Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 43 LA VOZ DEL OTRO LADO

—Ya es suficiente.

La voz seguía resonando en mi cabeza incluso después de que la llamada terminara.
Nadie se movió.
Mi padre mantenía el teléfono en la mano.
Marta permanecía junto a la puerta.
Isabel tenía los ojos clavados en ella.
Elena sostenía mi mano con tanta fuerza que podía sentir el temblor de sus dedos.
Tomás se había colocado discretamente a nuestro lado.
Gabriel y Esteban intercambiaron una mirada que decía mucho más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a pronunciar.
—¿Quién era? —preguntó mi madre.
Mi padre tardó en responder.
—No lo sé.
Marta negó lentamente.
—Sí lo sabes.
Todos la miramos.
Mi padre levantó los ojos.
—No.
—Reconociste la voz.
—Han pasado demasiados años.
—Pero la reconociste.
Mi padre apretó el teléfono.
—No estoy seguro.
Marta dio un paso hacia la mesa.
—Yo sí.
—¿Quién era? —preguntó Elena.
Marta la miró.
—Alguien que no esperaba que siguieras buscando.
Elena respiró profundamente.
—Yo no lo estaba buscando.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué me llamó?
Marta miró a Isabel.
—Porque ahora sabe que estoy aquí.
Isabel cerró los ojos.
—No.
—Sí.
—No puede saberlo.
—Ya lo sabe.
—¿Cómo?
Marta señaló el teléfono.
—Porque llevaba años esperando que alguna de nosotras volviera a hablar.

Mi padre dejó el teléfono sobre la mesa.
—Tenemos que salir de aquí.
Elena negó.
—No.
—¿Qué?
—No vamos a huir.
—No estoy diciendo que huyamos.
—Entonces ¿qué?
—Que necesitamos pensar.
—Podemos pensar aquí.
—No sabemos quién está detrás de esto.
—Precisamente por eso.
Mi padre miró a Marta.
—¿Tú sabías que podía ocurrir?
—Sí.
—¿Y viniste igual?
—Sí.
—¿Por qué?
Marta miró a Elena.
—Porque ella tenía derecho a saber que no estaba sola.
Elena bajó la mirada.
—No quiero que nadie vuelva a decidir por mí.
Marta asintió.
—Entonces decide.
—¿Qué?
—Si quieres saber la verdad.
Elena miró a todos.
Después a mí.
—Sí.
Marta respiró profundamente.
—Entonces tendremos que irnos.
—¿Adónde?
—A un lugar donde nadie espere encontrarnos.
Tomás intervino.
—¿Existe ese lugar?
Marta sonrió.
—Sí.
—¿Dónde?
—En la casa de Valeria.
El silencio fue inmediato.
—¿Valeria tenía una casa? —pregunté.
Marta asintió.
—Sí.
—¿Dónde?
—Cerca de Tigre.
Mi padre palideció.
—No.
Marta lo miró.
—Sí.
—Esa casa fue vendida.
—No.
—Yo vi los documentos.
—Los documentos fueron falsificados.
Gabriel se levantó.
—¿Cómo sabes?
Marta respondió:
—Porque yo los falsifiqué.

Aquella confesión cambió el aire de la habitación.
—¿Tú? —preguntó Gabriel.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitábamos que todos creyeran que Valeria había perdido aquella propiedad.
—¿Y nunca la vendieron?
—No.
—¿Quién la tiene?
—Nadie.
—¿Entonces?
—Está abandonada.
Mi padre negó con la cabeza.
—No quiero volver allí.
—¿Por qué?
—Porque fue el último lugar donde vi a Valeria.
Marta bajó la mirada.
—Entonces quizá sea el momento de volver.
—No.
—Rafael.
—No.
—Tienes que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque la verdad que estás evitando sigue allí.
Mi padre apretó los labios.
—No quiero volver a perder a alguien.
Elena se acercó.
—Papá.
Él la miró.
—No vamos a perder a nadie.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque esta vez nadie va solo.
Mi padre cerró los ojos.
Después asintió.
—Está bien.

Nos marchamos al anochecer.
No llevamos equipaje.
Solo documentos, teléfonos y la caja de Valeria.
Marta insistió en llevarla.
—Esto no debe separarse de nosotros.
—¿Qué contiene? —pregunté.
—Lo suficiente para entender el principio.
—¿Y el final?
—El final lo escribirán ustedes.
Elena la miró.
—¿Por qué hablas como si supieras que vamos a encontrarlo?
Marta sonrió.
—Porque llevas toda la vida caminando hacia él sin saberlo.
Tomás abrió la puerta del automóvil.
—Eso no es tranquilizador.
Marta rio.
—No pretendía serlo.

Durante el viaje nadie habló demasiado.
La ciudad quedó atrás.
Las luces fueron desapareciendo.
El camino se volvió más oscuro.
Elena estaba sentada junto a mí.
Miraba por la ventana.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿Mucho?
—Sí.
—Yo también.
—¿Y eso te tranquiliza?
—Un poco.
Sonrió.
—¿Por qué?
—Porque significa que no soy la única.
Tomás nos miró desde el espejo.
—Eso sí es una buena razón.

Llegamos cerca de las diez.
La casa estaba escondida entre árboles.
No parecía una casa abandonada.
Parecía una casa que había decidido permanecer en silencio.
La puerta estaba cubierta de polvo.
Las ventanas oscuras.
El jardín había crecido sin control.
Marta bajó primero.
—Aquí.
Mi padre se quedó dentro del automóvil.
—No puedo.
Elena abrió la puerta trasera.
—Papá.
—No.
—¿Qué recuerdas?
—Demasiado.
—Entonces ven conmigo.
Mi padre la miró.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no tienes que entrar solo.
Él salió.
Caminó hacia la casa.
Cada paso parecía pesarle.
Marta abrió la puerta.
El interior olía a humedad y madera antigua.
Encendió una linterna.
Había muebles cubiertos con sábanas.
Una mesa.
Una chimenea.
Una biblioteca.
Y en la pared principal, una fotografía.
Valeria.
Joven.
Sonriendo.
Mi padre se detuvo.
—Dios mío.
Marta se acercó.
—Nunca la olvidaste.
—Nunca.
—Ella tampoco te olvidó.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me lo dijo.
Mi padre comenzó a llorar.
—¿Cuándo?
—La última noche.
—¿Qué dijo?
Marta miró la fotografía.
—Que lo único que lamentaba era haberse enamorado de alguien que no sabía protegerla.
Mi padre bajó la cabeza.
—Yo era un cobarde.
—Eras joven.
—Eso no es una excusa.
—No.
—¿Entonces?
—Es una explicación.




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