La manija de la puerta comenzó a moverse.
Una vez.
Después otra.
Mi padre levantó una mano.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
La luz del salón permanecía apagada y, a través de las cortinas, apenas entraba el resplandor de las farolas de la calle.
Tomás estaba a mi lado.
Podía sentir el calor de su mano alrededor de la mía.
Marina se había colocado junto a la pared.
Mi padre permanecía frente a la puerta.
Parecía otro hombre.
No el hombre que acababa de abrazarme.
No el padre que había pasado veinte años escondido.
Era alguien que había vuelto a convertirse, durante unos segundos, en el hombre que había aprendido a sobrevivir.
—No abras —susurré.
Mi padre me miró.
—No lo haré.
Tres golpes más.
Esta vez más fuertes.
—Hermano —volvió a decir la voz desde el otro lado—. Sé que estás ahí.
Mi padre cerró los ojos.
—¿Quién es? —preguntó Tomás en voz baja.
Mi padre respondió sin apartar la mirada de la puerta:
—Rafael.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi abuelo?
—No.
—Entonces ¿quién?
—Mi hermano.
El mismo hombre que todos habíamos creído muerto.
El mismo hombre cuyo nombre aparecía detrás de documentos falsificados.
El mismo hombre que, según mi padre, había estado relacionado con el origen de la organización.
—¿Tu hermano se llama Rafael?
Mi padre asintió.
—Sí.
—Entonces mi abuelo también se llamaba Rafael.
—Sí.
Me quedé inmóvil.
—¿Dos Rafael?
—Mi padre se llamaba Rafael.
—Y tu hermano también.
—Era su segundo nombre.
Sentí que todo volvía a complicarse.
—Entonces, ¿cómo lo distinguían?
Mi padre respondió:
—Por el apellido.
—¿Cuál?
—Ferraro.
Me quedé mirando la puerta.
—Entonces el hombre de afuera es…
—Rafael Ferraro.
La voz volvió a escucharse.
—Sé que ella está contigo.
Mi padre palideció.
—¿Cómo sabe que estoy aquí? —pregunté.
—Porque nos ha estado observando.
Tomás dio un paso adelante.
—¿Desde cuándo?
Mi padre no respondió.
La voz volvió a hablar.
—Clara.
Mi cuerpo se tensó.
—No respondas —dijo mi padre.
Pero la voz continuó:
—No quiero hacerte daño.
Sentí una mezcla de rabia y miedo.
—Todos dicen eso antes de hacerlo.
Mi padre me miró.
—Clara.
—Estoy cansada.
—Lo sé.
—Cansada de que todos hablen de mí como si yo no estuviera aquí.
La puerta quedó en silencio.
Entonces respondí:
—¿Qué quieres?
Hubo una pausa.
—Hablar contigo.
—¿Por qué?
—Porque tu padre te ha contado solamente una parte.
Mi padre apretó la mandíbula.
—No le creas.
La voz respondió:
—¿Todavía sigues mintiéndole?
Mi padre dio un paso hacia la puerta.
—No tienes derecho a hablarle.
—Soy su tío.
—Y también eres responsable de la muerte de demasiadas personas.
—Incluido nuestro padre.
Mi padre quedó inmóvil.
—No vuelvas a mencionar a nuestro padre.
—¿Por qué? ¿Porque todavía te duele?
Mi padre cerró los puños.
—Porque él fue la primera persona que destruiste.
La voz permaneció en silencio.
Después dijo:
—Abre.
Mi padre miró hacia mí.
—No.
Entonces escuchamos pasos alejándose.
Uno.
Dos.
Tres.
La presencia desapareció.
Pero algo dentro de mí me decía que aquello no había terminado.
Esperamos casi diez minutos.
Mi padre finalmente encendió una lámpara.
—Tenemos que salir.
—¿Por qué?
—Porque si sabía que estábamos aquí, no tardará en regresar.
Tomás tomó su chaqueta.
—¿Adónde?
—A un lugar seguro.
—¿Existe alguno?
Mi padre sonrió tristemente.
—No realmente.
Marina abrió una puerta lateral.
—Hay un estacionamiento detrás.
Salimos.
La calle estaba vacía.
Caminamos rápidamente.
Llegamos al automóvil.
Mi padre abrió la puerta.
Antes de subir, miró hacia el edificio.
—No entiendo algo —dije.
—¿Qué?
—Si tu hermano quería hablar contigo, ¿por qué no entró?
—Porque no quería hablar.
—¿Entonces?
—Quería asegurarse de que yo supiera que puede llegar hasta nosotros.
Sentí un escalofrío.
—¿Eso significa que puede encontrarnos donde sea?
—Probablemente.
Tomás preguntó:
—¿Qué quiere de Clara?
Mi padre respondió:
—El chip.
Toqué el pequeño medallón.
—¿Esto?
—Sí.
—¿Qué contiene realmente?
Mi padre respiró profundamente.
—La lista completa.
—¿De qué?
—De todas las identidades que la organización modificó.
—¿Y eso vale tanto?
—Más de lo que imaginas.
—¿Por qué?
—Porque hay personas poderosas que llevan décadas viviendo con nombres falsos.
—¿Políticos?
—Algunos.
—¿Empresarios?
—Sí.
—¿Jueces?
Mi padre guardó silencio.
—También.
Comprendí.
No se trataba solamente de dinero.
Se trataba de vidas construidas sobre mentiras.
—Si publicamos la información…
—Muchas personas caerán.
—Entonces tenemos que hacerlo.
Mi padre me miró.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Porque algunas de las personas que aparecen allí son víctimas.
—¿Víctimas?
—Personas a las que cambiaron de identidad para salvarlas.
—Entonces hay que separar las víctimas de los responsables.
Mi padre sonrió.
—Eso es exactamente lo que yo intentaba hacer.
—Y no pudiste.
—No.
—Entonces quizá podamos hacerlo ahora.
Mi padre me observó durante varios segundos.
—Ahora entiendo por qué tu madre tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Eres igual a él.
—¿A quién?
—A tu abuelo.