La lluvia continuó durante toda la noche.
No fue una tormenta.
No hubo truenos.
No hubo relámpagos.
Solo agua cayendo sobre los techos, las ventanas y las calles, como si el cielo quisiera borrar lentamente las huellas de todo lo que habíamos descubierto.
Yo no pude dormir.
Tampoco mi padre.
A las cinco de la mañana lo encontré en la cocina, sentado frente a una taza de café que ya debía estar fría.
Tenía la fotografía de Valeria sobre la mesa.
—¿Desde cuándo estás despierto?
—Desde antes que tú.
—¿Estás pensando en ella?
—Sí.
Me senté frente a él.
—¿Crees que está viva?
Mi padre tardó en responder.
—No lo sé.
—Pero tienes esperanza.
—Sí.
—¿Por qué?
Tomó la fotografía.
—Porque nunca pude despedirme.
—¿Eso significa que está viva?
—No.
—Entonces ¿qué significa?
Mi padre miró hacia la ventana.
—Que hay personas de las que uno no puede despedirse mientras exista una pregunta sin respuesta.
Me quedé callada.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿De encontrarla?
—De no encontrarla.
Lo entendí.
Porque yo también había tenido ese miedo.
Cuando viajamos para encontrarlo, había temido descubrir que mi padre estaba muerto.
Ahora él temía descubrir que Valeria lo estaba.
La vida parecía tener una extraña manera de devolvernos exactamente las mismas preguntas.
A las seis, Elena entró en la cocina.
—¿Ya están despiertos?
—Sí.
—¿Vamos?
Mi padre asintió.
—¿Estás segura de que quieres venir?
—Sí.
—Puede ser difícil.
—Ya aprendí que las cosas difíciles no desaparecen porque las evitemos.
Mi padre sonrió.
—Tienes razón.
Tomás apareció detrás de ella.
Parecía no haber dormido.
—Yo también voy.
Mi padre lo miró.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
—¿Por qué?
Tomás tomó la fotografía.
—Porque ella es mi madre.
Nadie discutió.
Antes de salir, mi madre nos reunió.
Había preparado café, pan y algunas cosas para el camino.
—No quiero que se vayan con el estómago vacío.
Mi padre la abrazó.
—Gracias.
Ella se quedó entre sus brazos unos segundos.
Después lo miró.
—Tráela.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué?
—Si está viva, tráela.
—Lo intentaré.
—No.
Mi madre tomó su rostro entre las manos.
—No intentes.
—¿Entonces?
—Hazlo.
Mi padre sonrió.
—Lo haré.
Después mi madre me abrazó.
—Cuídalo.
—¿A papá?
—A los dos.
Miré a Tomás.
—¿A los tres?
Mi madre sonrió.
—A todos.
El viaje comenzó temprano.
La lluvia había disminuido.
La ruta estaba húmeda.
Tomás conducía.
Elena iba adelante.
Mi padre y yo atrás.
Durante la primera hora nadie habló.
Después Tomás preguntó:
—¿Cómo sabemos dónde buscar?
Mi padre respondió:
—Rosa me dio una dirección.
—¿De cuándo?
—De hace veintisiete años.
Tomás soltó el aire.
—Eso no ayuda.
—No.
—¿Dónde es?
—Una pequeña localidad costera.
—¿Y si ya no vive allí?
—Entonces buscaremos a quienes la conocieron.
Elena miró hacia atrás.
—¿Y si alguien sabe dónde está pero no quiere decirlo?
Mi padre respondió:
—Entonces tendremos que respetarlo.
Tomás giró ligeramente la cabeza.
—Yo no quiero respetar nada.
—Lo sé.
—Quiero encontrarla.
—También lo sé.
—Entonces…
Mi padre sonrió.
—Entonces la buscaremos.
Llegamos cerca del mediodía.
El lugar era pequeño.
Calles tranquilas.
Casas bajas.
Árboles.
Un almacén.
Una iglesia.
Una plaza.
Y el mar al fondo.
Mi padre sacó la dirección.
—Aquí.
La casa estaba abandonada.
Las ventanas cerradas.
La pintura descascarada.
La puerta cubierta de polvo.
Tomás bajó del automóvil.
Se quedó mirando.
—¿Vivió aquí?
—Según Rosa, sí.
Se acercó a la puerta.
Había una pequeña placa oxidada.
Nada más.
—¿Podemos entrar?
Mi padre negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos quién es el propietario.
Tomás dio un paso atrás.
—Está bien.
Elena señaló una casa vecina.
—Podemos preguntar.
Una mujer mayor abrió.
—¿Buscan a alguien?
Mi padre mostró la fotografía.
—¿Conoce a esta mujer?
La mujer miró la imagen.
Su rostro cambió.
—Valeria.
Tomás dejó de respirar.
—¿La conoció?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿Vivió aquí?
—Sí.
—¿Sabe dónde está ahora?
La mujer dudó.
—No.
Tomás bajó la mirada.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Nunca volvió?
La mujer guardó silencio.
—Señora…
—No volvió.
Mi padre preguntó:
—¿Estaba sola?
—No.
—¿Con quién?
—Con un niño.
Tomás levantó la cabeza.
La mujer lo miró.
—¿Eres tú?
Tomás no pudo responder.
La mujer se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Eres igual a ella.
Tomás comenzó a llorar.
—¿Qué sabe de mi madre?
La mujer abrió más la puerta.
—Entren.
Nos sentamos en una pequeña sala.
La mujer se llamaba Amalia.
Puso café sobre la mesa.
—Valeria llegó una noche.
—¿Conmigo? —preguntó Tomás.
—Sí.
—¿Cuántos años tenía?
—Era un bebé.
Tomás cerró los ojos.
—¿Qué decía?
Amalia sonrió.
—Que eras lo único que tenía.
—¿Y por qué se fue?
—Porque alguien la estaba buscando.
—¿Quién?
Amalia negó.
—Nunca me dijo el nombre.
Mi padre intervino.
—¿Recuerda si mencionó a Julián Ferrer?