Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 20 EL NOMBRE QUE HABÍA SIDO BORRADO

La lluvia continuaba golpeando el techo de la cabaña.

Durante varios minutos nadie habló.

La frase de Gabriel seguía suspendida en el aire.

«Quién era realmente tu padre antes de conocerte.»

No sabía qué podía ser peor.

Descubrir que mi padre había llevado una vida secreta.

Descubrir que había estado involucrado en algo peligroso.

O descubrir que quizá toda la imagen que yo conservaba de él había sido construida sobre una mentira.

Me levanté lentamente.

—Quiero ir.

Tomás se puso de pie.

—Yo también.

Gabriel negó.

—No podemos ir todos.

—¿Por qué?

—Porque si Sofía preparó este encuentro, tiene un motivo.

—Precisamente por eso quiero ir.

Gabriel me observó.

—Clara, si ella está diciendo la verdad, vas a escuchar cosas que pueden cambiar la manera en que recuerdas a tu padre.

—Ya cambió.

—No.

Se acercó.

—Todavía no.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué quieres decir?

Gabriel bajó la voz.

—Lo que sabes hasta ahora es apenas la superficie.

Tomás se acercó a mí.

—Entonces no la dejemos esperando.

Gabriel cerró los ojos.

Finalmente asintió.

—Está bien.

Mateo tomó su abrigo.

—¿Dónde está?

Gabriel señaló un punto en el mapa.

—A unos veinte kilómetros.

—¿En la montaña?

—Sí.

—¿Cómo llegamos?

—Hay un camino secundario.

—¿Seguro?

Gabriel respondió:

—No.

Mateo sonrió irónicamente.

—Perfecto.

Salimos de la cabaña poco antes del amanecer.

La lluvia había disminuido, pero el suelo estaba cubierto de barro.

El camino era estrecho.

A ambos lados se levantaban árboles enormes.

El vehículo avanzaba lentamente.

Yo llevaba la pequeña llave entre los dedos.

No sabía por qué.

Quizá porque necesitaba sentir algo concreto.

Algo que pudiera tocar.

Algo que no fuera un recuerdo.

Tomás me miró.

—¿Estás bien?

—No.

—¿Quieres detenernos?

—No.

—¿Quieres hablar?

—Sí.

Esperó.

—Tengo miedo de descubrir algo que no pueda perdonar.

Tomás respondió:

—No tienes que perdonar todo.

—¿Entonces?

—Puedes entender.

—¿Y si tampoco puedo entender?

—Entonces podrás vivir sin entenderlo.

Lo miré.

—¿Cómo haces eso?

—No lo hago.

Sonrió.

—Solo aprendí que algunas respuestas no arreglan las heridas.

Me quedé callada.

Tenía razón.

Quizá había pasado demasiado tiempo buscando una explicación que pudiera devolverme lo perdido.

Pero algunas cosas no podían devolverse.

Mi padre no volvería.

Mi abuela tampoco.

Los años perdidos no regresarían.

Lo único que podía recuperar era mi libertad.

Llegamos a un pequeño claro.

Había una construcción de piedra al fondo.

Parecía una antigua estación meteorológica abandonada.

Gabriel bajó del vehículo.

—Es aquí.

Mateo miró alrededor.

—No veo a nadie.

—Ella aparecerá.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me conoce.

Gabriel avanzó.

Yo fui detrás.

Tomás tomó mi mano.

La puerta estaba entreabierta.

Entramos.

El interior estaba vacío.

Había una mesa.

Dos sillas.

Una lámpara.

Y una fotografía.

La tomé.

Era Sofía.

Más joven.

Mucho más joven.

A su lado estaba mi padre.

Y entre ambos había una niña.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién es ella?

Gabriel se acercó.

Su rostro cambió.

—Sofía.

—¿Qué?

—Esa niña es Sofía.

Miré nuevamente la fotografía.

—¿Entonces…?

—Tu padre la encontró cuando era una niña.

—¿Dónde?

—En una casa que pertenecía a la organización.

—¿Y la rescató?

Gabriel asintió.

—Sí.

—Entonces Sofía no era tu hermana biológica.

—No.

Sentí que todo volvía a cambiar.

—¿Por qué dijiste que era tu hermana?

Gabriel bajó la mirada.

—Porque así la consideraba.

—¿Y ella?

—También.

—Entonces…

—Nuestra familia fue elegida.

Me quedé inmóvil.

Aquella frase me golpeó profundamente.

Nuestra familia fue elegida.

No por sangre.

Por decisión.

Tomás observó la fotografía.

—¿Qué significa esto?

Gabriel señaló a mi padre.

—Él no solo investigaba a esa organización.

—¿Qué hacía?

—Rescataba personas.

—¿Personas?

—Personas que habían quedado atrapadas en ella.

Mateo abrió una carpeta que estaba sobre la mesa.

—Aquí hay nombres.

La abrió.

Había fotografías.

Personas jóvenes.

Adultos.

Niños.

Familias.

Todos tenían algo en común.

Habían desaparecido de sus lugares de origen.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Gabriel respondió:

—Una lista de personas que tu padre ayudó.

—¿Y Sofía estaba ahí?

—Sí.

—¿Gabriel?

—Sí.

—¿Mi padre?

—Sí.

—¿Y yo?

Gabriel me miró.

—Tú eras la razón por la que él quería terminar.

—¿Terminar qué?

—La red.

Sentí un escalofrío.

—Entonces mi padre no era parte de ellos.

—No.

—Los estaba combatiendo.

—Sí.

Una sensación de alivio me atravesó.

Durante tantos años había temido descubrir que mi padre había sido una persona diferente.

Ahora entendía que sus secretos no escondían una vida oscura.

Escondían una vida de sacrificio.

Pero aún quedaba una pregunta.

—¿Por qué mi abuela tenía miedo?

Gabriel respondió:

—Porque conocía el precio.

—¿Qué precio?

—Tu padre había salvado a demasiadas personas.

—¿Y eso lo convirtió en objetivo?

—Sí.

Mateo señaló un documento.

—Aquí hay una fecha.

Todos miramos.

Era el año de mi nacimiento.




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