No dormí aquella noche.
La fotografía seguía sobre mi mesa.
La miraba una y otra vez.
Valeria.
Y junto a ella, aquella mujer.
La mujer que había estado en nuestra casa.
La mujer que había compartido nuestra mesa.
La mujer que había llorado cuando mi padre regresó.
La mujer que había abrazado a Tomás.
La mujer que, hasta unas horas antes, yo habría defendido con los ojos cerrados.
Y ahora alguien me decía que ella sabía dónde estaba el verdadero origen de todo.
No quería creerlo.
Quizá porque aceptar una verdad así significaba volver a desconfiar de todos.
Y yo ya estaba cansada de vivir desconfiando.
Tomé el teléfono.
Llamé a Tomás.
No respondió.
Volví a llamar.
Nada.
Entonces llamé a mi padre.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Necesito que vengas.
—¿Ahora?
—Sí.
Tardó menos de un minuto.
Cuando entró en mi habitación, encontró la fotografía sobre la mesa.
La tomó.
Su rostro perdió el color.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Llegó en un sobre.
—¿Quién lo envió?
—No lo sé.
—¿Cuándo?
—Hace una hora.
Mi padre volvió a mirar la imagen.
—No.
—Eso mismo dije yo.
—No puede ser.
—¿Quién es?
No respondió.
—Papá.
—Clara…
—¿Quién es?
Mi padre cerró los ojos.
—Tu tía Teresa.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Teresa?
—Sí.
—Pero ella…
—Lo sé.
—Ella estuvo con nosotros.
—Lo sé.
—Abrazó a Tomás.
—Lo sé.
—Lloró cuando encontramos a Valeria.
—Lo sé.
—Entonces ¿cómo puede ser ella?
Mi padre dejó la fotografía sobre la mesa.
—Porque quizá no lo sea.
Lo miré.
—¿Qué significa?
—Que necesitamos hablar con tu madre.
Encontramos a mi madre en la cocina.
Estaba preparando café.
Mi padre entró con la fotografía.
Mi madre la vio.
La taza se le cayó de las manos.
Se rompió contra el suelo.
Ninguno habló.
Ella miró la fotografía.
Después a mi padre.
—¿Dónde la encontraron?
—Nos llegó.
—¿Quién la envió?
—No lo sabemos.
Mi madre se sentó.
—Entonces empezó otra vez.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué empezó?
Mi madre levantó la mirada.
—La parte de la historia que intenté olvidar.
—Mamá, necesito la verdad.
—Lo sé.
—¿Teresa está involucrada?
Mi madre cerró los ojos.
—No.
Mi padre preguntó:
—¿Entonces quién aparece junto a Valeria?
Mi madre respondió:
—Su hermana.
—¿La hermana de Valeria?
—Sí.
—¿Y quién es?
Mi madre me miró.
—Se llamaba Isabel.
El nombre me resultaba desconocido.
—¿Dónde está?
Mi madre no respondió.
—Mamá.
—Murió.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Hace seis años.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Cómo murió?
Mi madre bajó la mirada.
—En un accidente.
Sentí que algo no encajaba.
—¿Qué clase de accidente?
Mi madre tardó unos segundos.
—Un incendio.
El silencio fue inmediato.
—¿Otro incendio? —pregunté.
Mi madre asintió.
—Sí.
—¿Y nunca nos lo dijiste?
—No sabía que era importante.
Mi padre negó.
—Todo era importante.
Mi madre lo miró.
—Lo sé ahora.
Me acerqué.
—¿Qué relación tenía Isabel con nosotros?
Mi madre respiró profundamente.
—Era la persona que ayudó a Valeria a esconderse.
—¿Y por qué aparece en una fotografía reciente?
Mi madre palideció.
—No puede ser.
—La fecha es de hace dos días.
—Entonces alguien está intentando hacernos creer que está viva.
Mi padre tomó la fotografía nuevamente.
—O está viva.
Mi madre negó.
—No.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque yo vi su cuerpo.
Mi padre quedó inmóvil.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el hospital.
—¿Quién la identificó?
Mi madre no respondió.
Y en ese silencio entendí que la historia todavía escondía algo.
—Mamá.
—No fui yo.
—¿Quién?
Mi madre levantó la mirada.
—Adriana.
Sentí que el aire se detenía.
—Pero Adriana también estaba muerta.
Mi madre negó.
—No.
—¿Entonces?
—Adriana desapareció.
—¿Cuándo?
—La noche anterior al incendio.
Mi padre la miró.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque me pidió que no lo hiciera.
—¿Por qué?
—Porque sabía que alguien estaba vigilándonos.
Mi padre se llevó una mano al rostro.
—Dios mío.
—¿Qué más sabes? —pregunté.
Mi madre me miró.
—Que Adriana se llevó algo.
—¿El cuaderno?
—No.
—¿Entonces?
—Una fotografía.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿La fotografía que tengo?
—No.
—¿Cuál?
—Una fotografía de cuatro personas.
—¿Quiénes?
Mi madre respondió:
—Valeria.
—Julián.
—Adriana.
Hizo una pausa.
—Y tu padre.
Miré a mi padre.
—¿Tú?
Él asintió lentamente.
—Sí.
—¿Qué hacían juntos?
—Intentábamos descubrir quién estaba detrás de la red.
—¿Y qué encontraron?
Mi padre respondió:
—Un nombre.
—¿Cuál?
Mi madre lo interrumpió.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ese nombre es la razón por la que todos estos años sobrevivimos.
Mi padre la miró.
—Ya no podemos esconderlo.
Mi madre cerró los ojos.
—Lo sé.
Mi padre se sentó.
—El verdadero origen de todo comenzó mucho antes del incendio.
—¿Cuánto antes?
—Años.
—¿Quién estaba detrás?
Mi padre respiró.
—Una persona que tenía acceso a todos.
—¿Todos quiénes?
—Familias, empresas, abogados, funcionarios.
—¿Y qué hacía?