No dormí aquella noche.
¿Cómo podía hacerlo?
La última frase de mi madre seguía repitiéndose dentro de mi cabeza.
«Tu abuela sabía más de lo que te dijo.»
Durante años había convertido a mi abuela en una especie de refugio dentro de mi memoria.
Cuando pensaba en mi infancia, aparecía ella.
Su voz.
Sus manos.
El olor a café.
Los domingos.
Las tardes de lluvia.
Sus consejos.
Su manera de mirarme cuando yo tenía miedo.
Y, sobre todo, aquella frase que había repetido tantas veces que terminó convirtiéndose en una especie de oración para mí:
«Cuando alguien tarda, no significa que no venga.»
Ahora aquella misma frase parecía esconder otra historia.
Una historia que yo no conocía.
Tomás permanecía sentado a mi lado.
No había intentado convencerme de nada.
No había defendido a mi abuela.
No había dicho que mi madre podía estar equivocada.
Simplemente había permanecido conmigo.
Y eso era exactamente lo que necesitaba.
—¿Quieres que hablemos? —preguntó finalmente.
Miré hacia la ventana.
Todavía estaba oscuro.
—No sé qué decir.
—Entonces no digas nada.
—¿Y si mi abuela estuvo involucrada?
—Entonces lo descubriremos.
—¿Y si sabía quién mató a mi padre?
Tomás respiró profundamente.
—Lo descubriremos.
—¿Y si lo protegió?
—También.
—¿Y si me mintió toda la vida?
Tomás tomó mi mano.
—Entonces tendremos que aceptar que alguien puede amarnos y aun así equivocarse profundamente.
Lo miré.
—¿Cómo puedes decir eso con tanta tranquilidad?
—No estoy tranquilo.
—Pareces estarlo.
—Porque si me derrumbo contigo, ¿quién te sostiene?
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—No tienes que sostenerme siempre.
—Lo sé.
—Entonces…
—A veces también necesitaré que me sostengas tú.
Me quedé mirándolo.
—Lo haré.
—Eso es todo.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
Y permanecimos así hasta que amaneció.
A las siete y cuarto de la mañana llamé a mi madre.
Contestó inmediatamente.
—¿Clara?
—Necesito saberlo todo.
Hubo silencio.
—No estoy segura de poder contártelo.
—Mamá, ya no soy una niña.
—Lo sé.
—Entonces no me protejas.
Su respiración se volvió irregular.
—No sabes cuánto quise hacerlo.
—Quizá protegerme fue precisamente lo que hizo que todo fuera peor.
—Sí.
La respuesta me sorprendió.
—¿Lo reconoces?
—Ahora sí.
—Entonces dime la verdad.
Mi madre guardó silencio durante varios segundos.
—Tu abuela recibió una llamada la noche del accidente.
—¿De quién?
—De tu padre.
—¿Estaba vivo?
—Sí.
Cerré los ojos.
Aquello hacía que todo pareciera aún más imposible.
—¿Qué le dijo?
—Que había descubierto quién estaba detrás de la red.
—¿Quién?
—Nunca lo dijo por teléfono.
—¿Y después?
—Tu abuela salió de casa.
—¿Adónde fue?
—A buscarlo.
—¿Y lo encontró?
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde?
—En una clínica privada.
—¿Qué hacía allí?
—Estaba herido.
—¿Por el accidente?
—Sí.
—¿Entonces sobrevivió?
—Durante tres días.
La voz de mi madre se quebró.
—Tu abuela estuvo con él.
—¿Los tres días?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque tu abuela me lo pidió.
—¿Por qué?
—Porque había personas buscando a tu padre.
—¿Y yo?
—Tú eras el punto débil.
—¿Por qué?
—Porque él sabía que si esas personas no podían encontrarlo a él, intentarían llegar a ti.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi abuela sabía quiénes eran?
—Sí.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—Mamá.
—Te juro que no lo sé.
—Entonces, ¿qué hizo mi abuela?
—Intentó sacar a tu padre del país.
—¿Lo consiguió?
Silencio.
—No.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué pasó?
—Murió antes de poder hacerlo.
Cerré los ojos.
Durante veinte años había creído que mi padre había muerto en un accidente.
Pero no.
Había sobrevivido.
Había luchado.
Había intentado protegerme.
Y había muerto tres días después.
—¿Por qué me hicieron creer que murió aquella noche?
Mi madre tardó en responder.
—Porque alguien debía creer que él había muerto.
—¿Quién?
—Todos.
—No entiendo.
—Si la persona que lo perseguía pensaba que estaba muerto, dejaría de buscarlo.
—Pero estaba muerto.
—Sí.
—Entonces…
—Pero nadie sabía cuándo había muerto.
La lógica comenzó a aparecer lentamente.
—Querían que pareciera que murió inmediatamente.
—Sí.
—Para que nadie buscara a quienes estuvieron con él después.
—Sí.
—Mi abuela.
—Sí.
—¿Y Gabriel?
Mi madre guardó silencio.
—Mamá.
—Gabriel también estuvo allí.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Qué?
—Gabriel visitó a tu padre.
—¿Cuándo?
—El segundo día.
—¿Por qué?
—Porque tu padre le entregó algo.
—¿Qué?
—No lo sé.
—¿Mi abuela lo sabía?
—Sí.
—¿Y Gabriel?
—También.
—Entonces todos estaban conectados.
—Sí.
—¿Por qué yo no sabía nada?
Mi madre comenzó a llorar.
—Porque eras demasiado joven.
—Ya no.
—Lo sé.
—Entonces dime lo último.
—¿Qué?
—¿Qué hizo mi abuela con las cosas de mi padre después de su muerte?
Silencio.
Muy largo.
Finalmente mi madre respondió:
—Las escondió.
—¿Dónde?
—En el único lugar donde sabía que nadie las buscaría.
—¿Dónde?
—En tu habitación.
Mi corazón se detuvo.
—¿En mi habitación?
—Sí.
—¿Dónde?