—Ahora sí te recuerdo.
Las palabras salieron de mi boca con una calma que ni siquiera yo esperaba.
El hombre permaneció inmóvil al otro lado de la puerta.
No dijo nada.
Por primera vez desde que habíamos comenzado a reconstruir nuestro pasado, no tuve que esforzarme para recordar.
Su rostro estaba allí.
Su voz.
Su manera de caminar.
La forma en que inclinaba ligeramente la cabeza cuando quería aparentar tranquilidad.
Y, sobre todo, aquella noche.
La noche que mi memoria había mantenido cerrada durante veinte años.
Tomás seguía sosteniendo mi mano.
Sentía sus dedos entrelazados con los míos.
No necesitaba mirarlo para saber que estaba preparado para sacarme de allí si yo se lo pedía.
Pero no quería irme.
No esta vez.
El hombre dio un paso hacia nosotros.
—Clara…
—No vuelvas a decir mi nombre como si fueras alguien en quien puedo confiar.
Su rostro cambió.
—No sabes lo que ocurrió.
—Ahora sí.
—No.
Negué lentamente.
—Ahora recuerdo lo suficiente.
Mateo apareció detrás de nosotros.
—No te acerques.
El hombre levantó las manos.
—No vine a hacerles daño.
Tomás soltó una risa amarga.
—Eso ya lo hemos escuchado antes.
—Tomás…
—No pronuncies mi nombre.
El hombre bajó las manos.
—Escúchenme.
—Te escucharemos —respondí—. Pero esta vez no vas a decidir qué parte de la historia conocemos.
Se quedó callado.
Yo di un paso hacia adelante.
—Tú estabas allí.
—Sí.
—La noche del accidente.
—Sí.
—Me diste una bebida.
Su expresión se endureció.
—Estabas muy alterada.
—Me hiciste olvidar.
—No.
—¿Entonces qué hiciste?
No respondió.
—¡¿Qué hiciste?!
Mi voz resonó en la habitación.
El hombre cerró los ojos.
—Te ayudé a olvidar algo que no podías soportar.
—No tenías derecho.
—Lo sé.
Aquella respuesta me sorprendió.
No esperaba que lo admitiera.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
—Porque Gabriel estaba muerto.
Sentí un vacío en el pecho.
—No vuelvas a utilizarlo para justificarte.
—No lo estoy justificando.
—Entonces dime la verdad.
El hombre respiró profundamente.
—Gabriel había descubierto cosas que podían destruir a muchas personas.
Mateo intervino:
—Y tú eras una de ellas.
—Sí.
El silencio fue inmediato.
Tomás me miró.
Yo no aparté los ojos del hombre.
—¿Qué hiciste con las pruebas?
—Las escondí.
—¿Dónde?
—No las tengo.
Mateo soltó una risa amarga.
—Mentiroso.
—No.
—Entonces ¿por qué nos has seguido?
—Porque sabía que las encontrarían.
Tomás dio un paso adelante.
—¿Y qué querías hacer cuando las encontráramos?
El hombre lo miró.
—Convencerlos de que las destruyeran.
—¿Y si no aceptábamos?
—No lo sé.
—¿Nos habrías amenazado?
El hombre bajó la mirada.
—No quería llegar a eso.
—Pero estabas dispuesto.
—Sí.
La honestidad de aquella respuesta fue más inquietante que cualquier amenaza.
Me acerqué.
—¿Por qué?
Me miró.
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De perderlo todo.
—¿Y por eso destruiste la memoria de una mujer que apenas entendía lo que estaba pasando?
—No quería destruirte.
—Pero lo hiciste.
Su mirada se llenó de culpa.
—Sí.
Por primera vez no parecía el hombre poderoso de las fotografías.
Parecía simplemente alguien cansado.
Alguien que había pasado demasiado tiempo huyendo de las consecuencias de sus decisiones.
—¿Qué pasó realmente aquella noche? —pregunté.
Tardó en responder.
—Gabriel vino a verme.
Tomás se tensó.
—¿Para qué?
—Para pedirme que entregara las pruebas.
—¿Y tú?
—Me negué.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Y después?
—Gabriel se fue.
—¿Solo?
—No.
Me quedé inmóvil.
—¿Con quién?
El hombre me miró.
—Contigo.
Sentí un escalofrío.
Una imagen apareció.
Gabriel caminando junto a mí.
Su mano sobre mi hombro.
La lluvia.
Un automóvil esperando.
Y después…
un golpe.
Una luz.
Un grito.
Tomás.
Mi respiración se aceleró.
—¿Qué ocurrió después del accidente?
El hombre respondió:
—Gabriel murió.
Cerré los ojos.
—Eso ya lo sé.
—Pero tú sobreviviste.
Abrí los ojos.
—¿Yo estaba en el automóvil?
—Sí.
Tomás palideció.
—¿Clara estaba contigo?
—Sí.
Mateo se llevó una mano al rostro.
—Entonces ella también estuvo involucrada.
—No —respondió el hombre—. Ella no sabía nada.
—Pero estaba allí —dije.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Gabriel decidió que era más seguro llevarte con él.
—¿A dónde?
—A entregar las pruebas.
Sentí que una memoria regresaba.
Una carpeta.
Una mano.
Gabriel diciéndome:
—No mires atrás.
Otra imagen.
Tomás llegando.
Gritando mi nombre.
Después…
oscuridad.
Me llevé las manos a la cabeza.
—Clara.
Tomás se acercó.
—Estoy bien.
—No tienes que recordar todo.
—No.
Respiré.
—Pero quiero.
Cerré los ojos nuevamente.
Y entonces vi algo que no había visto antes.
Una pequeña caja.
Gabriel me la entregaba.
—Si algo ocurre, entrégasela a Tomás.
Abrí los ojos.
Miré a Tomás.
—Yo tenía algo.
—¿Qué?
—Gabriel me dio una caja.
El hombre palideció.
—¿Dónde está?
Lo miré.
—No lo sé.
—¿Qué tenía?
—No recuerdo.
El hombre dio un paso hacia mí.
Tomás inmediatamente se colocó delante.
—No te acerques.
—Necesitamos encontrarla.