La llamada terminó, pero su voz permaneció conmigo.
—Perdóname.
Dos palabras.
Nada más.
Dos palabras que habían tardado treinta años en llegar.
Me quedé mirando el teléfono como si pudiera volver a sonar por voluntad propia.
No ocurrió.
La pantalla se apagó.
El reflejo de mi rostro apareció sobre ella.
Parecía el mismo de siempre.
Pero yo sabía que no lo era.
—Clara —susurró Elena.
No respondí.
—Clara, mírame.
Levanté los ojos.
—Era él.
Mi voz apenas salió.
—Sí.
—Mi padre.
Elena se acercó.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Reconocí su voz.
—¿Qué dijo?
—Perdóname.
Mi madre se cubrió el rostro.
Tomás permanecía detrás de mí.
—¿Sabes dónde está? —preguntó Elena.
Negué.
—No.
—¿Te dijo algo más?
—No.
—¿Nada?
—Solo eso.
Gabriel tomó el teléfono.
—¿Podemos rastrear la llamada?
Esteban negó.
—Quizá, pero no desde aquí.
—Podemos intentarlo.
Elena levantó una mano.
—No.
Gabriel la miró.
—¿Por qué?
—Porque esta vez quiero que él decida hablar.
—¿Y si no vuelve a llamar?
—Entonces esperaré.
Mi madre la miró con sorpresa.
—¿Esperarás?
Elena asintió.
—Sí.
—¿Después de todo esto?
—Precisamente por todo esto.
Aquella noche nadie quiso dormir.
Mi padre se quedó sentado en el jardín.
Mi madre preparó té.
Elena permaneció conmigo.
Tomás se sentó en el suelo frente a nosotras.
Sofía, Lucía, Marta y Teresa habían decidido quedarse.
No preguntaron si podían.
Simplemente se quedaron.
Y agradecí que lo hicieran.
—Quiero recordar —dije finalmente.
Elena me miró.
—¿Qué?
—Todo.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Estás segura?
—No.
—Entonces…
—Pero quiero intentarlo.
Tomás se levantó.
—¿Quieres que todos salgamos?
Miré a mi madre.
—No.
—¿Quieres que me quede?
—Sí.
—Entonces me quedo.
Cerré los ojos.
Respiré lentamente.
Y dejé que la memoria hiciera lo que había hecho durante décadas.
Abrir una puerta.
Primero apareció el olor.
Humo.
Madera.
Tierra mojada.
Después un sonido.
Una puerta cerrándose.
Después una voz.
—Clara, quédate aquí.
Era mi padre.
Más joven.
Mucho más joven.
Yo estaba escondida debajo de una mesa.
Recordé sus zapatos.
Recordé sus manos.
Recordé que estaba temblando.
Después apareció Valeria.
Estaba de pie junto a él.
Discutían.
—No puedes llevártela.
—Tengo que hacerlo.
—Es una niña.
—Precisamente.
—No sabe nada.
—Eso es lo que todos creen.
Mi respiración se aceleró.
—¿Qué dije? —pregunté.
Mi madre me tomó la mano.
—No tienes que hablar.
Pero continué.
—Mi padre dijo algo.
—¿Qué?
—«Ella vio el cuaderno».
Marta se quedó inmóvil.
—¿Qué cuaderno?
—No lo sé.
Intenté recordar.
Una mesa.
Un cuaderno negro.
Una fotografía.
Un hombre.
Y Elena.
—Yo había visto algo.
—¿Qué? —preguntó Gabriel.
—Una lista.
—¿De nombres?
—Sí.
—¿Qué nombres?
Negué.
—No puedo verlos.
Cerré los ojos.
El recuerdo cambió.
Una mujer entró.
Era Adriana.
—¡No puedes hacer esto! —gritó.
Mi padre respondió:
—Ya es demasiado tarde.
Valeria se interpuso.
—Ella no tiene nada que ver.
Adriana miró hacia donde yo estaba escondida.
Y dijo:
—Entonces sáquenla de aquí.
Mi padre respondió:
—Eso intento.
Abrí los ojos.
Estaba llorando.
Elena me abrazó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Qué recuerdas?
—Mi padre intentaba sacarme de allí.
—¿Para protegerte?
—Creo que sí.
—Entonces…
—Pero no era el único que estaba asustado.
—¿Quién más?
—Valeria.
—¿Por qué?
—Porque alguien iba a llegar.
Marta preguntó:
—¿Quién?
—No lo sé.
Entonces apareció otro recuerdo.
Un automóvil.
Luces.
Una persona bajando.
Un hombre.
Mi padre lo vio.
Su rostro cambió.
—No —susurró.
El hombre entró.
No pude verle la cara.
Pero escuché su voz.
—Ya no pueden esconderla.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué pasó después? —preguntó Elena.
—Mi padre me tomó en brazos.
—¿Y Valeria?
—Se quedó.
—¿Por qué?
—Porque alguien tenía que distraerlo.
—¿A quién?
No pude responder.
El recuerdo desapareció.
—¿Puedes recordar algo de ese hombre? —preguntó Esteban.
—Su voz.
—¿La reconoces?
Negué.
—No.
—¿La voz de la llamada?
Cerré los ojos.
Escuché ambas.
La del recuerdo.
La de la llamada.
No eran iguales.
—No.
—Entonces no era tu padre.
—No.
Mi madre respiró aliviada.
—Entonces quizá…
La interrumpí.
—Pero mi padre estaba allí.
Todos guardaron silencio.
—¿Qué significa?
—Que él sabía quién era ese hombre.
Marta se acercó.
—¿Viste su rostro?
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi padre me cubrió los ojos.
Elena se quedó inmóvil.
—Clara.
—Sí.
—¿Tu padre te protegió de verlo?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Porque sabía que yo podía recordarlo.
Marta miró a Teresa.
—Eso cambia todo.
Teresa asintió.
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó Sofía.
Teresa respondió:
—Porque significa que Clara no era solamente una testigo.
—¿Entonces qué era?
Teresa me miró.
—Una pieza de protección.
—No entiendo.
—Si alguien creía que tú habías visto el rostro de ese hombre, podía usarte para identificarlo.
—Pero yo era una niña.
—Eso no importa.
—Entonces mi padre…
—Te escondió para evitarlo.
—¿Y por qué desapareció?
Teresa respiró.
—Porque si se quedaba, te encontraban.