—Que la mujer que me crió nunca fue Teresa.
Las palabras de mi madre quedaron suspendidas en la habitación.
Elena no se movió.
Yo tampoco.
Durante unos segundos solo escuchamos el reloj de la pared.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Después Elena habló.
—No entiendo.
Mi madre bajó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces explícame.
—No puedo explicártelo todo de una vez.
—Llevamos toda la vida recibiendo las cosas de a pedazos.
Mi madre cerró los ojos.
—Tienes razón.
—Primero descubrí que tenía una hermana. Después que mi padre estaba vivo. Después que había otro hermano. Ahora me dices que la mujer que me crió no era quien decía ser.
—Sí.
—¿Quién era?
Mi madre comenzó a llorar.
—Su nombre era Isabel.
Elena retrocedió un paso.
—¿Isabel?
—Sí.
—¿Y Teresa?
—Teresa era la hermana de Isabel.
Sentí un escalofrío.
—Entonces… ¿quién me salvó?
Mi madre respondió con una voz quebrada:
—Las dos.
Elena negó.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque la respuesta no es sencilla.
—Quiero la verdad.
—La tendrás.
—Ahora.
Mi madre la miró.
—Está bien.
Se sentó lentamente.
Nosotras hicimos lo mismo.
Y entonces comenzó a hablar.
—La noche del incendio, Teresa estaba en la casa contigo.
Elena cerró los ojos.
—Eso ya lo sabía.
—No.
Mi madre negó.
—No estabas con la mujer que conociste como Teresa.
Elena abrió los ojos.
—¿Entonces quién era?
—Isabel.
El silencio volvió a caer.
—¿Por qué?
—Porque Teresa había sido descubierta.
—¿Por quién?
Mi madre respiró profundamente.
—Por tu abuelo.
—¿Y qué hizo?
—La obligó a desaparecer.
—¿La mató?
—No lo sabemos.
Elena se llevó una mano al pecho.
—Entonces la mujer que me crió…
—Era Isabel.
—¿Por qué utilizó el nombre de su hermana?
—Porque Teresa había construido una identidad que podía protegerte.
—¿Y por qué no me dijeron la verdad?
Mi madre comenzó a llorar.
—Porque la verdad podía matarte.
Elena se levantó.
—¡Siempre dicen lo mismo!
Su voz quebró la habitación.
—¡Siempre! ¡Cada vez que pregunto algo, alguien me dice que era para protegerme!
Mi madre no respondió.
—¿Y saben qué? —continuó Elena—. Estoy cansada de haber sido protegida.
Me acerqué.
—Elena…
—No.
Me miró.
—Necesito decirlo.
Asentí.
—Toda mi vida alguien decidió qué podía saber, a quién podía conocer, dónde podía vivir y cuándo podía regresar. ¿Y ahora descubro que incluso el nombre de la mujer que me crió era falso?
Mi madre lloraba.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas.
—¿Qué quieres?
Elena respiró.
—Quiero saber quién soy.
Mi madre levantó la mirada.
—Eres Elena.
—Ese es mi nombre.
—Y eres mi hija.
Elena tragó saliva.
—¿Y quién fue la mujer que me crió?
Mi madre respondió:
—Una mujer que te amó.
—Eso no basta.
—Lo sé.
—Necesito saber quién era.
Mi madre asintió.
—Entonces tendremos que encontrar las respuestas.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Tú sabes dónde está Isabel?
—No.
—¿Sabes dónde está Teresa?
—No.
—¿Entonces cómo sabes todo esto?
Mi madre miró la fotografía que aún estaba sobre la mesa.
—Porque tu bisabuela me lo contó.
Sentí un estremecimiento.
—¿Cuándo?
—Poco antes de morir.
—¿Y por qué esperaste tantos años?
Mi madre respondió:
—Porque me pidió que lo hiciera.
Elena cerró los ojos.
—Otra promesa.
—Sí.
—¿Y cuándo terminaba esa promesa?
Mi madre nos miró.
—Cuando ustedes estuvieran juntas.
Elena me miró.
—Estamos juntas.
—Sí.
—Entonces ya no tienes ninguna razón para callarte.
Mi madre asintió.
—No.
Y por primera vez pareció liberarse de algo que había cargado durante décadas.
—La noche del incendio —comenzó—, Teresa sabía que iban a buscarte.
Elena permaneció inmóvil.
—Había descubierto que tu abuelo sabía dónde estabas.
—¿Cómo?
—Porque alguien había vendido información.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
—¿Entonces qué hizo Teresa?
—Buscó ayuda.
—¿De quién?
—De su hermana Isabel.
—¿Por qué Isabel?
—Porque Isabel trabajaba en una clínica.
—¿Qué tenía que ver eso?
—Podía conseguir documentos.
—¿Documentos?
—Una identidad nueva.
Elena frunció el ceño.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Y qué nombre me pusieron?
Mi madre respondió:
—Elena.
—¿Mi nombre verdadero?
—Sí.
—Entonces ¿qué cambiaron?
—Tu apellido.
Elena se quedó callada.
—¿Cuál era?
Mi madre dudó.
—Ferraro.
Elena bajó la mirada.
—Entonces siempre fui Elena Ferraro.
—Sí.
—¿Por qué ocultarlo?
—Porque ese apellido podía encontrarte.
—Pero ustedes lo llevaban.
—Nosotros estábamos escondidos de otra manera.
Elena respiró profundamente.
—¿Y qué pasó con Teresa?
Mi madre respondió:
—Cuando llegó el incendio, Teresa decidió quedarse.
—¿Por qué?
—Para que todos creyeran que tú estabas allí.
—¿Y no estaba?
—No.
—Entonces…
—Isabel te sacó antes.
—¿A dónde?
—A la casa donde creciste.
Elena se llevó las manos al rostro.
—Dios.
Yo la abracé.
Esta vez no me rechazó.
—¿Y Teresa?
Mi madre bajó la voz.
—Desapareció.
—¿Con Lucía?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Lucía había descubierto quién había provocado realmente el incendio.
—¿Quién?
Mi madre negó.
—No lo sé.
—Mamá.
—No lo sé, Elena.