas.
Espacios.
Una secuencia.
—¿Puedes leerlo? —pregunté.
Tomás negó.
—Necesitamos separar los grupos.
Mateo tomó una fotografía del cuadro.
Amplió la imagen.
—Aquí hay seis grupos.
Tomás anotó las secuencias.
Punto.
Punto.
Raya.
Punto.
Raya.
Punto.
—Espera.
Tomó un papel.
Comenzó a traducir.
—Primera letra…
Se detuvo.
—¿Qué?
—C.
—¿Qué sigue?
Continuó.
—A.
Luego:
—S.
—¿Qué dice?
Tomás levantó lentamente la mirada.
—CASA.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Casa?
—Sí.
—¿Qué casa?
Mateo señaló el resto.
—Todavía falta.
Tomás continuó.
Las letras aparecieron una tras otra.
CASA…
LAGO…
CUARTO…
Se detuvo.
—¿Qué?
—Hay una última palabra.
La tradujo.
—AZUL.
Miré a Mateo.
—¿La casa del lago?
—Sí.
Tomás negó.
—Pero allí no hay ningún cuarto azul.
—Tal vez sí.
Fuimos inmediatamente.
La casa estaba completamente silenciosa.
Encendimos las luces.
Revisamos cada habitación.
La sala.
La biblioteca.
El taller.
La cocina.
Nada.
—No hay ninguna habitación azul —dijo Tomás.