El mensaje permaneció en la pantalla durante varios segundos.
«Sofía no es la persona que creen.»
No sabía qué me inquietaba más: la frase o el hecho de que alguien hubiera tomado una fotografía de nosotros dentro del automóvil sin que ninguno lo notara.
Guardé el teléfono.
—No les digas nada todavía —dijo Gabriel.
Lo miré por el espejo retrovisor.
—¿Por qué?
—Porque si quien envió el mensaje sabe que lo recibimos, también sabrá que estamos alerta.
Tomás se giró hacia él.
—Ya estamos alerta.
—No lo suficiente.
Mateo miraba por la ventana.
—¿Vieron algún vehículo?
—No —respondió Tomás.
—Entonces probablemente no nos siguen desde atrás.
—¿Qué quieres decir?
Mateo señaló el teléfono.
—La fotografía fue tomada desde un ángulo demasiado alto.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Un edificio?
—O un puente.
Miré hacia la carretera.
—No vi a nadie.
—Ese es el problema —respondió Mateo—. Alguien pudo observarnos sin acercarse.
Sentí un escalofrío.
—¿Creen que todavía estamos en peligro?
Gabriel respondió sin apartar los ojos del camino.
—Sí.
Tomás tomó mi mano.
—Pero esta vez sabemos que lo estamos.
Aquella diferencia parecía pequeña.
No lo era.
Durante años había vivido rodeada de secretos sin saber siquiera que existían.
Ahora conocía el peligro.
Y, aunque me aterraba, también me daba algo que antes no tenía:
elección.
Podía detenerme.
Podía regresar.
Podía seguir.
Nadie iba a decidir por mí.
—Quiero continuar —dije.
Gabriel me miró por el espejo.
—¿Segura?
—Sí.
—Podemos regresar.
—No.
—Clara…
—He pasado media vida intentando entender por qué me quitaron mis recuerdos. No voy a detenerme ahora que finalmente puedo reconstruirlos.
Tomás sonrió.
—Entonces seguimos.
Gabriel volvió la mirada hacia la carretera.
—Seguimos.
El viaje hacia el sur fue largo.
Durante las primeras horas casi no hablamos.
El paisaje comenzó a cambiar lentamente.
Las calles conocidas quedaron atrás.
Los edificios desaparecieron.
La carretera se extendió delante de nosotros.
Yo observaba por la ventana mientras intentaba ordenar todo lo que habíamos descubierto.
Mi padre.
Mi abuela.
Gabriel.
Sofía.
Andrés.
La red.
La casa.
El Proyecto Morse.
Y ahora Chile.
Había demasiadas piezas.
Demasiadas preguntas.
Tomás rompió el silencio.
—¿En qué piensas?
—En que durante años creí que mi vida era sencilla.
—¿Y ahora?
—Ahora parece una novela demasiado complicada.
Mateo se rio desde el asiento delantero.
—Créeme, todavía no hemos llegado a la parte complicada.
—No me tranquiliza.
—No era la intención.
Sonreí.
Tomás apretó suavemente mi mano.
—¿Quieres saber algo?
—¿Qué?
—Yo también pensaba que mi vida era sencilla.
—¿Y qué pasó?
—Te conocí.
Lo miré.
—Eso no suena muy sencillo.
—Nunca dije que fuera una queja.
Me reí.
Gabriel nos observó brevemente por el espejo.
Y por primera vez desde que lo habíamos encontrado, sonrió de verdad.
—Me alegra verte así.
Lo miré.
—¿Así cómo?
—Feliz.
La palabra me sorprendió.
—No sé si soy feliz.
—Lo eres.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando yo te conocí, sonreías para ocultar el miedo.
Hizo una pausa.
—Ahora sonríes aunque tengas miedo.
No respondí.
Porque tenía razón.
Al caer la tarde paramos en un pequeño restaurante de carretera.
Era un lugar sencillo.
Mesas de madera.
Ventanas grandes.
Unas pocas personas cenando.
Nos sentamos juntos.
Gabriel permaneció algo apartado.
Yo lo observaba.
Era extraño tenerlo cerca.
Durante tantos años había existido únicamente en mi memoria.
Ahora respiraba.
Comía.
Sonreía.
Se cansaba.
Era humano.
Eso hacía que fuera más difícil idealizarlo.
Y también más fácil perdonarlo.
—¿Qué? —preguntó cuando se dio cuenta de que lo miraba.
—Nada.
—Me estás observando.
—Intento acostumbrarme.
—¿A qué?
—A que estás vivo.
Gabriel sonrió.
—Yo todavía estoy intentando acostumbrarme.
—¿A qué?
—A que tú también.
Bajé la mirada.
Tomás estaba a mi lado.
No parecía incómodo.
Eso me sorprendió.
—Tomás.
—¿Sí?
—¿No te molesta?
—¿Qué?
—Que esté aquí.
Tomás miró a Gabriel.
Después a mí.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque el pasado no compite conmigo.
Gabriel bajó la mirada.
Aquella frase pareció afectarlo.
—Ojalá hubiera entendido eso hace veinte años —dijo.
Tomás lo miró.
—Quizá no estabas preparado.
Gabriel asintió.
—Quizá.
Yo intervine:
—¿Y ahora?
Gabriel me miró.
—Ahora sé que amar a alguien no significa desaparecer para siempre.
Tomás sonrió.
—Eso parece importante.
—Lo es.
Durante unos segundos nadie habló.
Hasta que Gabriel dijo:
—Sofía me enseñó eso.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo?
Gabriel miró por la ventana.
—Porque ella también tuvo que desaparecer.
—¿Por qué?
—Para sobrevivir.
—¿Qué pasó con ella?
Gabriel respiró profundamente.
—Nuestra familia estaba involucrada en negocios que no comprendíamos.
—¿Ilegales?
—Algunos.
—¿Y tu hermana?
—Intentó salir.
—¿Quién la ayudó?
—Tu padre.
—¿Por qué?
—Porque descubrió que ella no era culpable.
Mateo intervino:
—¿Y Andrés?
Gabriel lo miró.
—Andrés estaba encargado de encontrarla.