Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 25 EL HOMBRE QUE HABÍA DESAPARECIDO

El correo permaneció abierto en la pantalla.

La fotografía de mi padre en Lisboa.

Andrés detrás de él.

Y aquella frase que parecía escrita para obligarme a volver a entrar en una historia de la que apenas acababa de aprender a salir:

«Si quieres encontrar a tu padre, primero tendrás que descubrir por qué Andrés lo ayudó a desaparecer.»

Durante varios minutos no hice nada.

No respondí.

No llamé a nadie.

No busqué información.

Simplemente observé la fotografía.

Mi padre estaba de pie frente a una calle estrecha de Lisboa.

Parecía mayor.

Mucho mayor que en mis recuerdos.

Tenía el cabello completamente gris.

Llevaba una chaqueta oscura.

Y sonreía.

Eso fue lo que más me sorprendió.

Sonreía.

No parecía un hombre perseguido.

No parecía un hombre escondido.

Parecía alguien que finalmente había encontrado un lugar donde respirar.

Pero Andrés estaba detrás.

Y eso cambiaba todo.

—Clara.

La voz de Tomás me hizo volver.

—¿Sí?

—¿Quieres que lo cerremos?

Miré la pantalla.

—No.

—¿Quieres responder?

—Tampoco.

—Entonces ¿qué quieres hacer?

Pensé durante unos segundos.

—Quiero dormir.

Tomás sonrió.

—Por fin una decisión sensata.

Cerré el teléfono.

—Mañana veremos.

—Mañana veremos.

Apagamos las luces.

Y, por primera vez en mucho tiempo, intenté no pensar en mi padre.

Intenté.

Pero antes de cerrar los ojos, una pregunta apareció dentro de mí.

No era:

¿Dónde está?

Tampoco:

¿Está vivo?

Era otra.

¿Por qué decidió quedarse lejos de mí?

Y esa pregunta era mucho más dolorosa.

Porque encontrarlo podía ser cuestión de tiempo.

Comprenderlo podía llevarme toda una vida.

A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña.

No era miedo.

Era calma.

Tomás dormía a mi lado.

Lo observé unos segundos.

Había algo hermoso en verlo dormir.

No porque fuera perfecto.

Sino porque no estaba intentando protegerme.

No estaba intentando descubrir nada.

No estaba huyendo.

Simplemente estaba allí.

Me levanté.

Preparé café.

Cuando regresé a la habitación, Tomás ya estaba despierto.

—¿Cuánto llevas despierta?

—Un rato.

—¿Pensando en él?

No preguntó quién.

No hacía falta.

—Sí.

Se sentó.

—¿Y?

—Creo que no quiero encontrarlo todavía.

Tomás me miró sorprendido.

—¿No?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si lo encuentro ahora, probablemente voy a hacerle todas las preguntas que tengo.

—Eso parece lógico.

—Pero quizá no esté preparada para escuchar las respuestas.

Tomás sonrió.

—Eso es bastante distinto.

—¿A qué?

—A la Clara que conocí.

—¿Era tan diferente?

—Mucho.

—¿Cómo era?

Pensó.

—Querías respuestas inmediatamente.

—¿Y ahora?

—Ahora quieres entender antes de preguntar.

Sonreí.

—Quizá estoy creciendo.

—Quizá.

Me acerqué.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué harías?

—Dependería de ti.

—No.

Negué con la cabeza.

—Te estoy preguntando qué harías tú.

Tomás pensó.

—Yo viajaría.

—¿A Lisboa?

—Sí.

—¿Para buscarlo?

—No necesariamente.

—Entonces ¿para qué?

Me miró.

—Para cerrar una historia.

Me quedé callada.

—¿Y si al final lo encontramos?

—Entonces decidiría si quiero conocerlo.

—¿Y si no?

—Habría conocido una ciudad hermosa.

Me reí.

—Eres increíble.

—Lo sé.

—No tienes remedio.

—También lo sé.

Me acerqué y lo besé.

Fue un beso breve.

Tranquilo.

Sin urgencia.

Y comprendí que quizá eso era lo que más había cambiado en mí.

Ya no necesitaba que cada beso significara una promesa.

Podía simplemente ser un beso.

Un instante.

Una elección.

Un presente.

A media mañana recibimos la visita de Gabriel.

Llegó solo.

Traía una carpeta.

—¿Qué es?

—Información sobre Andrés.

La tomé.

—No quiero convertir esto en otra investigación.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué me la traes?

—Porque quizá te ayude a decidir.

Abrí.

Había fotografías.

Registros.

Pasaportes.

Direcciones.

Pero una imagen llamó mi atención.

Andrés aparecía mucho más joven.

Estaba junto a mi padre.

Y detrás de ellos había una tercera persona.

Una mujer.

—¿Quién es?

Gabriel se quedó callado.

—Gabriel.

—No lo sé.

—La conoces.

—Sí.

—Entonces dime.

Gabriel suspiró.

—Era la esposa de Andrés.

La observé.

Había algo familiar en su rostro.

—¿Dónde la he visto?

Gabriel negó.

—No creo que la hayas visto.

—¿Quién era?

—Se llamaba Elena.

—¿Y qué ocurrió?

—Murió.

—¿Cuándo?

—Dos años antes del accidente.

Sentí una punzada.

—¿Cómo?

—En un accidente de tránsito.

Miré la fotografía nuevamente.

—¿Fue realmente un accidente?

Gabriel no respondió.

Eso fue suficiente.

—No lo fue.

—No lo sabemos.

—Pero lo sospechas.

—Sí.

Cerré la carpeta.

—¿Qué tiene que ver con mi padre?

—Mucho.

—¿Qué?

Gabriel se sentó.

—Elena descubrió que Andrés estaba trabajando para tu abuelo.

—¿Y quiso denunciarlo?

—Sí.

—¿Y murió?

—Sí.

Sentí un escalofrío.

—Entonces Andrés tenía un motivo para desaparecer.

—No exactamente.

—¿Qué quieres decir?

Gabriel bajó la mirada.

—Andrés no ayudó a tu padre porque lo perdonara.

—Entonces ¿por qué?




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