La carta permaneció sobre la mesa durante varios minutos.
No quería tocarla.
Era extraño.
Había pasado semanas buscando respuestas.
Había abierto cajas.
Escuchado grabaciones.
Leído cartas de personas que ya no estaban.
Había reconstruido recuerdos que durante veinte años habían permanecido ocultos.
Y ahora, finalmente, tenía delante de mí algo que nadie podía explicar por mí.
Mi propia letra.
Mi propia voz escrita sobre un papel amarillento.
Mi propio pasado hablándome desde una edad en la que yo todavía no sabía quién terminaría siendo.
Tomás estaba a mi lado.
No intentó abrirla.
Ni siquiera la tocó.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó.
Lo miré.
—No.
—¿Quieres que me quede?
—Sí.
Se sentó frente a mí.
—Entonces me quedo.
Miré nuevamente el sobre.
En la parte delantera solo aparecía una palabra:
TOMÁS.
Debajo, una fecha.
Veinte años atrás.
Tragué saliva.
—¿Por qué le escribí una carta?
Tomás sonrió con tristeza.
—Quizá porque había cosas que no podías decirme.
—Pero ahora sí puedo.
—Entonces quizá sea momento de escucharlas.
Pasé los dedos sobre mi nombre.
Después abrí el sobre.
La hoja estaba doblada en cuatro.
La letra era mía.
Más pequeña.
Más inclinada.
Pero indiscutiblemente mía.
Comencé a leer.
«Tomás:
Si estás leyendo esto, probablemente significa que me fui.»
Me detuve.
Miré a Tomás.
Él permanecía en silencio.
Continué.
«No sé si algún día vas a entender por qué hice lo que hice. Quizá ni siquiera yo lo entienda cuando vuelva a leer estas palabras. Pero necesito dejarte algo que no pueda llevarse el miedo.»
Sentí un nudo en la garganta.
«No me fui porque no te quisiera.»
Cerré los ojos.
Tomás bajó la mirada.
Continué.
«Me fui porque te quería demasiado.»
El silencio se hizo más profundo.
«Y porque descubrí algo sobre mí que no sabía cómo explicarte.»
Respiré lentamente.
«Tengo miedo de convertirme en alguien que necesita que otra persona la salve.»
Leí aquella frase varias veces.
Era como escucharme a mí misma desde otra época.
«Gabriel me ama. Yo lo amo. Pero hay algo dentro de mí que no está bien. Desde que murió mi padre siento que estoy buscando en otras personas una forma de recuperar lo que perdí.»
Me quedé inmóvil.
Tomás levantó la mirada.
—¿Tu padre?
Asentí.
—Sigue.
Lo hice.
«Cuando estoy contigo siento paz. Y eso me asusta.»
Una lágrima cayó sobre el papel.
«Porque temo que algún día confunda esa paz con necesidad.»
Tomás respiró profundamente.
«No quiero hacerte responsable de mi felicidad.»
La frase me atravesó.
Porque veinte años después seguía sintiendo exactamente lo mismo.
Solo que ahora sabía algo que entonces no sabía.
El amor no consiste en encontrar a alguien que nos haga felices.
Consiste en aprender a ser nosotros mismos y compartir esa vida con otra persona.
Continué.
«No sé qué va a pasar mañana. Gabriel quiere que me vaya con él. Tú quieres que me quede. Y yo no sé qué quiero.»
Tomás cerró los ojos.
«Por eso necesito irme.»
Me detuve.
—Eso no tiene sentido.
Tomás me miró.
—¿Qué cosa?
—Ahora entiendo por qué me fui.
—¿Sí?
—Pero no entiendo por qué te dejé esta carta.
Tomás sonrió.
—Porque querías que algún día supiera la verdad.
Volví a leer.
«Si algún día regreso y todavía quieres conocerme, no me preguntes dónde estuve. Pregúntame quién soy ahora.»
Mi respiración se quebró.
«No quiero que me ames por la mujer que conociste.»
«Quiero que, si alguna vez volvemos a encontrarnos, me ames por la mujer que haya conseguido ser.»
Dejé caer la carta sobre la mesa.
No pude continuar.
Tomás permaneció en silencio.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Me duele.
—¿La carta?
—No.
Me llevé una mano al pecho.
—La persona que la escribió.
—¿Por qué?
—Porque era yo.
Tomás tomó mi mano.
—Sí.
—Y estaba tan asustada.
—Sí.
—Quería hacer las cosas bien.
—Sí.
—Pero terminó huyendo.
Tomás negó suavemente.
—No huyó.
—¿No?
—Se fue.
—Es lo mismo.
—No.
Lo miré.
—¿Cuál es la diferencia?
—Huir es escapar de algo.
Hizo una pausa.
—Irse también puede ser elegirte.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Eso crees?
—Sí.
—¿Aunque te haya hecho daño?
—Me hizo daño.
—Entonces…
—Pero no te culpo.
Me quedé mirándolo.
—¿Nunca?
—Hubo momentos en que sí.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Que tú tampoco sabías cómo quedarte.
Bajé la mirada.
—Yo quería que alguien me dijera qué hacer.
—Y nadie podía hacerlo.
—Exactamente.
Tomás apretó mis dedos.
—Pero ahora sí sabes.
—¿Qué?
—Que no necesitas elegir entre alguien y tú.
Aquella frase me hizo llorar.
Porque durante tantos años había pensado que amar significaba escoger.
Gabriel o Tomás.
El pasado o el presente.
Quedarme o irme.
Recordar u olvidar.
Pero ahora comprendía que la verdadera elección siempre había sido otra.
Yo.
Volví a la carta.
Había una segunda hoja.
No la había visto.
La desplegué.
«Hay algo más que necesito decirte.»