Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 21 EL HOMBRE DEL OTRO LADO

La llamada terminó.

Pero la voz permaneció conmigo.

No porque hubiera dicho algo extraordinario.

Sino porque había pronunciado mi nombre exactamente como lo recordaba.

Clara.

No «Clara» como lo decía mi madre.

No como lo pronunciaba Tomás.

No como lo había dicho Gabriel.

Era una voz que pertenecía a un recuerdo mucho más antiguo.

Una voz que había desaparecido de mi vida cuando yo todavía era demasiado pequeña para comprender por qué.

Me quedé mirando el teléfono.

—¿Estás bien? —preguntó Tomás.

No respondí.

Gabriel se acercó.

—¿Qué dijo?

Lo miré.

—Dijo que es mi abuelo.

Gabriel cerró los ojos.

—Entonces finalmente decidió hablar.

—¿Lo conoces?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de conocerte.

—¿Por qué nunca me dijiste que podía estar vivo?

Gabriel bajó la mirada.

—Porque no sabía si lo estaba.

Sofía intervino:

—Yo tampoco.

Mateo guardó silencio.

—¿Qué significa todo esto? —pregunté.

Sofía respiró profundamente.

—Significa que la persona que todos creíamos desaparecida nunca desapareció realmente.

—¿Dónde estuvo?

—En muchos lugares.

—¿Haciendo qué?

—Construyendo la red.

Sentí un escalofrío.

—Entonces era él.

—Sí.

—¿Mi abuelo?

—Sí.

Me aparté unos pasos.

—No.

Tomás me siguió.

—Clara…

—No.

—No tienes que aceptar todo ahora.

—Mi abuelo me llevaba al parque.

—Lo sé.

—Me enseñó a andar en bicicleta.

—Sí.

—Me compraba helado.

—Lo sé.

—Me decía que yo era su pequeña estrella.

Tomás no dijo nada.

—¿Cómo puede ser el mismo hombre?

Sofía respondió:

—Porque las personas pueden vivir vidas contradictorias.

La miré.

—No quiero escuchar eso.

—Lo sé.

—Quiero que me digas que es mentira.

Sofía bajó la mirada.

—No puedo.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

No por miedo.

Por duelo.

Era como perder por segunda vez a alguien que ya había perdido una vez.

Solo que esta vez descubría que la persona que extrañaba quizá nunca había sido quien yo creía.

Nos refugiamos en una pequeña cabaña cercana.

Nadie encendió las luces.

El bosque estaba completamente oscuro.

Gabriel se sentó junto a la ventana.

Mateo revisaba los teléfonos.

Sofía permanecía de pie.

Tomás estaba conmigo.

—Necesito saberlo todo —dije.

Sofía asintió.

—Entonces tendrás que escuchar cosas difíciles.

—Ya estoy acostumbrada.

—No deberías estarlo.

—Pero lo estoy.

Sofía tomó aire.

—Tu abuelo comenzó a trabajar con esa red mucho antes de que nacieras.

—¿Por qué?

—Dinero.

—¿Solo por dinero?

—Al principio.

—¿Y después?

—Poder.

—¿Qué tipo de poder?

—El poder de decidir qué información existía y cuál desaparecía.

Mateo levantó la mirada.

—Por eso podía borrar registros.

—Sí.

—Por eso podía cambiar identidades.

—Sí.

—Por eso pudo hacer desaparecer a personas.

—Sí.

Sentí un escalofrío.

—¿Y mi padre?

—Lo descubrió.

—¿Cómo?

—Porque comenzó a notar que algunas personas desaparecían de los registros.

—¿Y decidió investigarlo?

—Sí.

—¿Sabiendo que era su propio suegro?

Sofía asintió.

—Sí.

Me quedé inmóvil.

—Entonces mi padre sabía.

—Sí.

—¿Y mi madre?

Sofía tardó en responder.

—Tu madre sabía una parte.

—¿Qué parte?

—Que tu padre sospechaba de tu abuelo.

—¿Y por qué no me lo dijo?

—Porque tu abuelo la amenazó.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Con qué?

—Contigo.

Tomás apretó mi mano.

—¿Qué quería?

—Que tu madre mantuviera silencio.

—¿Y lo hizo?

—Durante años.

—¿Por miedo?

—Sí.

—Entonces mi madre también fue una víctima.

Sofía asintió.

—En parte.

—¿En parte?

—Porque después comenzó a colaborar.

El silencio fue inmediato.

—¿Qué?

—Tu madre entregó información.

—No.

—Sí.

—¿A mi abuelo?

—Sí.

Sentí que la rabia reemplazaba al dolor.

—¿Qué información?

—Sobre tu padre.

—¿Y sobre mí?

Sofía no respondió.

—¡Sobre mí!

—Sí.

Me quedé sin respiración.

—¿Qué le decía?

—Dónde estabas.

—¿Con quién?

—Dónde estudiabas.

—¿Qué hacía?

—Con quién te relacionabas.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Entonces…

Tomás me sostuvo.

—Respira.

—Mi propia madre…

—No sabemos toda la historia.

Sofía intervino:

—Tu madre estaba aterrada.

—Eso no la justifica.

—No.

—Entonces no la justifiques.

—No lo estoy haciendo.

Sofía bajó la voz.

—Pero debes saber que, cuando finalmente comprendió lo que estaba haciendo, intentó detenerlo.

—¿Cuándo?

—Después de la muerte de tu padre.

—¿Y mi abuelo?

—La amenazó nuevamente.

—¿Con qué?

—Con hacerte desaparecer.

Cerré los ojos.

Aquella palabra me atravesó.

Desaparecer.

Era la misma palabra que había aparecido tantas veces en los documentos.

La misma palabra que había perseguido a todas esas familias.

—Entonces mi madre intentó protegerme.

—Sí.

—Pero siguió mintiendo.

—Sí.

—Como todos.

Sofía asintió.

—Porque tenían miedo.

—Yo también tenía miedo.

Tomás me miró.

—Y aun así estás aquí.

Gabriel se acercó.

—Hay algo que necesitas saber.

Lo miré.

—¿Qué?

—Tu padre no murió por las pruebas.

—¿Entonces?

—Murió porque intentó sacar a tu madre de esa red.

Me quedé inmóvil.

—¿Mi madre estaba en peligro?




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