Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 31 LO QUE NO HABÍAMOS PLANEADO

Durante varios días después de regresar al lago, pensé que la vida finalmente había decidido concedernos una tregua.
No esperaba otra sorpresa.
No quería otra sorpresa.
Por primera vez en mucho tiempo, me gustaba que las mañanas fueran previsibles. Despertar, preparar café, escuchar a mi padre discutir con mi madre porque ella insistía en que él dejaba las tazas en cualquier parte, pintar durante unas horas, salir a caminar con Tomás y regresar antes de que oscureciera.
Era una vida pequeña.
Y me encantaba.
Había aprendido a desconfiar de las grandes cosas.
Las grandes promesas.
Los grandes secretos.
Los grandes regresos.
La felicidad, descubrí, podía ser mucho más sencilla.
Podía tener el sonido de una cafetera.
El olor de una camisa recién lavada.
La risa de mi madre desde la cocina.
La mano de Tomás buscando la mía mientras caminábamos.
El abrazo de mi padre al despedirse.
Pequeñas cosas.
Pero suficientes.
Hasta aquella mañana.
El teléfono vibró sobre la mesa.
No quería mirarlo.
Lo dejé sonar.
Volvió a vibrar.
—¿No vas a atender? —preguntó mi padre desde la cocina.
—No.
—Podría ser importante.
—Estoy intentando que mi vida deje de ser importante durante cinco minutos.
Mi madre soltó una carcajada.
—Déjala.
Mi padre apareció con una taza en la mano.
—Eso mismo decía yo antes de conocerte.
—Y mira cómo terminaste —respondió ella.
Los dos rieron.
Sonreí.
Entonces el teléfono volvió a vibrar.
Lo tomé.
Era un correo.
No tenía asunto.
El remitente era desconocido.
Abrí.
Solo había una frase:
«No todo lo que ocurrió en Lisboa quedó atrás.»
Sentí que el estómago se me cerraba.
Debajo había un archivo adjunto.
Una fotografía.
La abrí.
No reconocí inmediatamente el lugar.
Era una estación de tren.
Una mujer caminaba entre la gente.
Llevaba una valija pequeña.
Cabello oscuro.
Abrigo claro.
La imagen estaba tomada desde lejos.
Amplié.
Entonces la reconocí.
Marina.
Pero había algo que no comprendía.
En sus brazos llevaba un bebé.
Mi respiración se detuvo.
Mi padre se acercó.
—¿Qué pasa?
Le mostré la pantalla.
Su rostro cambió.
—¿Quién es ese niño?
—No lo sé.
—¿Marina tiene un hijo?
—No me lo dijo.
Mi madre se acercó.
—¿Qué ocurre?
Mi padre tomó el teléfono.
Miró la fotografía durante varios segundos.
Después dijo:
—Tenemos que llamarla.
Lo hicimos.
No respondió.
Volvimos a llamar.
Nada.
Mandé un mensaje.
«Marina, ¿estás bien?»
Pasaron cinco minutos.
Diez.
Quince.
Nada.
Entonces recibí una respuesta.
No de Marina.
Del mismo número desconocido.
«Ella está bien.»
Sentí un escalofrío.
Escribí:
«¿Quién eres?»
La respuesta llegó inmediatamente.
«Alguien que sabe por qué ese niño lleva el apellido Ferraro.»
Miré a mi padre.
Él había leído la pantalla.
—No.
—¿Qué?
—No puede ser.
—¿Qué pasa?
Mi padre se sentó.
—Ese apellido…
—¿Qué?
—Pensé que había desaparecido.
—¿De quién?
Mi padre levantó la mirada.
—De Clara.
—¿Mi bisabuela?
Asintió lentamente.
—El apellido Ferraro no era solamente nuestro.
—¿Entonces?
—Había otra rama.
—¿Qué rama?
Mi padre permaneció en silencio.
—Papá.
—No quería contártelo.
—¿Por qué?
—Porque creí que ya habíamos cerrado todo.
—No hemos cerrado nada.
—Clara…
—No.
Me puse de pie.
—No vuelvas a decidir qué verdad puedo soportar.
Mi padre bajó la mirada.
—Tienes razón.
La frase me dolió más que cualquier discusión.
Porque esta vez no estaba defendiendo su secreto.
Estaba reconociendo mi derecho a conocerlo.
—Cuéntame.
Respiró profundamente.
—Elena tenía una hermana.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Una hermana mayor.
—¿Cómo se llamaba?
—Isabel.
—¿Y qué ocurrió con ella?
—Desapareció antes de que Elena muriera.
—¿Dónde?
—Argentina.
—¿Y tuvo hijos?
Mi padre asintió.
—Sí.
—¿Cuántos?
—Una hija.
—¿Marina?
—No.
—Entonces ¿quién?
Mi padre miró nuevamente la fotografía.
—No lo sé.
—Pero sabes que ese niño lleva el apellido Ferraro.
—Sí.
—¿Y eso qué significa?
Mi padre respondió:
—Que quizá no sea un niño cualquiera.

