Tomás seguía mirando la hoja como si las palabras hubieran dejado de tener significado.
La sostenía con ambas manos.
No temblaba.
Eso era lo que más me preocupaba.
Cuando una persona tiembla, todavía está luchando contra lo que siente.
Tomás no.
Tomás parecía haberse quedado vacío.
—Decime el nombre otra vez —dijo finalmente.
Mi padre lo miró.
—No sé si…
—Decímelo.
Mi padre respiró profundamente.
—Julián Ferrer.
Tomás cerró los ojos.
No reaccionó.
—¿Quién es? —preguntó Elena.
Mi padre respondió:
—El hombre que aparecía en los documentos de Valeria.
—¿Y qué relación tiene conmigo? —preguntó Tomás.
Nadie contestó inmediatamente.
Fue Sofía quien habló.
—Según la carta de mi madre… era tu padre.
Tomás soltó una risa breve.
No era una risa de alegría.
Era una risa de incredulidad.
—No.
—Tomás…
—No.
—Hay documentos.
—Los documentos pueden mentir.
—Sí.
—Entonces no significa nada.
Mi padre se acercó.
—Tienes razón.
Tomás lo miró.
—¿Qué?
—No significa nada todavía.
—Pero acabas de decir…
—Dije lo que dice el documento.
—Entonces ¿por qué no me dices que es verdad?
Mi padre guardó silencio.
—Porque no lo sé.
Tomás dejó caer la hoja sobre la mesa.
—¿Y quién lo sabe?
Mi padre miró hacia la ventana.
—Valeria.
El silencio fue inmediato.
Tomás palideció.
—Pero está muerta.
Mi padre no respondió.
Tomás levantó la cabeza.
—¿Está muerta?
Mi padre cerró los ojos.
—Eso creíamos.
Nadie se movió.
Sentí que la historia volvía a girar sobre sí misma.
Una mujer que todos habíamos llorado.
Una mujer cuya voz habíamos escuchado en una grabación.
Una mujer que había sido convertida en recuerdo.
Y ahora aparecía nuevamente como una posibilidad.
—¿Qué significa «eso creíamos»? —pregunté.
Mi padre respondió:
—Significa que nunca encontramos su cuerpo.
Sofía dio un paso atrás.
—¿Qué?
—Después del incendio, la gente asumió que había muerto.
—¿Y tú?
—Yo nunca estuve seguro.
—¿Por qué?
—Porque encontré algo.
—¿Qué?
Mi padre sacó una fotografía.
Era antigua.
La dejó sobre la mesa.
—Esta fue tomada tres días después del incendio.
Miré la imagen.
Una estación de tren.
Personas caminando.
Un hombre.
Una mujer.
Y al fondo…
Una figura que parecía ser Valeria.
Sofía tomó la fotografía.
—Es ella.
—No sabemos si es ella —dijo mi padre.
—Yo la reconocería.
—Han pasado treinta años.
—Yo conozco su rostro.
Elena se acercó.
—¿Dónde fue tomada?
—Montevideo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Entonces estaba viva.
Mi padre negó.
—No necesariamente.
—¿Por qué?
—Porque la fotografía podría ser anterior.
—¿Tres días después?
—Eso dice el registro.
—Entonces…
—Entonces tenemos que comprobarlo.
Tomás seguía inmóvil.
—No quiero buscarla.
Todos lo miramos.
—¿Por qué? —preguntó Elena.
—Porque si está viva…
Se detuvo.
—¿Qué?
—No sé qué sería peor.
Me acerqué.
—Encontrarla o no encontrarla.
Asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque toda mi vida pensé que mi madre había muerto.
Su voz se quebró.
—Aprendí a vivir con eso.
—Lo sé.
—Si está viva, significa que toda mi vida fue una mentira.
—No necesariamente.
—¿Entonces qué significa?
—Que quizá ella también estaba intentando protegerte.
Tomás me miró.
—¿Como tu padre?
No pude responder.
Porque aquella pregunta había tocado algo profundo.
Sí.
Como mi padre.
Como mi madre.
Como Adriana.
Como todos los adultos que habían tomado decisiones en nombre de niños que nunca tuvieron la oportunidad de elegir.
Tomás salió al jardín.
Lo seguí.
Se sentó bajo el árbol.
—No sé quién soy —dijo.
—Sí sabes.
—No.
—Sí.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque yo también pensé eso.
—¿Cuándo?
—Cuando descubrí que mi padre estaba vivo.
—¿Y qué hiciste?
—Tuve miedo.
—¿Y después?
—Lo conocí.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que puedo tener un pasado complicado y seguir siendo la misma persona.
Tomás miró el suelo.
—¿Y si mi padre fue alguien terrible?
—Entonces eso pertenece a él.
—¿Y si heredé algo de él?
—Todos heredamos cosas.
—¿Y si heredé lo peor?
Tomé su mano.
—Entonces eliges qué hacer con ello.
Me miró.
—¿Y si no puedo?
—No tienes que hacerlo solo.
Tomás apretó mi mano.
—Gracias.
—No me agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque yo también necesito que alguien me diga eso algunas veces.
Sonrió.
—Entonces estamos iguales.
Cuando regresamos, mi padre estaba hablando con Elena.
Sobre la mesa había varios documentos.
—Encontré algo —dijo Elena.
—¿Qué?
—Una fecha.
—¿Cuál?
—La fecha de nacimiento de Tomás.
Él se acercó.
—¿Y?
Elena señaló una línea.
—Coincide con una anotación de Valeria.
—¿Qué anotación?
—«El niño nació el día en que todo terminó».
Tomás frunció el ceño.
—¿Qué significa?
Mi padre respondió:
—Que probablemente sabía que alguien la estaba buscando.
—¿Y por qué escribiría eso?
—Porque quizá sabía que tendría que desaparecer.
Tomás se sentó.
—Entonces me abandonó.
Mi padre negó.
—No necesariamente.
—¿Qué otra explicación hay?
—Que te entregó a alguien para salvarte.
—¿A quién?
Mi padre guardó silencio.