Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 24 DONDE TODO COMENZÓ

A las cinco y cuarenta de la mañana ya estaba despierta.

No había dormido.

No porque tuviera miedo de regresar al lago.

Sino porque sabía que, al hacerlo, quizá tendría que despedirme definitivamente de la versión de mi padre que había conservado durante toda mi vida.

Había personas que podían morir una sola vez.

Mi padre había muerto para mí dos veces.

La primera, cuando tenía seis años y me dijeron que un accidente se lo había llevado.

La segunda, cuando descubrí que la historia de aquel accidente había sido mucho más complicada.

Pero aquella mañana podía ocurrir una tercera.

Podía descubrir que incluso la última imagen que conservaba de él había sido construida sobre una mentira.

Tomás estaba sentado junto a la ventana.

—¿No dormiste?

Negué.

—Tú tampoco.

—No.

Sonrió.

—Entonces estamos empatados.

Me acerqué a la ventana.

La ciudad comenzaba a despertar.

—¿Crees que mi padre está vivo?

Tomás tardó en responder.

—No lo sé.

—¿Y si lo está?

—Entonces lo descubriremos.

—¿Y si murió de verdad?

—Entonces también lo descubriremos.

—¿Cómo puedes decirlo con tanta tranquilidad?

—No estoy tranquilo.

Me miró.

—Pero aprendí algo contigo.

—¿Qué?

—Que la verdad puede doler menos cuando dejamos de intentar controlar cuál será.

Me quedé callada.

Tenía razón.

Durante semanas había intentado anticipar cada respuesta.

Cada secreto.

Cada nombre.

Cada traición.

Y, sin embargo, la vida seguía encontrando maneras de sorprenderme.

Tomé mi abrigo.

—Vamos.

Tomás se puso de pie.

—Vamos.

Llegamos al lago cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse.

La niebla cubría parcialmente el agua.

El muelle parecía exactamente igual.

Las tablas de madera.

Los árboles.

El banco.

La pequeña curva de la orilla.

Todo estaba en silencio.

Me quedé inmóvil al verlo.

—Aquí lo conocí.

Tomás sonrió.

—Sí.

—Y pensé que era un desconocido.

—También lo era.

—¿Crees que las personas pueden ser desconocidas incluso después de conocerlas durante años?

—Sí.

—¿Y nosotros?

Tomás tomó mi mano.

—Nosotros seguimos conociéndonos.

Sonreí.

—Me gusta esa respuesta.

Caminamos hasta el banco.

No había nadie.

Esperamos.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Nada.

—Quizá no venga —dijo Tomás.

—Quizá.

—¿Quieres irnos?

Negué.

—Todavía no.

Me senté.

El mismo lugar.

La misma madera.

El mismo lago.

Cerré los ojos.

Intenté recordar aquella primera tarde.

Yo tenía diecinueve años.

Un cuaderno de dibujo.

Un lápiz.

Una sensación de libertad.

Y él.

Gabriel.

Pero había algo que no había visto entonces.

Un hombre sentado lejos.

Observándonos.

Mi padre.

Abrí los ojos.

—Tomás.

—¿Qué?

—Creo que mi padre estaba aquí aquella tarde.

—¿Cómo sabes?

—Lo recuerdo.

—¿Recuerdas su rostro?

—No.

—Entonces…

—Recuerdo su reloj.

Tomás me miró.

—¿Su reloj?

—Sí.

Mi padre tenía un reloj antiguo.

Una correa de cuero.

Siempre lo llevaba.

Y en una fotografía de aquella tarde…

aparecía.

—¿Dónde está la fotografía?

Tomé el teléfono.

La tenía guardada.

La amplié.

Allí estaba.

Mi padre.

Sentado a varios metros.

Observándome.

Observando a Gabriel.

Tomás se quedó inmóvil.

—Entonces todo comenzó antes.

—Sí.

—¿Él sabía quién era Gabriel?

—Sí.

—¿Y sabía que iban a conocerse?

—No lo sé.

Miré nuevamente la imagen.

Había algo más.

En el fondo.

Un automóvil.

El mismo modelo que había aparecido en otras fotografías.

—Ese vehículo.

Tomás se acercó.

—¿Qué pasa?

—Lo he visto antes.

—¿Dónde?

—En la fotografía del accidente.

Sentí un escalofrío.

—Mi padre no estaba simplemente observándonos.

—¿Qué quieres decir?

—Estaba esperando a alguien.

A las seis exactamente, mi teléfono vibró.

Un mensaje.

«Mira debajo del banco.»

Miré a Tomás.

—Ya lo hicimos.

—Sí.

—Entonces hay otro lugar.

Revisamos nuevamente.

Esta vez con más cuidado.

La parte inferior del banco tenía una pequeña placa metálica.

Nunca la había visto.

Tomás pasó los dedos.

—Está atornillada.

Sacó una pequeña herramienta.

Después de unos minutos logró retirarla.

Detrás había una cavidad.

Dentro encontramos una llave.

Y un pequeño papel.

Lo abrí.

«No busques al muerto. Busca al hombre que necesitaba que todos creyeran que estaba muerto.»

Sentí que el corazón se aceleraba.

Tomás miró la llave.

—¿Qué abre?

Había un número grabado.

17.

—Una habitación —dije.

—¿Dónde?

Recordé la hostería donde habíamos estado en Chile.

—No.

—¿Qué?

—La casa de mi abuela.

Tomás frunció el ceño.

—¿Tenía diecisiete habitaciones?

—No.

—Entonces…

—El número estaba en la puerta del sótano.

Me levanté.

—Vamos.

Regresamos a la antigua casa familiar.

El sótano llevaba años cerrado.

La puerta estaba cubierta de polvo.

Introduje la llave.

Giró.

La puerta se abrió.

Un olor a humedad llenó el aire.

Encendimos una lámpara.

Había cajas.

Muebles.

Fotografías.

Y una pequeña habitación al fondo.

La puerta tenía un número.

17.

Me quedé inmóvil.

Tomás me miró.

—¿Segura?

Asentí.




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