Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 42 LA MUJER DE LA VENTANA

No dormimos aquella noche.
Ninguno de nosotros.
El mensaje de Teresa seguía abierto en el teléfono de Elena.
«Ahora que sabes quién soy, ¿quieres conocerme?»
Una pregunta sencilla.
Demasiado sencilla para todo lo que escondía.
Elena permanecía sentada en el borde de la cama, con las manos juntas y la mirada perdida.
Yo estaba frente a ella.
Tomás había decidido quedarse en la casa, aunque sabía que probablemente tampoco dormiría.
Mi padre caminaba de un lado a otro.
Gabriel permanecía en silencio.
Esteban miraba la carta de Valeria como si quisiera encontrar en aquellas palabras una respuesta que todavía no habíamos comprendido.
Mi madre estaba junto a Isabel.
Y por primera vez desde que toda aquella historia había comenzado, no había nadie intentando detenernos.
—¿Qué le respondiste? —pregunté.
Elena me mostró la pantalla.
«Sí.»
—¿Nada más?
—Nada más.
—¿Y ella?
—No volvió a escribir.
Mi padre se detuvo.
—Quizá eso sea bueno.
Elena levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque quizá quiere que nosotros decidamos cuándo verla.
Esteban asintió.
—Teresa siempre fue así.
—¿Cómo? —pregunté.
—Nunca empujaba una puerta.
—¿Qué hacía?
—Esperaba a que alguien decidiera abrirla.
Elena bajó la mirada.
—Entonces se parece a Isabel.
Esteban sonrió.
—Quizá todas aprendieron de la misma mujer.
—¿Clara?
—Sí.
Mi madre intervino.
—Clara no era una mujer fácil.
—Eso ya lo sabemos —dijo Elena.
—Pero tenía una convicción.
—¿Cuál?
—Que nadie debía ser obligado a quedarse donde no quería.
Elena miró nuevamente el mensaje.
—Entonces mañana iremos.
—¿Dónde? —preguntó Gabriel.
—A la cafetería.
Mi padre negó.
—No sabemos si estará allí.
—Ella dijo que no fuera sola.
—¿Y si es una trampa?
Elena lo miró.
—¿Crees que después de todo lo que vivimos alguien podría asustarme con una trampa?
Mi padre se quedó callado.
—No —respondió finalmente—. Pero puedo seguir teniendo miedo por ti.
Elena sonrió.
—Eso sí puedes.

A las ocho de la mañana estábamos todos despiertos.
Mi madre había preparado café.
Nadie tenía hambre.
Tomás llegó temprano.
—¿Listos?
Elena respondió:
—No.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Si estuvieras lista, probablemente no entenderías lo que estás a punto de hacer.
Elena sonrió.
—¿Siempre hablas así?
—Solo cuando estoy nervioso.
—Entonces debes estar muy nervioso.
—Muchísimo.
Me acerqué a él.
—¿Tú también?
—Claro.
—No pareces.
—Estoy fingiendo.
—¿Por qué?
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Elena rio.
Por unos segundos volvió a ser simplemente mi hermana.
No una mujer buscando respuestas.
No una hija enfrentándose a décadas de secretos.
Solo Elena.
Y eso nos dio fuerzas.

Llegamos a la cafetería cerca del mediodía.
Era la misma.
La misma ventana.
Las mismas mesas.
El mismo árbol al otro lado de la calle.
Me quedé mirando el lugar donde, según Esteban, había estado Teresa.
—¿Dónde se sentaba? —preguntó Elena.
Gabriel señaló.
—Allí.
Nos acercamos.
La mesa estaba vacía.
Elena se sentó.
Yo a su lado.
Tomás frente a nosotras.
Esteban y Gabriel ocuparon otra mesa cercana.
Mi padre quiso quedarse en el automóvil.
—No puedo hacerlo.
—¿Qué? —preguntó Elena.
—Sentarme a esperar.
—Entonces camina.
Mi padre sonrió.
—Eso sí puedo.
Salió.
Mi madre permaneció con él.
La cafetería estaba llena.
Personas trabajando.
Parejas conversando.
Estudiantes.
Una mujer leyendo.
Un hombre escribiendo en una computadora.
Una pareja discutiendo en voz baja.
La vida normal.
Y nosotros esperando a una mujer que había pasado décadas viviendo fuera de nuestra historia.
—¿Qué vas a decirle? —pregunté.
Elena tomó aire.
—No sé.
—Está bien.
—Creo que empezaré por preguntarle cómo está.
—Buena idea.
—Después quizá le diga que no la odio.
—¿La odias?
Elena pensó.
—No.
—Entonces no tienes que decirlo.
—Tal vez necesite escucharlo.
—Quizá.
—Y después…
Se quedó callada.
—¿Después?
—Después quiero preguntarle por qué me miraba desde aquella ventana.
Tomás frunció el ceño.
—¿La recuerdas?
Elena asintió.
—No estoy segura.
—¿Qué recuerdas?
—Una mujer.
—¿Qué hacía?
—Me miraba.
—¿Cuándo?
—Cuando era pequeña.
Sentí un escalofrío.
—¿La viste más de una vez?
—Sí.
—¿Dónde?
—Cerca de la escuela.
Tomás se inclinó hacia ella.
—¿Y nunca se acercó?
—No.
—¿Por qué?
—Ahora creo que era Teresa.

A las doce y veinte entró una mujer.
Cabello gris.
Abrigo claro.
Una cartera pequeña.
Caminó lentamente.
No miró alrededor.
Se dirigió directamente hacia nuestra mesa.
Elena dejó de respirar.
La mujer se detuvo frente a ella.
—Hola.
Elena levantó los ojos.
—Hola.
La mujer sonrió.
—Soy Teresa.
Elena asintió.
—Ya lo sé.
Teresa se sentó.
Durante varios segundos nadie habló.
Entonces Teresa miró hacia mí.
—Y tú debes ser Clara.
—Sí.
—Me alegra conocerte.
—A mí también.
Teresa miró a Tomás.
—¿Y él?
—Tomás.
—¿Tu esposo?
—Todavía no.
Tomás sonrió.
—Pero espero que algún día.
Teresa rio.
—Entonces tenemos algo en común.
Elena la miró.
—¿Qué?
—Que esperamos.

Elena permaneció en silencio.
Teresa pidió un café.
No tocó la taza.
—¿Por qué aquí? —preguntó Elena.
—Porque fue el primer lugar donde pude verte sin acercarme.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿Cuántos?
—Veinticinco.
Elena cerró los ojos.
—Yo tenía…
—Cinco años.
—Sí.
—Te veía salir de la escuela.
—¿Por qué?
—Porque quería saber si estabas bien.
—¿Y por qué no hablaste conmigo?
Teresa miró sus manos.
—Porque había prometido que no lo haría.
—¿A quién?
—A Isabel.
Elena tragó saliva.
—¿Por qué?
—Porque ella te estaba protegiendo.
—¿De quién?
—De todos nosotros.
—Eso no responde.
Teresa respiró.
—De la historia.
Elena frunció el ceño.
—¿Cómo puede una historia ser peligrosa?
—Cuando una familia poderosa decide que una verdad no debe existir.
—¿Qué verdad?
Teresa miró alrededor.
—No aquí.
—¿Dónde?
—En un lugar donde nadie pueda escucharnos.
—¿Dónde?
—En mi casa.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Quieres que vaya?
—Sí.
—¿Ahora?
—Si quieres.
Elena me miró.
Yo asentí.
Tomás también.
—Vamos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.