Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 45 EL LUGAR DONDE ELEGIMOS QUEDARNOS

La mañana comenzó con una llamada que nadie esperaba.

Eran las siete y doce cuando el teléfono de Elena vibró sobre la mesa de luz.

Ella abrió los ojos lentamente, buscó el aparato y miró la pantalla.

Durante unos segundos no hizo nada.

Después se incorporó.

—Clara.

Yo estaba en la habitación contigua y entré inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Elena me mostró el teléfono.

Era un número desconocido.

—¿Quieres contestar?

—No sé.

El teléfono dejó de sonar.

Elena respiró.

—Quizá sea mejor así.

Pero unos segundos después llegó un mensaje.

«Necesito hablar contigo antes de que alguien más lo haga.»

Elena palideció.

—¿Quién es?

—No lo sé.

Llegó otro mensaje.

«No busques mi nombre. Ya sabes suficiente.»

Elena me miró.

—Esto no me gusta.

—A mí tampoco.

Un tercer mensaje apareció.

«Quiero verte una sola vez. Después desapareceré de tu vida si eso es lo que deseas.»

Elena permaneció inmóvil.

—¿Qué hago?

Pensé unos segundos.

—Lo que quieras.

Ella cerró los ojos.

—No quiero volver a entrar en ese círculo.

—Entonces no lo hagas.

—Pero puede ser importante.

—Puede.

—Y si no voy…

—No sabrás qué quería decir.

Elena dejó el teléfono sobre la cama.

—Estoy cansada de elegir entre la tranquilidad y la verdad.

Me senté junto a ella.

—Entonces no elijas ninguna de las dos.

—¿Qué?

—Elige tu paz.

Me miró.

—¿Y si la verdad forma parte de ella?

—Entonces llegará a ti sin que tengas que perseguirla.

Elena tomó nuevamente el teléfono.

Escribió:

«¿Quién eres?»

La respuesta llegó inmediatamente.

«Alguien que te debe una disculpa.»

Elena cerró los ojos.

—Eso puede significar cualquier cosa.

—Sí.

—¿Y si es Mauricio?

—No lo sabemos.

—¿Y si es alguien que trabajó para él?

—Tampoco.

—¿Y si es alguien de nuestra familia?

La miré.

—Entonces tendrá que decirlo.

Elena respiró profundamente.

—Quiero verlo.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Dónde?

Elena escribió.

«¿Dónde?»

La respuesta llegó.

«En el lugar donde aprendiste a confiar.»

Elena frunció el ceño.

—No entiendo.

Yo sí.

—La cafetería.

Me miró.

—Sí.

Una hora después estábamos allí.

La misma mesa.

La misma ventana.

El mismo árbol.

Pero esta vez Elena no parecía la niña que había esperado durante años una respuesta.

Parecía una mujer.

Una mujer que ya sabía quién era.

Tomás estaba con nosotros.

No se sentó junto a Elena.

Se quedó a cierta distancia.

—¿Quieres que me acerque? —preguntó.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—Entonces estaré aquí.

Sonrió.

—Siempre.

Elena me miró.

—¿Y tú?

—Aquí.

—Gracias.

Esperamos.

Diez minutos.

Veinte.

Treinta.

Nada.

Hasta que un hombre apareció en la puerta.

No era mayor.

Tampoco joven.

Llevaba un abrigo oscuro y una carpeta bajo el brazo.

Miró alrededor.

Sus ojos encontraron los de Elena.

Se acercó.

—¿Elena?

Ella asintió.

—Sí.

El hombre dejó la carpeta sobre la mesa.

—Me llamo Andrés.

—No te conozco.

—Lo sé.

—¿Qué quieres?

Andrés se sentó.

—Pedirte perdón.

Elena no respondió.

—¿Por qué?

—Por haber sabido cosas y no haber hablado.

—¿Qué cosas?

Andrés miró hacia la ventana.

—Sobre tu madre.

—¿Cuál?

—Gabriela.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Qué sabes de ella?

—Que intentó protegerte.

—Eso ya lo sé.

—No de la manera que crees.

—Explícame.

Andrés abrió la carpeta.

Había documentos.

—Tu madre no sabía toda la verdad.

—¿Qué significa eso?

—Ella creyó que estaba protegiéndote de una persona.

—¿Y?

—En realidad intentaba protegerte de una estructura mucho más grande.

Elena respiró profundamente.

—¿La organización?

Andrés asintió.

—Sí.

—¿Río Sur?

—Río Sur era solamente una pieza.

—¿Y quién estaba detrás?

Andrés negó.

—No quiero darte un nombre.

Elena sonrió con tristeza.

—Entonces ¿para qué viniste?

Andrés la miró.

—Porque quiero darte algo que sí necesitas.

—¿Qué?

—Una elección.

Sacó una fotografía.

No era antigua.

Era reciente.

Aparecía una mujer sentada en un banco.

Elena la miró.

—¿Quién es?

—Alguien que te conoce.

—¿Marta?

—No.

—¿Teresa?

—No.

—¿Lucía?

—No.

Andrés negó.

—Es Adriana.

Elena se quedó inmóvil.

—Pero murió.

—Sí.

—Entonces ¿quién es esa mujer?

Andrés bajó la voz.

—Su hija.

Elena miró la fotografía.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Todo.

—No entiendo.

—Adriana dejó una hija.

—¿Y?

—Una hija que creció creyendo que su madre había sido una traidora.

—¿Lo fue?

—No.

—Entonces…

—Adriana intentó reparar lo que había hecho.

Elena cerró los ojos.

—¿Qué hizo?

—Entregó documentos.

—¿Los documentos de Valeria?

—Sí.

—¿Y después?

—Desapareció.

—¿La mataron?

Andrés guardó silencio.

—Eso pensé.

—¿Y ahora?

—Ahora sabemos que murió años después.

Elena lo miró.

—¿Cómo?

—En un hospital.

—¿De qué?

—Cáncer.

Elena soltó lentamente el aire.

—Entonces no hubo asesinato.

—No.

—¿Y por qué todos hablan como si hubiera?

—Porque durante años fue más fácil creer que todos habían muerto por culpa de alguien.




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