Latidos En CÓdigo Morse

CAPÍTULO 55 LA PERSONA QUE SE SENTABA A NUESTRA MESA

—La persona que la tuvo todos estos años… —repitió Tomás al otro lado del teléfono— es alguien de tu familia.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¿Quién?
Hubo silencio.
—Tomás.
—Estoy aquí.
—No quiero decírtelo por teléfono.
—Dímelo.
—No.
—Necesito saberlo.
—Necesitas escucharlo mirándome a los ojos.
—¿Dónde estás?
—En la casa.
—¿Con mi madre?
—Sí.
—¿Y quién más?
Otra pausa.
—Sofía.
—¿Qué hace allí?
—Ella encontró algo.
—¿Qué?
—La última página.
Sentí que se me helaron las manos.
—¿La tienen?
—Sí.
—¿Qué dice?
—No es solamente una página.
—¿Entonces?
—Es una fotografía.
—Ya me lo dijiste.
—No entendiste.
—¿Qué no entendí?
Tomás bajó la voz.
—La fotografía está tomada la noche del incendio.
Cerré los ojos.
—¿Y?
—En ella apareces tú.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
—¿Qué?
—Apareces tú… y aparece la persona que abrió la puerta para que comenzara el incendio.
No pude responder.
—Tomás…
—Y es alguien que tú conoces.
—¿Quién?
—Ven.

La llamada terminó.

Me quedé mirando el teléfono.

Elena estaba frente a mí.

—¿Qué dijo?
—Tenemos que ir.
—¿Ahora?
—Ahora.
Mi padre se levantó.
—Voy con ustedes.
—No.
Me miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque esta vez necesito descubrirlo yo.
—Clara…
—Toda mi vida otros decidieron qué debía saber. Ya no.
Mi padre asintió lentamente.
—Entonces iré hasta donde me dejes.
Lo miré.
—Eso sí.

El viaje fue silencioso.

Tomás había enviado la ubicación.

Estaba cerca de la casa donde Valeria había vivido después del incendio.

Elena conducía.

Yo miraba por la ventana.

Mi padre iba atrás.

Ninguno preguntó quién podía ser.

Quizá todos teníamos miedo de pronunciar un nombre equivocado.

Cuando llegamos, Tomás estaba afuera.

Al verme, caminó hacia mí.

No me abrazó.

Solo tomó mis manos.

—Tenemos que hablar.

—Sí.

—Pero primero quiero que sepas algo.

—¿Qué?

—No quiero que culpes a tu familia.

—¿Por qué?

—Porque esto no lo hiciste tú.

—Tampoco tú.

—Lo sé.

—Entonces dime.

Tomás miró a Elena.

Después a mi padre.

—Entren.

Valeria estaba sentada junto a la ventana.

Parecía más débil que el día anterior.

Pero cuando me vio, sonrió.

—Clara.

Me acerqué.

—¿Estás bien?

—No completamente.

—¿Qué recuerdas?

Valeria miró a Tomás.

—Todo.

—¿Quién tenía la fotografía?

—Mi hermana.

—¿Tu hermana?

Asintió.

—Ella la guardó durante treinta años.

—¿Por qué?

—Porque prometió protegerme.

—¿Y por qué la entregó ahora?

Valeria respiró profundamente.

—Porque ya no tiene sentido proteger un secreto cuando todos los que lo crearon están muertos.

—¿Todos?

Valeria miró a mi padre.

—No.

Mi padre levantó la cabeza.

—¿Quién queda?

Valeria respondió:

—La persona que recibió la fotografía.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Valeria me miró directamente.

—Tu tía.

El mundo pareció detenerse.

—¿Mi tía?

—Sí.

—¿Cuál?

Valeria bajó la mirada.

—Adriana.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—No.

Valeria no respondió.

—Adriana murió.

—No.

—Yo estuve en su funeral.

—No murió.

—¿Entonces?

Valeria tomó aire.

—La mujer que ustedes creyeron que era Adriana no era Adriana.

Mi padre se levantó.

—¿Qué estás diciendo?

—Que Adriana desapareció antes del incendio.

—Eso es imposible.

—No.

—Yo la vi.

—Viste a alguien que utilizó su identidad.

Mi padre retrocedió.

—¿Quién?

Valeria miró hacia la puerta.

—Su hermana.

Elena abrió los ojos.

—¿La hermana de Adriana?

Valeria asintió.

—Ella sabía todo.

—¿Y qué hizo?

—Tomó su identidad.

—¿Por qué?

—Porque Adriana estaba intentando denunciar a Julián.

—Entonces…

—La sustituyó.

Mi padre se llevó una mano a la frente.

—Dios mío.

Tomás sacó la fotografía.

—Aquí está.

La dejó sobre la mesa.

Me acerqué.

La imagen estaba borrosa.

Pero se distinguían varias figuras.

Una niña.

Un hombre.

Una mujer.

Y una cuarta persona.

La mujer sostenía algo.

Un pequeño sobre.

Tomás señaló.

—Mira.

La mujer estaba entregándole el sobre al hombre.

Yo miré con atención.

—No puedo distinguir su rostro.

Tomás señaló el borde de la fotografía.

—Hay un espejo.

Miré.

El reflejo mostraba parcialmente el rostro.

Y entonces lo reconocí.

No por haberlo visto recientemente.

Por haberlo visto en una fotografía familiar.

Una fotografía que mi madre había guardado durante años.

—No.

Mi padre se acercó.

—¿Quién?

Lo miré.

—Mi tío.

—¿Cuál?

—El hermano de mi madre.

Mi padre cerró los ojos.

—Pero murió.

Valeria negó.

—No.

—¿Qué?

—Nunca murió.

Mi padre se quedó inmóvil.

—Entonces…

—Simuló su muerte.

Elena se sentó.

—¿Por qué?

Valeria respondió:

—Porque necesitaba desaparecer.

—¿De quién?

—De la gente que había trabajado para él.

—¿Y por qué quería la fotografía?

—Porque demostraba que Clara había estado allí.

—¿Y eso qué probaba?

Valeria me miró.

—Que había visto su rostro.

—¿Y qué significaba?

—Que si algún día recordabas, podrías identificarlo.

Me quedé helada.

—¿Entonces toda mi vida…

—Sí.

—¿Toda mi vida estuvieron intentando evitar que recordara?




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