La puerta terminó de abrirse.
Y el tiempo dejó de avanzar.
No sé cuánto duró aquel instante.
Quizá fueron tres segundos.
Quizá una vida entera.
El hombre que estaba frente a mí tenía el cabello completamente gris. El rostro más delgado. Algunas arrugas alrededor de los ojos. Una pequeña cicatriz atravesaba su ceja izquierda. Llevaba un abrigo oscuro y sostenía una pequeña bolsa de cuero en una mano.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran los mismos.
Los ojos que había buscado durante años en fotografías antiguas.
Los ojos que recordaba vagamente inclinándose sobre mi cama cuando tenía fiebre.
Los ojos que había visto en mis sueños sin saber siquiera si el recuerdo era real.
Mi padre.
Sentí que las piernas me temblaban.
Él no se movió.
Yo tampoco.
Nos miramos.
Y en aquel silencio comprendí que había cosas que ninguna explicación podía preparar.
Había imaginado ese momento cientos de veces.
En algunas versiones corría hacia él.
En otras le gritaba.
En otras lo abrazaba y no lo soltaba jamás.
En ninguna había imaginado que simplemente nos quedaríamos mirándonos, incapaces de encontrar una palabra suficientemente grande para veinte años.
—Clara —dijo finalmente.
Mi nombre salió de su boca con una suavidad que me rompió por dentro.
No pude responder.
Él dio un paso.
Después se detuvo.
Como si tuviera miedo de acercarse demasiado.
—No sé si tengo derecho a abrazarte.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.
—Yo tampoco sé si tengo derecho a odiarte.
Mi padre cerró los ojos.
Aquella respuesta pareció dolerle.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
—Sí.
—Porque yo no.
Respiró profundamente.
—Entonces pregúntame.
—Tengo miles de preguntas.
—Te responderé todas.
—¿Aunque duelan?
—Especialmente las que duelan.
Tomás permanecía a mi lado.
No intervino.
Sabía que aquel momento no le pertenecía.
Pertenecía a mi padre y a mí.
A dos personas que habían perdido veinte años.
Mi padre miró a Tomás.
—Tú debes ser Tomás.
Él asintió.
—Sí.
Mi padre sonrió.
—Gracias.
Tomás frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por haber estado con ella cuando yo no pude.
Tomás no supo qué responder.
Yo sí.
—No le debes nada.
Mi padre me miró.
—Lo sé.
—Entonces no lo hagas.
—Está bien.
Mi padre dio otro paso.
—¿Puedo?
No entendí.
Entonces levantó ligeramente los brazos.
El gesto fue suficiente.
Durante años había imaginado aquel abrazo.
Pero cuando finalmente ocurrió, no fue como lo había imaginado.
No fue perfecto.
No fue cinematográfico.
No desaparecieron veinte años.
No se curaron todas las heridas.
Simplemente lo abracé.
Y él me sostuvo.
Sentí su respiración contra mi cabello.
Su corazón.
El temblor de sus manos.
Y entonces lloré como no había llorado nunca.
—Papá.
Él cerró los ojos.
—Mi pequeña.
—No vuelvas a llamarme así.
Se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque ya no soy pequeña.
Mi padre sonrió entre lágrimas.
—Lo sé.
—Soy adulta.
—Lo sé.
—Y estoy enojada.
—También lo sé.
Lo abracé con más fuerza.
—Pero te extrañé.
Sus brazos me rodearon.
—Yo también te extrañé todos los días.
Nos sentamos alrededor de una mesa.
Marina preparó café.
Tomás permaneció junto a mí.
Mi padre se sentó enfrente.
Era extraño.
Demasiado extraño.
Había pasado veinte años imaginando su rostro.
Y ahora podía verlo respirar.
Podía escuchar cómo movía la taza.
Podía observar sus manos.
Había algo profundamente cotidiano en tenerlo frente a mí.
Y eso hacía que todo fuera más difícil.
—Quiero empezar por una cosa —dije.
Mi padre asintió.
—Dime.
—¿Por qué?
No necesitaba explicar.
Él entendió.
—Porque si me quedaba, te mataban.
—¿Quién?
—Tu abuelo.
—Ya lo sé.
—No.
Me miró.
—Todavía no sabes todo.
—Entonces cuéntamelo.
Mi padre respiró profundamente.
—Después del accidente, sobreviví.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
—Gabriel me encontró.
—¿Gabriel?
—Sí.
—Pensé que tú habías muerto.
—Todos debían pensarlo.
—¿Por qué?
—Porque tu abuelo había ordenado que no hubiera sobrevivientes.
—Entonces ¿cómo escapaste?
—Gabriel me sacó del automóvil antes de que llegaran.
—¿Y después?
—Me llevaron a una clínica.
—La que aparecía en los documentos.
—Sí.
—¿Y luego?
—Tuve que desaparecer.
—¿Solo?
Mi padre miró a Marina.
—No.
—¿Elena?
Asintió.
—Elena también estaba viva.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde está?
—En otra parte de Lisboa.
—¿Por qué no está aquí?
—Porque todavía no es seguro.
—¿Seguro para quién?
—Para ella.
—¿Quién la busca?
Mi padre guardó silencio.
—El hombre que sigue controlando la red.
—Pensábamos que era mi abuelo.
—Tu abuelo era poderoso.
—Pero no era el jefe.
—No.
—¿Quién era?
Mi padre miró hacia la ventana.
—Alguien que estaba mucho más cerca de nosotros.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Quién?
Mi padre me miró.
—Andrés no era el hombre que dirigía la red.
—Lo sabemos.
—Tu abuelo tampoco.
—Entonces ¿quién?
Mi padre dejó la taza sobre la mesa.
—Tu tío.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi tío?
—Sí.
—Pero dijiste que mi abuelo era quien daba las órdenes.
—Tu abuelo daba algunas.
—¿Y mi tío?
—Daba las que nadie debía conocer.
Tomás preguntó: