No fuimos a buscarlo.
Al menos, eso fue lo que nos dijimos.
Aquella mañana permanecimos en la casa del lago, intentando vivir como si el día que teníamos delante fuera un día cualquiera.
No lo era.
Había una dirección sobre la mesa.
Una fotografía.
Una fecha.
Y un nombre que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar demasiado.
Gabriel.
Durante veinte años había sido un recuerdo.
Una fotografía.
Una voz.
Una ausencia.
Ahora podía convertirse nuevamente en una persona.
Y eso me aterraba más que la posibilidad de que estuviera muerto.
Porque una ausencia puede convertirse en parte de nosotros.
Pero una persona que regresa puede cambiarlo todo.
Tomás preparó café.
Yo estaba sentada frente a la ventana.
—¿Quieres azúcar?
—No.
—Siempre le ponías dos cucharadas.
Lo miré.
—¿Cómo recuerdas eso?
—Recuerdo demasiadas cosas.
Sonreí.
—Yo también.
Me dejó la taza delante.
—No tienes que decidir nada hoy.
—¿Qué quieres decir?
—Si él aparece, no tienes que abrazarlo.
—Lo sé.
—No tienes que perdonarlo.
—Lo sé.
—No tienes que explicarle tu vida.
—Tomás…
—¿Sí?
—No tienes que protegerme de él.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que te alejes.
—No voy a hacerlo.
Tomé su mano.
—Entonces quédate.
—Siempre que tú quieras que me quede.
Aquella respuesta me hizo sonreír.
—Quiero.
A las once de la mañana llegó Mateo.
Traía una carpeta.
—Encontré algo.
Tomás levantó la mirada.
—¿Otra cosa?
—Sí.
—¿Qué?
Mateo dejó la carpeta sobre la mesa.
—La fotografía que recibieron no fue tomada hace tres meses.
La abrí.
—¿Cómo lo sabes?
—Analicé el papel.
—¿Y?
—La fecha fue escrita posteriormente.
—¿Por quién?
—No lo sé.
Tomás tomó la fotografía.
—Entonces alguien quiso que creyéramos que Gabriel estaba vivo hace tres meses.
Mateo asintió.
—Exactamente.
Sentí un escalofrío.
—¿Y si no está vivo?
—Es posible.
—¿Entonces por qué enviarnos esto?
Mateo me miró.
—Para hacerte ir.
—¿A dónde?
—A esa dirección.
Tomás se cruzó de brazos.
—¿Y si es una trampa?
—Podría serlo.
Miré la fotografía.
—Entonces no iremos.
Mateo asintió.
—Eso pensé.
—¿Qué propones?
—Esperar.
Sonreí.
—Parece que esperar se convirtió en nuestra especialidad.
Mateo no sonrió.
—Esta vez puede salvarnos.
A las seis de la tarde, no ocurrió nada.
A las siete, tampoco.
A las ocho, seguimos esperando.
La dirección permanecía sobre la mesa.
Un pequeño edificio antiguo.
Una calle tranquila.
Nada más.
A las nueve y media, recibimos otro mensaje.
«Mañana.»
Solo eso.
Tomás miró el teléfono.
—Está jugando con nosotros.
—Sí.
—Quiere que vayamos.
—Sí.
—Entonces no iremos.
—No.
Mateo se levantó.
—Me voy.
—¿A dónde?
—A buscar quién registró ese edificio.
—¿Y nosotros?
—Quédense aquí.
Tomás lo miró.
—¿Seguro?
—Sí.
Mateo se dirigió a la puerta.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Clara.
—¿Sí?
—Si Gabriel realmente está vivo…
Esperó.
—No dejes que la nostalgia decida por ti.
Asentí.
—No lo haré.
La puerta se cerró.
Tomás se acercó a la ventana.
—¿Sabes qué pienso?
—¿Qué?
—Que Mateo tiene razón.
—¿Sobre Gabriel?
—Sobre la nostalgia.
Me levanté.
—No siento nostalgia.
—¿No?
—No.
—¿Qué sientes?
Pensé.
—Curiosidad.
—¿Solo eso?
—Y tristeza.
—¿Por qué?
—Porque si está vivo, significa que pasó veinte años lejos de nosotros.
Tomás bajó la mirada.
—Quizá no tuvo elección.
—Quizá.
—No lo juzgues antes de escucharlo.
Lo miré.
—¿Tú podrías perdonarlo?
Tomás tardó en responder.
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque no sé qué hizo.
—¿Y si te pide perdón?
—Entonces decidiré después de escucharlo.
Asentí.
—Eso es justo.
Tomás sonrió.
—Aprendí de ti.
A las once y cuarenta y siete de la noche escuchamos un golpe.
No en la puerta.
En la ventana.
Me sobresalté.
Tomás se levantó.
—Quédate aquí.
—No.
—Clara…
—No vuelvas a decirme que me quede atrás.
Me miró.
—Está bien.
Nos acercamos juntos.
La ventana estaba cerrada.
No había nadie afuera.
Pero sobre el alféizar había algo.
Una pequeña caja.
Tomás abrió la ventana.
La tomó.
Dentro había una fotografía.
La observé.
Era una imagen de Gabriel.
Estaba sentado frente a una mesa.
Parecía mayor.
Mucho mayor.
Pero era él.
No había duda.
Su rostro había cambiado.
Su cabello tenía algunas canas.
La mirada era más cansada.
Pero era él.
Sentí que las piernas me fallaban.
Tomás sostuvo la fotografía.
Detrás había una frase:
«No he dejado de pensar en ustedes.»
Me senté.
—Está vivo.
Tomás no respondió.
—Está vivo.
—Sí.
No lloré.
No sonreí.
Solo respiré.
—¿Por qué?
Tomás se sentó junto a mí.
—No lo sé.
—Veinte años.
—Sí.
—¿Cómo puede alguien desaparecer veinte años?
—No lo sé.
Miré nuevamente la fotografía.
—Está solo.
—¿Cómo sabes?
—Míralo.
Tomás observó.
—Parece cansado.
—Sí.
—Eso no significa que esté solo.
—Lo sé.
La caja contenía otra cosa.
Una pequeña llave.