La fotografía quedó sobre la mesa durante toda la noche.
Ninguna de las dos volvió a tocarla.
No porque hubiéramos dejado de sentir curiosidad.
Sino porque comenzábamos a entender que la curiosidad y la urgencia no eran lo mismo.
En el reverso seguían aquellas palabras:
«Si algún día mis nietas descubren la verdad sobre Gabriel, deben saber que él no fue el último.»
Elena se quedó mirándolas durante unos segundos antes de irse a dormir.
—¿Qué crees que significa?
—No lo sé.
—Antes habrías inventado veinte posibilidades.
Sonreí.
—Treinta.
—Y habrías pasado la noche intentando demostrar cuál era correcta.
—Probablemente.
—¿Y ahora?
Tomé la fotografía.
La guardé dentro de un sobre.
—Ahora preguntaremos.
—¿A Gabriel?
—Sí.
—¿Y si miente?
—Entonces el tiempo nos lo mostrará.
Elena me observó.
—Estás cambiando.
—Todos estamos cambiando.
—No todos.
—¿Qué quieres decir?
—Hay personas que envejecen sin cambiar.
—Eso también es una elección.
Ella asintió.
Caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Clara.
—¿Sí?
—Tengo miedo de que esto vuelva a empezar.
—¿Qué cosa?
—Los secretos.
Me acerqué.
—Entonces hagamos algo diferente.
—¿Qué?
—No convirtamos cada secreto en el centro de nuestra vida.
—¿Y si es importante?
—Lo enfrentaremos.
—¿Y si es peligroso?
—Pediremos ayuda.
—¿Y si cambia todo?
—Entonces cambiaremos nosotros también.
Elena sonrió.
—¿Y si no cambia nada?
—Mañana desayunamos igual.
Ella rio.
—Eso me gusta.
—A mí también.
Se fue.
Y aquella noche dormí.
A la mañana siguiente, Gabriel respondió al primer llamado.
—Clara.
—Necesitamos hablar contigo.
Hubo un silencio.
—¿Pasó algo?
—Encontramos una fotografía.
Otro silencio.
Esta vez más largo.
—¿Cuál?
—La que estaba dentro del libro.
No respondió.
—Gabriel.
—Sí.
—¿Sabes de qué estoy hablando?
—Sí.
—Entonces queremos verte.
—¿Está Elena contigo?
—Sí.
—¿Ella quiere verme?
Elena tomó el teléfono.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ahora.
Gabriel respiró profundamente.
—Voy para allá.
Llegó cuarenta minutos después.
No llevaba abrigo.
Parecía haber salido apresuradamente.
Cuando entró, buscó la fotografía.
Elena la colocó sobre la mesa.
Gabriel no la tocó.
—¿Por qué estaba dentro del libro? —preguntó ella.
—Porque pensé que algún día debía llegar hasta ustedes.
—¿Y por qué no nos la diste directamente?
—Porque todavía no sabía si tenía derecho.
Elena frunció el ceño.
—¿Derecho a qué?
—A contar una historia que no era solamente mía.
Tomé la fotografía.
—¿Qué significa la frase?
Gabriel cerró los ojos.
—Que yo no fui el último hombre que trabajó para tu abuelo.
—Eso ya lo imaginábamos.
—No me refiero a eso.
—¿Entonces?
Gabriel se sentó.
—Hubo otra persona.
—¿Quién?
—Alguien mucho más cercano.
Mi padre entró en ese momento.
Había escuchado la conversación.
—¿De quién estás hablando?
Gabriel lo miró.
—De Esteban.
Mi padre se quedó inmóvil.
—No.
—Rafael…
—No.
—Tienes que escucharlo.
—Esteban murió.
—Eso te dijeron.
Mi padre palideció.
Sentí que el aire de la habitación cambiaba.
—¿Quién es Esteban? —preguntó Elena.
Mi padre no respondió.
Gabriel lo hizo.
—Nuestro hermano mayor.
Elena me miró.
Yo la miré.
Otra rama.
Otro nombre.
Otro hombre que jamás había existido en nuestra historia.
Al menos no hasta ese momento.
—¿Tienes otro hermano? —pregunté.
Mi padre se sentó lentamente.
—Tenía.
—¿Por qué nunca nos hablaste de él?
—Porque murió cuando yo era joven.
Gabriel negó.
—No murió.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Yo vi el ataúd!
Gabriel sostuvo su mirada.
—Pero nunca viste el cuerpo.
Mi padre quedó en silencio.
La frase cayó con una precisión brutal.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó.
—Que nuestro padre fingió la muerte de Esteban.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba a alguien que pudiera moverse sin apellido.
—Eso es absurdo.
—Ojalá.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Entonces ¿cómo sabes que sobrevivió?
Gabriel sacó una hoja doblada del bolsillo.
—Porque me escribió.
Mi padre no la tomó.
—¿Cuándo?
—Hace ocho meses.
—¿Qué decía?
Gabriel dejó la hoja sobre la mesa.
—Que estaba cansado.
—¿De qué?
—De esconderse.
Elena tomó la carta.
—¿Puedo leerla?
Gabriel asintió.
Ella abrió.
La letra era temblorosa.
«Gabriel:
Si esto llega hasta ti, probablemente ya sabes que sigo vivo.
No quiero regresar.
No quiero dinero.
No quiero recuperar ningún apellido.
No quiero que nadie me perdone.
Solo quiero que Rafael sepa que nunca fui su enemigo.
Fui un cobarde.
Cuando nuestro padre me pidió que desapareciera, acepté porque creí que así los protegería.
Después comprendí que no estaba protegiendo a nadie.
Solo estaba ayudándolo a construir otra mentira.
He vivido demasiado tiempo con otro nombre.
No quiero morir con él.
Mi nombre es Esteban.
Soy su hermano.
Y antes de morir quisiera volver a decirlo una vez.»
Mi padre se cubrió el rostro.
—Dios mío.
Gabriel bajó la mirada.
—Lo siento.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¡¿Cómo que no sabes?!
—La carta no tenía dirección.
—¿La investigaste?
—Sí.
—¿Y?
—Fue enviada desde Mendoza.
Mi padre se puso de pie.
—Voy a encontrarlo.
Elena lo tomó del brazo.
—Papá.
—Es mi hermano.
—Lo sé.
—Pensé que estaba muerto.
—Lo sé.
—Durante cuarenta años.
—Papá.
Él la miró.
—¿Qué?
—No hagas con él lo que hicieron con nosotros.
Mi padre quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—No lo persigas.
—Pero quiere que sepa que está vivo.
—Sí.
—Entonces quiere verme.
—No necesariamente.
—¿Cómo puedes decir eso?
Elena señaló la carta.
—Porque escribió que quería que supieras quién era.
No que fueras a buscarlo.
Mi padre respiraba con dificultad.
—No puedo quedarme sentado.
—Entonces escríbele.
—¿Dónde?
—Al mismo lugar desde donde envió la carta.
Gabriel intervino.
—El apartado postal sigue activo.
Mi padre lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque le escribo cada mes.
—¿Responde?
—No.
—¿Desde cuándo?
—Desde que recibí esa carta.
Mi padre permaneció callado.
—¿Qué le escribes?
—Que puede volver cuando quiera.
—¿Y nada más?
—Nada más.
Mi padre se sentó.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Entonces escribiré.
Elena lo abrazó.
—Eso sí puedes hacerlo.