No dormí.
Cuando el cielo comenzó a aclararse, seguía sentada al borde de la cama con la dirección de Montevideo entre las manos.
La había leído tantas veces que ya no necesitaba mirar el papel.
Calle.
Número.
Una puerta.
La puerta detrás de la cual, quizá, estaba el hombre que durante treinta años había existido solamente en mis recuerdos.
Mi padre.
El hombre que yo había llorado.
El hombre que había odiado algunas noches.
El hombre al que había extrañado incluso cuando me decía que no debía hacerlo.
Y ahora sabía que estaba vivo.
No sabía si eso era una bendición o una herida que acababa de abrirse.
—¿Sigues despierta?
La voz de Elena me hizo levantar la cabeza.
Estaba en la puerta.
—Sí.
—Lo imaginé.
Entró y se sentó a mi lado.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿Quieres cancelar el viaje?
Negué.
—No.
—¿Quieres que vaya contigo?
—Sí.
—Entonces iré.
Sonreí.
—Tomás también.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque lleva una hora despierto preparando café.
Me reí por primera vez en toda la noche.
—Eso es muy propio de él.
Elena me abrazó.
—Hoy no tienes que resolver nada.
—¿Entonces?
—Solo tienes que conocer a tu padre.
Cerré los ojos.
—No sé si podré llamarlo así.
—No tienes que hacerlo.
—¿Qué le digo?
—Lo que sientas.
—¿Y si lo odio?
—Se lo dices.
—¿Y si lo perdono?
—También.
—¿Y si no sé qué siento?
Elena sonrió.
—Entonces puedes quedarte en silencio.
Aquella respuesta me dio una tranquilidad inesperada.
Porque durante toda mi vida había creído que cuando finalmente encontrara a mi padre tendría que tener las palabras perfectas.
Ahora entendía que quizá no necesitaba ninguna.
Salimos poco después de las ocho.
Mi madre nos acompañó hasta la puerta.
No quería despedirse como si fuera una despedida definitiva.
—Vas a volver —dijo.
—Sí.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Me abrazó.
Sentí que temblaba.
—¿Mamá?
—¿Sí?
—¿Por qué nunca me dijiste que estaba vivo?
Cerró los ojos.
—Porque él me lo pidió.
—¿Y tú aceptaste?
—Sí.
—¿Nunca dudaste?
—Todos los días.
—Entonces ¿por qué obedeciste?
Mi madre me acarició el rostro.
—Porque aquella noche tu padre me dijo algo que nunca pude olvidar.
—¿Qué?
—«Si algún día ella me busca, no la detengas. Pero tampoco la empujes hacia mí».
—¿Por qué?
—Porque quería que la decisión fuera tuya.
Miré a Elena.
Ella asintió.
—Entonces hoy estoy haciendo exactamente eso.
Mi madre sonrió entre lágrimas.
—Sí.
El viaje fue silencioso al principio.
Tomás conducía.
Elena iba a mi lado.
Yo miraba por la ventana.
Los paisajes cambiaban.
La ciudad quedaba atrás.
Después el río.
Después la ruta.
Después la frontera.
Y con cada kilómetro sentía que mi infancia quedaba un poco más cerca.
—¿Quieres música? —preguntó Tomás.
—No.
—¿Quieres hablar?
—Tampoco.
—¿Quieres dormir?
—No.
—¿Quieres que siga conduciendo?
Lo miré.
—Sí.
Sonrió.
—Perfecto.
Elena soltó una pequeña risa.
—Es increíble cómo puede resolver una crisis.
—Tengo habilidades —respondió él.
—¿Cuáles?
—No hacer preguntas cuando alguien no quiere responder.
Lo miré.
—Eso vale mucho.
—Lo sé.
Llegamos a Montevideo por la tarde.
No fuimos directamente a la dirección.
Primero nos detuvimos frente al río.
Necesitaba respirar.
Bajé del automóvil.
El viento me golpeó el rostro.
El agua se extendía frente a nosotros.
Tan enorme.
Tan tranquila.
Tan diferente de todo lo que ocurría dentro de mí.
Elena se acercó.
—¿Qué sientes?
—Que estoy a punto de conocer una parte de mí que no conozco.
—Eso da miedo.
—Mucho.
Tomás se acercó.
—Pero no estás sola.
Lo miré.
—Lo sé.
Y esa vez no necesité decir nada más.
Llegamos a la dirección al caer la tarde.
Era una casa sencilla.
No parecía esconder nada.
No parecía pertenecer a alguien que hubiera pasado treinta años huyendo de su pasado.
Tenía plantas en la entrada.
Una bicicleta.
Una ventana abierta.
Y una luz encendida.
Me quedé dentro del automóvil.
—¿Quieres que toquemos? —preguntó Elena.
—No.
—¿Quieres esperar?
—Sí.
Esperamos.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Entonces la puerta se abrió.
Un hombre salió.
No lo reconocí inmediatamente.
Había envejecido.
Su cabello era completamente gris.
Caminaba lentamente.
Tenía una taza en la mano.
Se detuvo en la entrada.
Miró hacia la calle.
Y entonces nuestros ojos se encontraron.
No hubo música.
No hubo milagros.
No hubo una sensación mágica.
Solo una mirada.
La suya.
La mía.
Y treinta años entre ambas.
El hombre dejó la taza sobre una pequeña mesa.
Caminó hacia nosotros.
Yo salí del automóvil.
Elena permaneció detrás.
Tomás también.
El hombre se detuvo a unos metros.
—Clara.
Escuchar mi nombre en su voz fue suficiente.
Las piernas me temblaron.
—Papá.
Él cerró los ojos.
Una lágrima recorrió su rostro.
—Hija.
No pude moverme.
Él tampoco.
Durante unos segundos simplemente nos miramos.
Hasta que pregunté:
—¿Por qué?
Mi padre bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No sabes nada.
—Tienes razón.
—Entonces dime por qué.
Él respiró profundamente.
—Porque tuve miedo.
—¿De qué?
—De perderte.