No regresé a la casa del lago aquella noche.
No podía.
Después de todo lo que habíamos descubierto, volver allí me parecía imposible. Durante años había pensado que aquel lugar representaba mis recuerdos más puros: mi infancia, las tardes junto al agua, las conversaciones con mi abuela, las primeras veces que había sentido que el mundo podía ser un lugar seguro.
Ahora sabía que también escondía secretos.
Pero había algo que me inquietaba todavía más.
El último mensaje.
«Tu padre no murió en el accidente.»
Y después:
«Busca debajo del lugar donde aprendiste a amar.»
No podía dejar de pensar en esas palabras.
Tomás estaba sentado frente a mí, en silencio.
Gabriel se encontraba junto a la ventana.
Sofía revisaba nuevamente los documentos.
Mateo hablaba por teléfono con el abogado.
Todos parecían comprender que aquello no era simplemente otra pista.
Era algo personal.
Algo que mi padre había dejado para mí.
—Tenemos que volver —dije.
Tomás levantó la mirada.
—Sí.
—Pero esta vez no quiero que nadie me acompañe.
Gabriel se giró inmediatamente.
—No.
—No he terminado.
—Clara…
—Quiero ir con Tomás.
Gabriel permaneció callado.
—No quiero un grupo de personas detrás de mí. No quiero sentir que necesito un ejército para entrar en mi propia casa.
Tomás sonrió ligeramente.
—No voy a discutir eso.
Gabriel respiró profundamente.
—Entonces iré detrás.
—No.
—A distancia.
—Gabriel.
Me miró.
—Está bien.
Sofía intervino:
—Yo también puedo quedarme atrás.
Mateo levantó la mirada.
—Yo controlaré los alrededores.
Los observé.
Por primera vez comprendí algo.
Todos querían protegerme.
Pero protegerme ya no significaba encerrarme en una habitación llena de secretos.
—Gracias —dije—. Pero esta vez necesito hacerlo yo.
Tomás tomó mi mano.
—Entonces lo haremos juntos.
Regresamos a la casa del lago antes del amanecer.
El camino estaba vacío.
La niebla cubría parcialmente los árboles.
Cuando llegamos, me quedé dentro del automóvil durante unos segundos.
No quería bajar.
Tomás apagó el motor.
—¿Qué pasa?
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—Aquí fui feliz.
—Y puedes volver a serlo.
—¿Y si ya no puedo?
Tomás me miró.
—Entonces construiremos otro lugar.
Abrí la puerta.
Bajé.
El aire frío golpeó mi rostro.
La casa estaba exactamente como la habíamos dejado.
Pero ya no la veía igual.
Caminé hasta la entrada.
Toqué la madera.
Recordé a mi abuela.
Recordé a mi padre.
Recordé a Gabriel.
Recordé a la mujer que yo había sido.
Después abrí.
Entramos.
Todo estaba oscuro.
Encendí una lámpara.
El salón apareció lentamente.
Los muebles.
La biblioteca.
Las fotografías.
La vieja escalera.
Y la ventana desde donde podía verse el lago.
Tomás se acercó.
—¿Dónde aprendiste a amar?
Miré hacia la ventana.
—No sé.
—Piensa.
Cerré los ojos.
Intenté recordar.
No el momento en que conocí a Gabriel.
No el primer beso.
No la primera vez que alguien me dijo que me quería.
Busqué algo anterior.
Mucho anterior.
Y entonces lo recordé.
—El banco.
—¿Qué banco?
—El que está junto al lago.
Salimos.
El cielo comenzaba a iluminarse.
Caminamos hasta el viejo banco.
Me senté.
Tomás permaneció de pie.
—Aquí.
—¿Qué ocurrió?
Sonreí.
—Mi padre me sentaba aquí cuando era niña.
—¿Y qué hacían?
—Mirábamos el agua.
—¿Solo eso?
—Sí.
—¿Nunca hablaban?
—Muchísimo.
—¿De qué?
—De cualquier cosa.
Miré el lago.
—Una vez me preguntó qué quería ser cuando fuera grande.
—¿Qué dijiste?
—Pintora.
Tomás sonrió.
—Y lo fuiste.
—Sí.
—¿Y él qué dijo?
—Que podía ser lo que quisiera.
—¿Y tú le creíste?
—Siempre le creí.
Sentí una lágrima.
—Hasta que descubrí todas sus mentiras.
Tomás se sentó junto a mí.
—Quizá algunas no fueron mentiras.
—¿Qué fueron?
—Decisiones equivocadas.
Miré el suelo.
—Quizá.
Toqué la madera debajo del banco.
Había algo extraño.
Una pequeña irregularidad.
Me arrodillé.
—Tomás.
—¿Qué?
—Mira.
Había una tabla ligeramente levantada.
Tomás la examinó.
—Es hueca.
La levantó.
Debajo había un pequeño compartimento.
Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.
Dentro había una caja.
Pero no era como las anteriores.
Esta era diminuta.
De metal.
Y tenía una inscripción.
CLARA.
La tomé.
No había llave.
Solo una pequeña cerradura numérica.
Tomás miró el cierre.
—¿Tienes alguna idea?
Sí.
La fecha de mi nacimiento.
Probé.
Nada.
La fecha de nacimiento de mi padre.
Nada.
La fecha del accidente.
Nada.
La fecha de mi primer cuadro.
Nada.
Me quedé pensando.
Entonces recordé algo.
Mi padre siempre decía:
—«No recuerdes cuándo empezó algo. Recuerda por qué empezó.»
Lo miré.
El motivo.
No la fecha.
El banco.
Mi infancia.
La primera vez que había decidido que quería pintar.
Introduje cuatro números.
La caja se abrió.
Dentro había una pequeña memoria digital y una carta.
Tomé la carta.
La letra de mi padre.
«Clara:
Si encontraste esto, significa que finalmente entendiste dónde debías buscar.
No debajo de una casa.
No dentro de una caja.
No en un documento.