Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 33 LA MUJER QUE NO QUERÍA SER ENCONTRADA

No dijimos una palabra durante los primeros kilómetros.
El automóvil avanzaba por la carretera mientras el paisaje cambiaba lentamente detrás de las ventanas.
Yo seguía mirando la fotografía.
La niña.
La mujer que era mi bisabuela.
Y aquella frase que había conseguido desordenar nuevamente todo lo que creía saber:
«Tu hermana.»
Mi hermana.
Dos palabras.
Solo dos.
Y, sin embargo, parecían suficientes para abrir otra puerta en una vida que yo había creído finalmente en paz.
Tomás conducía.
Mi padre iba en el asiento delantero.
Yo permanecía atrás, con la fotografía entre los dedos.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté finalmente.
Mi padre cerró los ojos.
—Porque pensé que estaba muerta.
—Eso ya lo dijiste.
—Lo sé.
—Entonces quiero saber qué ocurrió.
Mi padre tardó en responder.
—Antes de que nacieras, tu madre quedó embarazada.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿De mí?
—No.
—¿De ella?
Asintió.
—Tu hermana nació antes que tú.
—¿Cuánto antes?
—Dos años.
Miré nuevamente la fotografía.
—¿Cómo se llamaba?
Mi padre respiró profundamente.
—Elena.
Sentí un escalofrío.
—¿Elena?
—Sí.
—¿Como tu amiga?
—No fue casualidad.
—¿Qué significa?
—Tu madre eligió ese nombre por su amiga.
—¿Y qué ocurrió con ella?
Mi padre miró hacia la carretera.
—Tu abuelo descubrió que había nacido.
—¿Y?
—Quiso llevársela.
—¿Por qué?
—Porque creía que podía utilizarla para controlar a tu madre.
—¿Cómo?
—Amenazándola.
—¿Y tu madre?
—Se negó.
—Entonces…
—La escondimos.
Me quedé inmóvil.
—¿Dónde?
—Con una familia que vivía en el sur.
—¿Y tú?
—Yo tuve que desaparecer.
—¿Para protegerla?
—Para protegerlas a las dos.
—¿Y qué pasó después?
Mi padre apretó los labios.
—Hubo un incendio.
—¿Dónde?
—En la casa donde estaba ella.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Murió?
—Eso creímos.
—¿Nunca encontraron el cuerpo?
—No.
—Entonces ¿por qué pensaste que estaba muerta?
—Porque nadie sobrevivió al incendio.
—¿Nadie?
Mi padre me miró.
—Eso dijeron.
—Pero alguien sobrevivió.
—Sí.
—Mi hermana.
Asintió.
—Ahora lo sabemos.
—¿Quién tomó la fotografía?
—No lo sé.
—¿Y cómo llegó hasta nosotros?
—Tampoco.
—Entonces alguien sabe dónde está.
—Probablemente.
—¿Y sabe quién soy?
—Sí.
—¿Por qué me lo muestra ahora?
Mi padre no respondió.
Tomás habló desde el volante.
—Quizá porque ella quiere que lo sepas.
Lo miré.
—¿Quién?
—Tu hermana.
—¿Crees que fue ella?
—No lo sé.
—¿Y si no quiere que la encontremos?
—Entonces habrá que respetarlo.
Bajé la mirada.
—Eso es exactamente lo que dije.
Tomás sonrió.
—Entonces ya sabes qué hacer.

Regresamos a casa al caer la tarde.
Mi madre estaba esperándonos.
Cuando vio el rostro de mi padre comprendió que algo había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Nadie respondió inmediatamente.
Entonces mi padre sacó la fotografía.
Mi madre la miró.
Y se quedó completamente inmóvil.
—No.
—Mamá…
Ella negó con la cabeza.
—No.
—¿La conoces?
Mi madre tomó la fotografía con manos temblorosas.
—Es ella.
—¿Elena?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí.
Me acerqué.
—¿Es mi hermana?
Mi madre cerró los ojos.
—Sí.
Sentí que la confirmación dolía más que la sospecha.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Mi madre se sentó.
—Porque eras demasiado pequeña.
—Después crecí.
—Y cuando creciste…
—¿Qué?
—Ya no sabíamos cómo decírtelo.
—Podían haberme dicho la verdad.
—Sí.
—¿Por qué no lo hicieron?
Mi madre miró a mi padre.
—Porque teníamos miedo de perderte también.
Sentí una punzada.
—Entonces decidieron que yo viviera creyendo que era hija única.
—Sí.
—¿Y ella?
—Vivió creyendo que no tenía familia.
—¿Dónde está?
Mi madre comenzó a llorar.
—No lo sé.
Me arrodillé frente a ella.
—Mamá.
—Perdóname.
—No quiero que me pidas perdón todavía.
—¿Por qué?
—Porque necesito entender.
Mi madre asintió.
—Pregúntame.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
—La noche antes de llevarla a la casa del sur.
—¿Cuántos años tenía?
—Dos.
—¿Y yo?
—Todavía no habías nacido.
—¿La amabas?
Mi madre soltó un sollozo.
—Era mi hija.
—Entonces ¿por qué la dejaste?
—Porque creí que era la única manera de salvarla.
—¿Funcionó?
Mi madre me miró.
—No lo sé.
—Pero sobrevivió.
—Eso parece.
—Entonces funcionó.
Mi madre negó.
—No completamente.
—¿Por qué?
—Porque una niña puede sobrevivir físicamente y aun así crecer con una ausencia.
Me quedé callada.
Aquella frase me atravesó.
Yo sabía lo que era una ausencia.
Había crecido con una.
Y ahora descubría que quizá mi hermana había crecido con otra.

Esa noche no pude dormir.
Tomás se sentó a mi lado.
—¿Quieres hablar?
—No.
—¿Quieres silencio?
—Sí.
Se quedó.
No preguntó nada más.
Me gustaba eso de él.
Sabía cuándo hablar.
Y sabía cuándo simplemente quedarse.
Miré la fotografía.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Toda mi vida pensé que mi soledad era una casualidad.
—Y ahora…
—Ahora descubro que alguien más quizá estuvo sintiendo exactamente lo mismo.
Tomás tomó mi mano.
—No sabes cómo se siente ella.
—No.
—Entonces no decidas por ella.
—No lo haré.
—Ni siquiera aunque te duela.
—Lo sé.
—Y si algún día aparece…
—La escucharé.
—Aunque te diga algo que no quieres escuchar.
—Sí.
—Aunque no quiera tener una relación contigo.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Sí.
Tomás me abrazó.
—Eso es amor.
—¿Aunque duela?
—Especialmente cuando duele.




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