Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 47 LO QUE MI MEMORIA HABÍA GUARDADO

Durante varios segundos nadie habló.
La frase seguía escrita en la pantalla del teléfono de Sofía.

«Ahora que ella recuerda, ya no pueden detenerlo.»

No sabía quién había enviado aquel mensaje.
Pero había algo que sabía con absoluta certeza.

Había recordado una voz.

No un rostro.
No un nombre.
No una escena completa.

Una voz.

Una voz que había quedado enterrada en algún lugar de mi memoria durante décadas, esperando exactamente aquel momento para regresar.

—Clara —dijo Elena suavemente—. Mírame.

La miré.

—¿Qué recuerdas?

Tragué saliva.

—Una puerta.

—¿Qué puerta?

—Una puerta de madera.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿Dentro de la casa?

Asentí.

—Creo que sí.

Tomás se acercó.

—No tienes que forzarte.

—Lo sé.

—Entonces no lo hagas.

Cerré los ojos.

—Pero necesito recordar.

Elena tomó mi mano.

—No tienes que hacerlo esta noche.

—Sí tengo.

—¿Por qué?

—Porque durante toda nuestra historia creí que estaba ayudándote a encontrar tu pasado.

La miré.

—Y quizá mi pasado también estaba esperando ser encontrado.

Elena no respondió.

Solo apretó mi mano.

Y aquel gesto fue suficiente para que comprendiera que, aunque no recordara todo, ya no estaba sola frente a aquello.

Aquella noche nadie durmió.

No porque estuviéramos aterrados.

Sino porque habíamos descubierto que nuestra historia tenía una habitación que nunca habíamos abierto.

Mi padre permaneció en la cocina.

Gabriel revisaba los documentos.

Esteban hablaba por teléfono con el abogado.

Marta y Teresa discutían en voz baja.

Lucía estaba sentada junto a Isabel.

Sofía permanecía mirando la fotografía de Adriana.

Elena estaba conmigo.

Tomás no se apartaba.

—Voy a hacerte una pregunta —dijo Elena.

—Pregunta.

—¿Qué edad tenías aquella noche?

Pensé.

—Ocho.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Y dónde estabas?

Cerré los ojos.

—Con mi madre.

Todos guardaron silencio.

—¿Qué recuerdas de ella?

—Que estaba nerviosa.

—¿Mucho?

—Sí.

—¿Te dijo algo?

La memoria apareció como una fotografía rota.

—Me dijo que no me separara de ella.

—¿Y después?

—Escuché gritos.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Hombres?

—Sí.

—¿Había alguien más?

Me llevé una mano a la frente.

—Una mujer.

Elena se inclinó.

—¿Quién?

—No puedo verla.

—No importa.

—Sí importa.

—Clara.

—Necesito saberlo.

Tomás intervino.

—No necesitas nada.

Lo miré.

—¿Qué?

—No tienes que demostrarle nada a nadie.

—Pero…

—Tu memoria no es un juicio.

La frase me hizo callar.

—No tienes que recordar todo de golpe.

Respiré.

—Tienes razón.

Elena sonrió.

—Siempre tiene que aparecer alguien para decir algo sensato.

Tomás levantó las manos.

—Es mi única habilidad.

Todos reímos suavemente.

Fue extraño.

Hablar de recuerdos dolorosos y terminar riendo.

Pero quizá eso también era sanar.

A las dos de la madrugada, mi madre entró en la cocina.

Se sentó frente a mí.

—Quiero contarte algo.

—¿Sobre aquella noche?

Asintió.

—Sí.

—¿Estuviste allí?

—No.

—Entonces ¿cómo sabes?

Mi madre tomó aire.

—Porque fui yo quien te llevó.

La miré.

—¿Qué?

—Tu madre me pidió ayuda.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo.

—¿De quién?

—De una mujer.

Sentí un escalofrío.

—¿La misma que recuerdo?

—Probablemente.

—¿Quién era?

Mi madre negó.

—Nunca me dijo su nombre.

—¿Por qué me llevó allí?

—Porque necesitaba esconderte.

—¿De qué?

—De alguien que estaba buscando a Elena.

La habitación quedó en silencio.

—Entonces yo vi a Elena.

Mi madre asintió.

—Sí.

—¿Dónde?

—En una habitación.

—¿Sola?

—No.

—¿Con quién?

Mi madre cerró los ojos.

—Con Valeria.

El nombre me atravesó.

—¿Valeria estaba viva aquella noche?

—Sí.

—Pero…

—Todos creímos que había muerto antes.

—¿Por qué?

—Porque esa fue la historia que alguien construyó.

—¿Y tú?

—Yo sabía que no era verdad.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Mi madre comenzó a llorar.

—Porque te pedí que olvidaras.

—¿Cómo?

—Te llevé lejos.

—¿Y?

—Te dije que habías tenido una pesadilla.

—¿Funcionó?

Mi madre negó.

—No.

—Entonces…

—Tu mente hizo algo que yo no pude hacer.

—¿Qué?

—Guardó lo que no podía soportar.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué pasó con Valeria?

Mi madre miró hacia la ventana.

—Cuando te encontré, ella todavía estaba viva.

—¿Y después?

—Me pidió que sacara a Elena de allí.

—¿Por qué?

—Porque sabía que iban a buscarla.

—¿Quiénes?

—No lo sé.

—Mamá.

—De verdad no lo sé.

—¿Qué pasó con Valeria?

Mi madre cerró los ojos.

—Cuando regresé, ya no estaba.

—¿Se había ido?

—Sí.

—¿Y después?

—Nunca volví a verla.

—Hasta la grabación.

—Sí.

Sentí que todo comenzaba a encajar.

Pero todavía faltaba algo.

—La voz.

Mi madre me miró.

—¿Qué voz?

—La que recuerdo.

—¿Qué decía?

Cerré los ojos.

Y la escuché otra vez.

Una voz femenina.

Suave.

Pero firme.

«No le digas a nadie que viste a Elena.»

Mi madre se quedó pálida.

—¿Qué?

—Eso dijo.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

Mi madre comenzó a llorar.

—Yo sí.

La miré.

—¿Quién?

Mi madre tardó varios segundos.




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