Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 28 EL NOMBRE QUE EXISTÍA ANTES DE MÍ

No pude dormir.

El mensaje seguía iluminando la pantalla de mi teléfono.

«Mañana conocerás a tu bisabuelo.»

Y debajo:

«Pero antes de entrar en su habitación, pregúntale por qué conocía tu nombre antes de que nacieras.»

Había leído aquellas palabras tantas veces que terminaron perdiendo significado.

Solo quedaba una pregunta.

¿Cómo podía alguien conocer mi nombre antes de que yo existiera?

Tomás estaba sentado junto a la ventana.

—¿Quieres hablar?

Negué.

—No sé qué decir.

—Entonces no digas nada.

Me acerqué y me senté a su lado.

Lisboa estaba tranquila.

Las luces de los edificios parecían pequeñas estrellas.

—Tengo miedo de que mañana descubra que toda mi vida fue una mentira.

Tomás me tomó la mano.

—Tu vida no es una mentira.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque yo te he visto vivirla.

Lo miré.

—Eso no cambia lo que pasó.

—No.

—Entonces…

—Lo que cambia es quién decides ser después de saberlo.

Bajé la mirada.

—¿Y si descubro algo horrible sobre mí?

Tomás sonrió suavemente.

—Entonces lo enfrentaremos.

—¿Y si descubro que soy igual que ellos?

—No lo eres.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ellos hicieron cosas para controlar tu vida.

Apretó mi mano.

—Y tú llevas toda esta historia intentando recuperar la libertad de elegir.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que ya no sé dónde termina mi familia y dónde empiezo yo.

Tomás se acercó.

—Quizá no necesitas separar esas cosas.

—¿No?

—Puedes reconocer de dónde vienes sin permitir que eso decida hacia dónde vas.

Cerré los ojos.

Por primera vez desde que habíamos llegado a Lisboa, conseguí respirar profundamente.

—Mañana quiero que estés conmigo.

—Estaré.

—Pase lo que pase.

—Pase lo que pase.

A las siete de la mañana, mi padre nos esperaba en el vestíbulo.

No había dormido tampoco.

Lo noté en sus ojos.

—¿Listos?

—No —respondí.

Sonrió.

—Yo tampoco.

—¿Sabes exactamente quién es mi bisabuelo?

—Sí.

—¿Y por qué nunca me dijiste su nombre?

Mi padre bajó la mirada.

—Porque durante mucho tiempo creí que estaba muerto.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que ha estado escondido.

—¿Por qué?

—Porque algunas personas pasan toda su vida huyendo de las consecuencias de sus decisiones.

—¿Y él?

Mi padre me miró.

—Él construyó una vida entera para que nadie pudiera encontrarlo.

—Pero nosotros lo encontramos.

—No.

—¿No?

—Él permitió que lo encontráramos.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

—Que si está vivo y sabe que vienes, probablemente quiere que llegues.

—¿Para qué?

—Eso es lo que vamos a descubrir.

Subimos al automóvil.

Durante el trayecto nadie habló demasiado.

Yo miraba por la ventana.

Lisboa pasaba lentamente.

Calles estrechas.

Edificios antiguos.

Personas caminando hacia sus trabajos.

Un tranvía amarillo avanzando por una calle inclinada.

Todo parecía normal.

Y, sin embargo, yo estaba a punto de conocer al hombre cuya existencia había sido ocultada durante décadas.

Mi bisabuelo.

El origen de todo.

El lugar estaba lejos del centro.

Era una antigua residencia ubicada en una zona tranquila.

No parecía una fortaleza.

No había guardias visibles.

No había cámaras evidentes.

Solo una casa antigua rodeada de árboles.

Mi padre apagó el motor.

—Llegamos.

Nadie bajó.

—Papá.

—¿Sí?

—Tengo una pregunta.

—Dime.

—¿Tú lo odias?

Mi padre permaneció callado.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—Durante muchos años lo odié.

—¿Y ahora?

—Ahora siento algo diferente.

—¿Qué?

—Cansancio.

Me sorprendió.

—¿Cansancio?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque odiar durante veinte años también es una forma de permanecer atado a alguien.

Tomás me miró.

Aquella frase parecía resumir buena parte de nuestra historia.

Mi padre abrió la puerta.

—Vamos.

Una mujer mayor nos recibió.

—¿Clara?

Asentí.

—Él la está esperando.

—¿Desde cuándo?

La mujer sonrió.

—Desde mucho antes de que usted supiera que existía.

Sentí un escalofrío.

Mi padre la miró.

—¿Cómo se llama?

—Teresa.

—¿Trabaja para él?

—Desde hace treinta años.

—¿Y nunca le preguntó quién era realmente?

Teresa sonrió.

—Algunas preguntas no necesitan respuesta.

Nos condujo por un pasillo.

Cada paso parecía hacer más pesado mi cuerpo.

Llegamos a una puerta.

Teresa se detuvo.

—Antes de entrar, él me pidió que le dijera algo.

—¿Qué?

—Que no tenga miedo.

Miré a mi padre.

—Eso es fácil de decir.

Teresa sonrió.

—También pidió que entrara sola.

Mi padre se tensó.

—No.

—Es su condición.

—No voy a dejarla.

—Entonces él no hablará.

Lo miré.

—Está bien.

—Clara…

—Papá.

Tomé su mano.

—Necesito hacerlo.

Mi padre asintió lentamente.

Tomás se acercó.

—Te espero aquí.

Lo miré.

—Gracias.

Teresa abrió la puerta.

Entré.

La habitación era luminosa.

Había una ventana enorme.

Una biblioteca.

Una mesa.

Y una cama.

Sobre ella estaba sentado un hombre muy anciano.

Tenía el cabello blanco.

El rostro marcado por el tiempo.

Pero sus ojos eran extraordinariamente claros.

Me observó durante unos segundos.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Finalmente sonrió.

—Te pareces a tu madre.

Sentí una punzada.




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