Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 18 LA CASA QUE NOS ESTABA ESPERANDO

La casa apareció detrás de los árboles.

Durante unos segundos nadie dijo una palabra.

Habíamos caminado casi una hora por un sendero estrecho, siguiendo a Gabriel entre pinos y pequeñas pendientes que parecían conducir hacia ninguna parte. El bosque se había ido cerrando a nuestro alrededor hasta que, finalmente, apareció una construcción de madera al fondo.

No era grande.

No era lujosa.

Pero tenía algo que me hizo detenerme.

La reconocí.

No por haberla visto antes.

Sino porque, de alguna manera inexplicable, sentí que había estado esperándome.

—Es aquí —dijo Gabriel.

Tomás se quedó a mi lado.

Mateo observó la casa con desconfianza.

—¿Tu padre construyó esto?

Gabriel asintió.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de que Clara naciera.

Me giré lentamente hacia él.

—¿Antes de que yo naciera?

—Sí.

—¿Por qué?

Gabriel no respondió.

—Gabriel.

—Porque sabía que algún día necesitarías un lugar donde empezar de nuevo.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Cómo podía saberlo?

—Porque conocía el mundo.

—Eso no responde.

Gabriel bajó la mirada.

—Tu padre sabía que su trabajo podía ponerlos en peligro.

Tomás observó la fachada.

—Entonces la construyó como refugio.

—Sí.

Mateo señaló la puerta.

—¿Y cómo entramos?

Gabriel sacó una llave.

Pero antes de introducirla en la cerradura, me la entregó.

—Tú.

La miré.

—¿Por qué yo?

—Porque esta casa nunca fue mía.

—¿De quién era?

Gabriel sostuvo mi mirada.

—Tuya.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba.

Tomé la llave.

La introduje.

Giré.

La puerta se abrió.

Y entré.

El interior olía a madera antigua, libros y humedad.

Había muebles cubiertos con telas.

Una chimenea.

Una mesa.

Una biblioteca.

Un pequeño dormitorio.

Y, al fondo, una habitación enorme con ventanales que daban al bosque.

Me quedé inmóvil.

—Es hermosa.

Gabriel sonrió.

—Tu padre decía que necesitabas mucha luz.

Me acerqué a los ventanales.

La luz de la mañana entraba a raudales.

—¿Él estuvo aquí?

—Muchas veces.

—¿Solo?

—Con tu abuela.

—¿Y tú?

—Algunas veces.

—¿Antes o después del accidente?

Gabriel guardó silencio.

—Después.

Me giré.

—Entonces sabías que estaba viva.

—No.

—¿Cuándo descubriste esta casa?

—Después del accidente.

—¿Quién te la mostró?

—Tu abuela.

Aquella respuesta volvió a abrir una herida.

—Mi abuela sabía que existía.

—Sí.

—¿Por qué nunca me la mostró?

Gabriel me miró.

—Porque no quería que nadie supiera que la tenías.

—¿Ni siquiera yo?

—Especialmente tú.

—Eso no tiene sentido.

—En aquel momento sí.

—Todo parece tener sentido cuando alguien quiere justificar un secreto.

Gabriel bajó la mirada.

—Tienes razón.

Tomás se acercó.

—¿Qué hay aquí?

Gabriel señaló la biblioteca.

—Todo lo que tu padre quiso conservar.

Mateo caminó hacia los estantes.

—¿Documentos?

—Algunos.

—¿Pruebas?

—También.

—¿Y por qué nunca las entregaste?

Gabriel respondió:

—Porque no sabía en quién confiar.

Tomás lo miró.

—¿Ni siquiera en nosotros?

Gabriel sostuvo su mirada.

—Especialmente en ustedes.

—¿Por qué?

—Porque eran lo único que me importaba.

Tomás permaneció en silencio.

Yo comprendí algo.

Gabriel había pasado veinte años tomando decisiones por miedo.

Mi padre también.

Mi abuela también.

Y ahora Tomás y yo teníamos la posibilidad de romper esa cadena.

—No quiero que nadie vuelva a decidir por mí —dije.

Gabriel asintió.

—Lo sé.

—Entonces muéstrame todo.

Su rostro cambió.

—¿Todo?

—Todo.

—Clara…

—Sin secretos.

Gabriel respiró profundamente.

—Está bien.

La biblioteca tenía una sección cerrada con llave.

Gabriel retiró varios libros.

Detrás apareció una pequeña puerta.

—Tu padre la construyó.

Tomás observó.

—¿Qué hay dentro?

—La verdad que no pudo llevarse consigo.

Abrió.

Había carpetas.

Cajas.

Fotografías.

Discos antiguos.

Grabaciones.

Documentos.

Un pequeño grabador.

Y una caja de madera.

Me acerqué.

La caja tenía una inscripción.

PARA MI HIJA.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Puedo?

Gabriel asintió.

Abrí.

Dentro había una fotografía.

Mi padre conmigo cuando era pequeña.

Yo tenía unos cuatro años.

Él me llevaba sobre los hombros.

Sonreía.

Yo también.

Debajo había una carta.

La tomé.

«Clara:

Quizá algún día encuentres este lugar.

Si lo haces, quiero que sepas que lo construí pensando en ti.

No porque creyera que el mundo fuera un lugar peligroso.

Sino porque comprendí que incluso los lugares más hermosos pueden serlo cuando las personas olvidan quiénes son.

Quiero que tengas un sitio donde nadie pueda decirte quién debes ser.

Ni yo.

Ni tu madre.

Ni tu abuela.

Ni Gabriel.

Ni nadie.

Si algún día necesitas empezar otra vez, hazlo.

No tengas miedo.

Empezar no significa haber fracasado.

Significa haber encontrado el valor de intentarlo de nuevo.»

Tuve que detenerme.

Tomás me abrazó.

—Continúa cuando puedas.

Limpié mis lágrimas.

Seguí.

«Hay algo más.

Nunca te dije toda la verdad sobre el día que conocí a Gabriel.

Él no llegó a mi vida por casualidad.

Lo encontré buscando respuestas.

Y descubrí que él también estaba buscando a alguien.

A su hermana.»




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