Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 40 LA MESA DONDE NADIE FALTABA

Al día siguiente regresamos a San Antonio de Areco.
Esta vez no llevábamos carpetas.
No llevábamos fotografías antiguas.
No llevábamos preguntas preparadas.
Solo llevábamos una pequeña bolsa con comida, una botella de vino que mi padre había insistido en llevar y la pintura que Elena y yo habíamos hecho juntas.
Dos niñas.
Una puerta abierta.
Un lago.
Una flor.
Elena la llevaba contra el pecho como si transportara algo frágil.
—¿Crees que le gustará? —preguntó.
—Creo que sí.
—¿Y si no?
—Entonces seguirá siendo nuestra.
Sonrió.
—Eso me gusta.
Tomás conducía.
Yo iba a su lado.
Elena estaba detrás, mirando por la ventana.
Durante casi todo el trayecto permaneció en silencio.
No parecía triste.
Parecía estar pensando.
—¿En qué piensas? —pregunté.
—En lo extraño que es regresar a un lugar que nunca conociste.
—¿A qué te refieres?
—Toda mi vida pensé que mi historia estaba en otro sitio.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que estaba repartida en muchos lugares.
Tomás miró por el espejo.
—Eso ocurre con las familias.
Elena sonrió.
—¿Y con las personas?
—También.
—¿Tú dónde tienes repartida tu historia?
Tomás respondió sin apartar los ojos de la carretera.
—En los lugares donde fui querido.
Elena lo miró.
—Esa es una buena respuesta.
Yo sonreí.
—No te acostumbres.
—¿Por qué?
—Se está volviendo demasiado sabio.
Tomás rio.
—No se preocupen. Se me pasa.

Isabel estaba esperando detrás de la puerta.
Esta vez no pareció sorprendida.
Cuando vio a Elena, sonrió.
—Volviste.
—Te dije que volvería.
—Sí.
—Y traje algo.
Isabel miró la pintura.
—¿Qué es?
—Nuestra infancia.
Isabel la tomó con ambas manos.
La observó durante mucho tiempo.
—No tienes ninguna fotografía de ustedes juntas.
—No.
—Entonces hicieron una.
—Sí.
Isabel pasó los dedos por el dibujo.
—¿Quién es esta?
—Yo.
—¿Y esta?
—Clara.
Isabel levantó la mirada.
—Te dibujó con una puerta abierta.
—Sí.
—Eso es muy propio de ella.
—¿De mí?
—De Clara.
—¿La conociste bien?
Isabel sonrió.
—Más de lo que imaginas.
Elena entró.
—Quiero saber cómo era.
Isabel respiró profundamente.
—Tu bisabuela era una mujer que parecía pequeña hasta que alguien intentaba quitarle algo que amaba.
—¿Y después?
—Después parecía enorme.
Sonreí.
—Eso también me lo han dicho.
Isabel me miró.
—Te pareces mucho a ella.
—¿Y Elena?
Isabel volvió la mirada hacia ella.
—Elena tiene algo diferente.
—¿Qué?
—La capacidad de sobrevivir sin dejar de sentir.
Elena bajó la mirada.
—No siempre.
—Ahora sí.

Nos sentamos en el jardín.
Isabel preparó té.
No había prisa.
No había interrogatorios.
Elena quería saber cosas pequeñas.
—¿Cuál era su comida favorita?
—Las empanadas.
—¿Qué música escuchaba?
—Música clásica por las mañanas y canciones populares cuando creía que nadie la escuchaba.
—¿Era ordenada?
Isabel rio.
—Terriblemente.
—¿Y tú?
—Un desastre.
—Eso me gusta.
—¿Por qué?
—Porque demuestra que no era perfecta.
Isabel sonrió.
—No.
—¿Qué hacía cuando estaba triste?
—Caminaba.
—¿Sola?
—Casi siempre.
—¿Y cuando tenía miedo?
Isabel miró el jardín.
—Escribía.
Sentí un escalofrío.
—Eso también lo hago yo.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te pareces a ella.
Elena tomó mi mano.
—¿Qué escribía?
—Todo.
—¿Incluso lo que no quería que nadie supiera?
—Especialmente eso.
—¿Dónde están sus escritos?
Isabel tardó en responder.
—Algunos los tiene tu padre.
—¿Y otros?
—Yo tengo una parte.
—¿Podemos verlos?
Isabel sonrió.
—Algún día.
Elena frunció el ceño.
—¿Por qué no hoy?
—Porque primero quiero que aprendamos a conocernos sin que Clara esté siempre entre nosotras.
Elena quedó en silencio.
Después sonrió.
—Eso me parece justo.

Aquella tarde, Isabel nos mostró el interior de la casa.
Había fotografías.
Libros.
Una máquina de escribir.
Un pequeño escritorio.
En una pared había tres fotografías.
Una de Teresa.
Otra de Lucía.
Y una tercera de una mujer que no conocíamos.
Elena se acercó.
—¿Quién es ella?
Isabel se quedó quieta.
—Una amiga.
—¿Cómo se llamaba?
—Marta.
—¿Qué fue de ella?
Isabel no respondió inmediatamente.
—Murió hace muchos años.
—¿Era parte de todo esto?
—No.
—¿Segura?
Isabel sonrió.
—Era una mujer que ayudó a muchas personas a empezar de nuevo.
—¿Como tú?
—Como nosotras.
—¿Y por qué tienes su fotografía?
—Porque fue quien me enseñó que sobrevivir no era suficiente.
Elena la miró.
—¿Qué más había que hacer?
—Vivir.

La palabra quedó flotando.
Vivir.
Parecía sencilla.
Pero después de todo lo que habíamos descubierto, parecía casi una revolución.
Elena se acercó a Isabel.
—¿Puedo preguntarte algo difícil?
—Sí.
—¿Por qué nunca volviste?
Isabel bajó la mirada.
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De que tu abuelo todavía pudiera encontrarte.
—Murió.
—Lo sé.
—Hace años.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué seguiste escondida?
Isabel suspiró.
—Porque cuando una persona vive demasiado tiempo con miedo, a veces el peligro desaparece antes que el miedo.
Elena se quedó inmóvil.
—Eso me pasó a mí.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te veo.
Elena comenzó a llorar.
—¿Te puedo abrazar?
Isabel cerró los ojos.
—Sí.
Elena la abrazó.
Fue un abrazo largo.
No cinematográfico.
No perfecto.
Dos cuerpos temblando.
Dos vidas intentando cerrar una distancia imposible.
Yo miré hacia otro lado.
No porque quisiera ocultar mis lágrimas.
Sino porque algunas escenas merecen intimidad.




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