Tomás llegó veinte minutos después.
Le mostré la fotografía.
La observó en silencio.
—¿Cuándo fue tomada?
—No lo sé.
—¿Dónde?
—Tampoco.
—¿Y Marina no responde?
—No.
Tomás amplió la imagen.
—Mira.
Señaló el fondo.
Había un cartel.
No se veía completamente.
Pero podían distinguirse algunas letras.
MENDOZA.
Mi corazón dio un vuelco.
—Está en Argentina.
—Parece.
—Entonces ¿por qué alguien nos envió la fotografía desde un número desconocido?
—Porque quiere que la encontremos.
—Otra vez.
Tomás me miró.
—¿Otra vez qué?
—Otra persona dejando pistas.
—¿Quieres seguirlas?
Pensé.
Esta vez no sentí la misma necesidad que antes.
No había miedo.
Había preocupación.
—No quiero encontrar secretos.
—¿Entonces?
—Quiero saber si Marina está bien.
Tomás asintió.
—Entonces no vamos a investigar una conspiración.
—¿Qué vamos a hacer?
—Vamos a encontrar a una amiga.
Sonreí.
—Me gusta mucho más así.

Llamé a Marina nuevamente.
Nada.
Entonces decidí llamar a Andrés.
Atendió después de varios tonos.
—Clara.
—¿Sabes dónde está Marina?
Silencio.
—¿Por qué?
—Porque tengo una fotografía.
—¿Qué fotografía?
Se la envié.
No tardó ni diez segundos en responder.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Me la enviaron.
—¿Quién?
—No lo sé.
Andrés respiró profundamente.
—¿Está sola?
—No.
—¿Con quién?
—Con un bebé.
Hubo un silencio largo.
—Entonces ya ocurrió.
—¿Qué ocurrió?
—El nacimiento.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿De quién es el niño?
Andrés no respondió.
—Andrés.
—Clara, no quiero hablar de esto por teléfono.
—Entonces dime dónde estás.
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien podría estar escuchando.
—¿Otra vez?
—No es como antes.
—¿Qué es?
—Es una historia familiar.
—¿Qué significa?
Andrés suspiró.
—Significa que el niño es importante.
—¿Por qué?
—Porque es el último descendiente directo de una rama que todos creíamos perdida.
—¿Y eso qué cambia?
—Todo.
—No entiendo.
—No necesitas entenderlo todavía.
—No vuelvas a decirme eso.
Silencio.
—Tienes razón.
—Entonces explícame.
Andrés tardó unos segundos.
—Marina no sabía que estaba embarazada cuando se fue de Lisboa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Lo descubrió después.
—¿Por qué no nos dijo?
—Porque tuvo miedo.
—¿De qué?
—De que alguien intentara utilizar al niño.
—¿Quién?
—Personas que todavía creen que el apellido Ferraro representa poder.
—Pero la organización terminó.
—La organización sí.
—¿Entonces?
—Las ideas no mueren tan fácilmente.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde está Marina?
—En Mendoza.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Y el niño?
—También.
—¿Puedo hablar con ella?
—No ahora.
—¿Por qué?
—Porque necesita estar segura antes de regresar.
—¿Regresar a dónde?
—A su vida.
—¿Y nosotros?
—Ustedes deben dejar que ella decida.
La frase me golpeó.
Era exactamente lo que yo había aprendido.
No decidir por otra persona.
No convertir la protección en una prisión.
—Está bien —dije.
—Clara.
—¿Sí?
—Hay algo más.
—¿Qué?
—El padre del niño.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quién es?
Andrés guardó silencio.
—No lo sé.
—¿Cómo que no?
—Marina nunca quiso decirlo.
—¿Y por qué importa?
—Porque ella dijo que él no sabe que existe.
Me quedé inmóvil.
—¿Entonces quién es?
—Eso solo puede responderlo Marina.
La llamada terminó.




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