Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 32 EL DÍA EN QUE TODO CAMBIÓ DE NUEVO

El café se estaba enfriando sobre la mesa cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
Una vez.
Dos.
Tres.
No lo miré.
Había decidido que aquella mañana sería diferente.
No iba a permitir que una llamada, un mensaje o un secreto desconocido volviera a robarme la tranquilidad que tanto me había costado construir.
Tomás estaba frente a mí, intentando cortar una tostada demasiado dura.
—Esto está diseñado para romper dientes.
Sonreí.
—Quizá sea una prueba.
—¿De qué?
—De amor.
—Entonces no la paso.
Solté una carcajada.
—¿Te rendís tan rápido?
—Hay límites que ni siquiera el amor puede cruzar.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez Tomás levantó la mirada.
—¿No vas a mirar?
Negué.
—Después.
—¿Y si es importante?
—Todo me parece importante desde hace un año.
—Eso es verdad.
Tomé mi taza.
—Hoy quiero que algo sea simplemente una mañana.
Tomás sonrió.
—Entonces que sea una mañana.
El teléfono dejó de vibrar.
Pensé que había terminado.
Pero unos segundos después llegó una notificación.
No era una llamada.
Era una fotografía.
La abrí casi por reflejo.
Y el café dejó de tener sabor.
La imagen mostraba a Marina.
Estaba sentada en una habitación.
Tenía a Rafael en brazos.
Frente a ella había un hombre.
No podía verle completamente el rostro.
Pero reconocí la chaqueta.
La misma que aparecía en una fotografía antigua de Lisboa.
La misma que había llevado un hombre que supuestamente llevaba años desaparecido.
Debajo de la fotografía había una frase:
«El padre ya conoce a su hijo.»
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Tomás se levantó.
—¿Qué pasa?
Le mostré la pantalla.
Leyó.
—¿Es Marina?
—Sí.
—¿Está en peligro?
—No lo sé.
Llamé inmediatamente.
No respondió.
Volví a llamar.
Nada.
Entonces llegó otro mensaje.
«No intervengas.»
Sentí una oleada de rabia.
—¿Quién se cree que es para decirme eso?
Tomás me tomó el teléfono.
—No respondas.
—¿Por qué?
—Porque eso es exactamente lo que quieren.
—¿Qué quieren?
—Que reacciones.
Lo miré.
Tenía razón.
Pero había algo que no podía ignorar.
—Es Marina.
—Lo sé.
—Y está con su hijo.
—Lo sé.
—No puedo quedarme sentada.
Tomás se acercó.
—Entonces no te quedes sentada.
—¿Qué hacemos?
—Pensamos.
Aquella palabra me hizo detenerme.
Pensar.
No correr.
No investigar a ciegas.
No abrir puertas.
Pensar.
Había aprendido esa lección demasiado tarde.
—Llamemos a mi padre.

Mi padre respondió inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
—¿Cómo sabes que pasó algo?
—Porque no me llamas a esta hora si todo está bien.
Le envié la fotografía.
Pasaron varios segundos.
—¿Dónde la recibiste?
—No lo sé.
—¿Quién la envió?
—Número desconocido.
—No respondas.
—Ya me lo dijo Tomás.
—Bien.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Reconoces a ese hombre?
Mi padre volvió a guardar silencio.
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién es?
—No estoy seguro.
—No me mientas.
—No estoy mintiendo.
—Entonces dime.
—Creo que es alguien que conocí hace muchos años.
—¿Quién?
—El hombre que ayudó a tu abuelo a construir la primera red.
—¿Está vivo?
—Eso pensábamos.
—¿Cómo se llama?
Mi padre respiró profundamente.
—Julián Ferraro.
Me quedé inmóvil.
—¿Ferraro?
—Sí.
—¿Es familia?
—No de sangre.
—Entonces ¿por qué usa nuestro apellido?
—Porque tu bisabuelo se lo dio.
—¿Por qué?
—Para convertirlo en parte de la familia.
—¿Y qué hizo?
—Se convirtió en su hombre de confianza.
—¿Y después?
—Desapareció.
—¿Cuándo?
—Poco antes de que tu bisabuela descubriera lo que realmente estaba ocurriendo.
—¿Y ahora?
—Si es él…
Mi padre dejó la frase inconclusa.
—¿Qué?
—Entonces no estamos frente a alguien que quiera recuperar la organización.
—¿Qué quiere?
—Recuperar algo mucho más personal.
—¿Qué?
—A Elena.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque estaba enamorado de ella.

La llamada terminó unos minutos después.
Me quedé mirando la fotografía.
El hombre de espaldas.
Marina.
Rafael.
Y una historia que parecía extenderse nuevamente hacia un pasado que creíamos cerrado.
—¿Qué hacemos? —preguntó Tomás.
—Vamos a Mendoza.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Y tu padre?
—Vendrá.
—¿Y si es una trampa?
—Puede ser.
Tomás asintió.
—Entonces iremos con cuidado.
Preparé una pequeña bolsa.
No quería llevar demasiado.
Había aprendido que cuando una persona cree que va a resolver su vida en un solo día, suele terminar complicándola más.
Mi madre intentó detenerme.
—Clara.
—Mamá.
—¿Estás segura?
—No.
—Entonces no vayas.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué?
—Porque no voy a abandonarla.
Mi madre respiró profundamente.
—No te estoy pidiendo que la abandones.
—¿Entonces?
—Te estoy pidiendo que recuerdes algo.
—¿Qué?
—No eres responsable de salvar a todo el mundo.
La miré.
Aquella frase me golpeó.
Porque era exactamente lo que yo necesitaba escuchar.
—Lo sé.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces ve.
Me abrazó.
—Pero vuelve.
—Voy a volver.
—Prométemelo.
Sonreí.
—No prometo cosas que no puedo controlar.
Mi madre se rio entre lágrimas.
—Definitivamente eres hija de tu padre.

El viaje fue silencioso.
Tomás conducía.
Yo miraba por la ventana.
Mi padre viajaba detrás.
No hablamos demasiado.
Cada uno parecía estar pensando en lo mismo.
Marina.
El niño.
El hombre de la fotografía.
Julián.
Cuando finalmente llegamos a Mendoza, recibimos otro mensaje.
Esta vez decía:
«Hotel Cordillera. Habitación 214.»
Tomás miró el teléfono.
—¿Vamos?
Mi padre negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque quiere que vayamos.
—¿Y?
—Porque quien deja una dirección exacta no está escondiéndose.
—Entonces ¿qué hacemos?
Mi padre sacó el teléfono.
—Esperamos.
—¿Cuánto?
—Hasta que Marina nos diga algo.
Esperamos.
Una hora.
Dos.
Nada.
Hasta que apareció un mensaje de Marina.
«Estoy bien.»
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Llegó otro.
«Rafael también.»
Y después:
«No vengan.»
Mi padre cerró los ojos.
—¿Qué significa? —pregunté.
—Que está intentando protegernos.
—¿De quién?
—De Julián.
—¿Está con ella?
—Probablemente.
—Entonces tenemos que ir.
Mi padre me miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Marina te pidió que no fueras.
Me quedé callada.
Era exactamente la situación que había aprendido a respetar.
—¿Entonces qué hacemos?
—Confiar.
No me gustó la respuesta.
Pero sabía que era correcta.




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